Todavía hoy, cuando vuelvo a
toparme en alguna revista o manual de arte con una ilustración que reproduce la pintura, o incluso cuando
vuelvo a ver alguna de las películas en las que por unos instantes se ha
recreado, casi con metódica precisión, el angustioso y solitario ambiente que Edward Hopper plasmó
en aquel restaurante de comida rápida llamado Phillies, sigo creyendo que Trasnochadores es una de las
pinturas más bellas y enigmáticas del siglo XX.
Ni siquiera sabía cómo se llamaba
su autor la primera vez que lo vi, pero algo captó de forma intensa mi
atención. Había algo en él que me infundía unas ganas tremendas de estar allí sentado y convertirme, como si
yo también fuese un personaje más surgido de la paleta melancólica y solitaria
del artista, en uno más de ellos.
Y es que siempre que me detengo a
observar la pintura, surge en mi cabeza, como quizá también le fuese ocurriendo
a Hopper cuando iba dando vida a la obra,
la idea de que siempre es igual y a la vez es distinta. Porque el escenario no
cambia. La calle solitaria por la que nunca va
a pasar nadie más, apenas iluminada por los reflejos de luz que se
escapan a través del gigantesco ventanal
curvo, permanece en cada mirada igual de quieta y despoblada. También los
personajes son siempre los mismos. Pero dependiendo del momento en el que uno
mire el cuadro, de su estado de ánimo, la historia que encierran cada uno de
ellos se transforma en algo completamente distinto a la última vez en la que el espectador se detuvo en él. Sin embargo, en todas ellas hay una
resonancia de pesadumbre y tristeza, de felicidad insatisfecha y sueños
frustrados, que necesitan de un momento de silencio para ordenar sus ideas. Como en la pareja que se sitúa de frente; él
con la mirada perdida hacia el interior de la gran barra de madera, el
cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Pensando, quizá, que esa será la última
noche que pase con ella, mientras contempla las últimas faenas de un camarero
demasiado acostumbrado a las personas retraídas,
antes de que llegue la hora de cerrar. Ella,
una hermosa reminiscencia de esas mujeres fatales que uno nunca logra abandonar
de verdad, el pelo ondulado y los labios rojos de carmín, casi tan rojos como
el llamativo vestido que lleva puesto;
mirándose las uñas de las manos como quien mira algo con apatía e indiferencia,
descubriendo, tal vez, que se ha cansado ya de discutir con él. Gilda cromática que te vuelve loca la
cabeza, y el corazón, cuando intentas controlarla.
Y todavía queda un personaje
esencial. Ese al que ni siquiera llegamos
a verle la cara, pues nunca se gira para observarnos; para preguntarnos
por qué aparecemos siempre ahí, a su espalda, cada cierto tiempo, y nos
quedamos inmóviles durante unos minutos tratando de averiguar lo que ocurre en
su vida. Siempre permanece ahí quieto, en silencio, ajeno a todo cuanto sucede
a su alrededor, a las faenas del camarero y a la fenecida relación de la
pareja, sujetando algo con las manos que nunca averiguaré qué es. Así que esta última vez voy a concederle una
tregua y a marcharme sin tratar de adivinar por qué está ahí solo, de
madrugada, sin ganas de hablar con nadie ni de regresar a casa. Voy a dejarlo
tal y como lo encontré al llegar, a solas con sus pensamientos, con su historia
que, real o no, tiene derecho a que se quede en la más estricta intimidad.
Trasnochadores (1942), Edward Hopper.
