sábado, 18 de mayo de 2013

Uno de ellos



Todavía hoy, cuando vuelvo a toparme en alguna revista o manual de arte con una ilustración  que reproduce la pintura, o incluso cuando vuelvo a ver alguna de las películas en las que por unos instantes se ha recreado, casi con metódica precisión, el angustioso  y solitario ambiente que Edward Hopper plasmó en aquel restaurante de comida rápida llamado Phillies, sigo creyendo que Trasnochadores es una de las pinturas más bellas y enigmáticas del siglo XX.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba su autor la primera vez que lo vi, pero algo captó de forma intensa mi atención. Había algo en él que me infundía unas ganas tremendas  de estar allí sentado y convertirme, como si yo también fuese un personaje más surgido de la paleta melancólica y solitaria del artista, en uno más de ellos.

Y es que siempre que me detengo a observar la pintura, surge en mi cabeza, como quizá también le fuese ocurriendo a Hopper cuando iba dando vida  a la obra, la idea de que siempre es igual y a la vez es distinta. Porque el escenario no cambia. La calle solitaria por la que nunca va  a pasar nadie más, apenas iluminada por los reflejos de luz que se escapan  a través del gigantesco ventanal curvo, permanece en cada mirada igual de quieta y despoblada. También los personajes son siempre los mismos. Pero dependiendo del momento en el que uno mire el cuadro, de su estado de ánimo, la historia que encierran cada uno de ellos se transforma en algo completamente distinto a la última vez en la  que el espectador se detuvo en él. Sin embargo, en todas ellas hay una resonancia de pesadumbre y tristeza, de felicidad insatisfecha y sueños frustrados, que necesitan de un momento de silencio para ordenar sus ideas.  Como en la pareja que se sitúa de frente; él con la mirada perdida hacia el interior de la gran barra de madera, el cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Pensando, quizá, que esa será la última noche que pase con ella, mientras contempla las últimas faenas de un camarero demasiado acostumbrado a  las personas retraídas,  antes de que llegue la hora de cerrar. Ella, una hermosa reminiscencia de esas mujeres fatales que uno nunca logra abandonar de verdad, el pelo ondulado y los labios rojos de carmín, casi tan rojos como el  llamativo vestido que lleva puesto; mirándose las uñas de las manos como quien mira algo con apatía e indiferencia, descubriendo, tal vez, que se ha cansado ya de discutir con él. Gilda cromática que te vuelve loca la cabeza, y el corazón, cuando intentas controlarla.

Y todavía queda un personaje esencial. Ese al que ni siquiera llegamos  a verle la cara, pues nunca se gira para observarnos; para preguntarnos por qué aparecemos siempre ahí, a su espalda, cada cierto tiempo, y nos quedamos inmóviles durante unos minutos tratando de averiguar lo que ocurre en su vida. Siempre permanece ahí quieto, en silencio, ajeno a todo cuanto sucede a su alrededor, a las faenas del camarero y a la fenecida relación de la pareja, sujetando algo con las manos que nunca averiguaré qué es.  Así que esta última vez voy a concederle una tregua y a marcharme sin tratar de adivinar por qué está ahí solo, de madrugada, sin ganas de hablar con nadie ni de regresar a casa. Voy a dejarlo tal y como lo encontré al llegar, a solas con sus pensamientos, con su historia que, real o no, tiene derecho a que se quede en la más estricta intimidad. 

                                 Trasnochadores (1942), Edward Hopper.