A las doce en punto, y cada
noche a la misma hora, después del último repicar de campanas de la iglesia de
San Jerónimo, Melchor Gaspar de Jovellanos abandona, no sin esfuerzo, la abatida
postura con la que Goya lo retrató y sale del lienzo para estirar un poco las
piernas y cumplir con un ritual que lleva ya tiempo haciendo. En esa
fantasmagórica hora en la que no queda huella alguna de los miles de turistas
nacionales y extranjeros, de los cientos de chinos con cámaras fotográficas
colgando del cuello y la audioguía
pegada a sus caras ovaladas y sonrientes, el insigne representante de la
Ilustración, resurge en una mágica transformación corpórea y con mimo se ajusta
la levita y el chaleco para tratar de quitar las arrugas que se le forman por
pasar tantas hora sentado.
Sin embargo, el taciturno ministro gijonés, el hombre que
no logró modernizar del todo aquella España de capa y chambergo, no deambula al
azar por las silenciosas y oscurecidas salas del Museo del Prado, sino que marcha
directamente en busca del retrato de la condesa de Chinchón y se sienta a
observarlo con la única compañía de una vela que ha cogido de un cuadro de El
Greco. Desde que vio por primera vez la serena y enternecedora imagen cuando
llegó hace quince años al museo, se ha ido enamorando lentamente de aquella delicada
muchacha a la que Goya pintó cuando ella contaba la edad de veintiún años, y a
la que tantos engañaron y utilizaron para sus propios intereses políticos y
personales. Al igual que él, la joven María Teresa de Borbón y Vallabriga está teñida
con un halo de tristeza que presagia la fragilidad y el desamparo de una vida
de sinsabores por culpa de un marido infiel y una reina manipuladora. Y esa
misma aflicción es la que transmite Jovellanos en su mirada.
Muy despacio, se acerca hasta el cuadro sin llegar a
tocarlo para no estropear la tela con el roce de sus dedos de espectro
revivido. Conoce de memoria cada uno de los trazos de su vestido de muselina;
las finas veladuras que la mano de Goya dejó plasmadas sobre el lienzo y que
cada noche, alumbradas por la llama de la vela, adquieren una apariencia casi
irreal, y toda la escena parece bañada por una luz rembrandtniana. Ansía tanto
acariciarle la cara, sentir la suavidad de sus mejillas, confesarle que está
tan prendado de ella, que desearía
renunciar a su prodigioso encantamiento si con ello lograse insuflarle un soplo
de vida para pasar una sola noche a su lado. Pero no puede. Y así se pasa las noches, observándola en la opacidad silenciosa del museo. Siendo más que nunca,
Jovino “El melancólico”.
Cuando la luz tamizada del amanecer comienza a filtrarse junto
a las frías piedras del claustro de los Jerónimos, Gaspar Melchor de Jovellanos
regresa a su cuadro para volver a ser el ministro apesadumbrado que Goya retrató.
Dejando caer nuevamente la cabeza sobre su mano izquierda, se prepara para un
nuevo desfile de turistas y paseantes de los que algunos apenas repararán en
él. A veces, aprovechando algún resquicio de soledad durante las horas interminables
de visita, coloca correctamente la escribanía de plata que hay sobre su
escritorio o le guiña un ojo a algún escolar rezagado que se queda atónito mirándolo;
dudando si es verdad lo que acaba de pasar.
Gaspar Melchor de Jovellanos
(Francisco De Goya, 1798. Museo Del Prado)
