Se aproxima la hora. Poco falta
ya para comenzar, otra vez, con aquello que tanto gozo me reporta: el
desarrollo de una nueva novela. La tercera; que es, según dicen algunos, cuando
uno puede considerarse a sí mismo como un auténtico escritor.
Van pasando los días fríos del
invierno aquí en Granada, en mi ciudad, y mi ánimo y mi atrevimiento se
preparan para iniciar una intensa relación con aquellos personajes que me
acompañarán día y noche durante un tiempo indeterminado. Un tiempo en el que
sus vidas me pertenecerán por completo y a las que iré dando forma con la misma
pasión con la que un alfarero se entrega a unos simples cántaros de barro, o la
del carpintero lijando la madera. La
lisura ha de ser perfecta. A mi antojo, según mi estado de
ánimo o mi manera de sentir ese u otro día cualquiera, les haré también a ellos
sentir alegría o tristeza; los situaré deambulando solos por los bulevares de una gran ciudad, a
refugio de la álgida lluvia de un mes de abril; o tal vez aparezcan en el
interior de un agradable restaurante, el aroma de las especies casi
percibiéndose, mientras un viejo violinista ameniza en la calle la tranquilidad
cómplice de la noche. Haré y desharé de la misma forma en que el Demiurgo creó
el mundo para los platónicos. Porque, durante un tiempo, ese en el que la
blancura de las páginas se irá ensombreciendo con la tinta negra de mis
palabras, sus designios dependerán únicamente de mí.
Después, los dejaré marchar.
Todos y cada uno de los personajes de mi nueva novela empezarán a formar parte
de la vida de aquellos curiosos que sientan el deseo de conocerlos. Tal vez no
sean muchos. Pero con que haya un solo lector, el esfuerzo no habrá sido en vano.