Caminaba despacio, trabajosamente, las
solapas del abrigo levantadas tratando de protegerse de un gélido y húmedo frío
de madrugada que le cortaba la piel con la misma áspera dureza con la que el
diamante raya la superficie del cristal.
Sobre la acera, sucia y gris, sus zapatos iban dejando mugrientas
huellas de aguanieve entre los restos de la fiesta de fin año que él no quiso celebrar.
Tenía ganas de fumar un cigarrillo, pero no se atrevía a sacar las manos por
temor a que se le quedasen completamente congeladas, así que las mantuvo dentro
de los bolsillos, sujetando con una de ellas la pistola que llevaba para
matarlo.
Atravesó
las enmudecidas calles de la ciudad con una lentitud de procesión que le
permitió rememorar todos los cadáveres que había ido dejando a su paso; vidas
sesgadas de un solo disparo certero en la nuca, igual que un autómata actuando
bajo las feroces directrices de un maquiavélico mecanismo de cuerda. Apenas se cruzó con unas cuantas personas
mientras se dirigía hasta el cuarto piso de un moderno edificio cerca del
puerto: una pareja de enamorados que regresaba a casa tambaleándose por culpa
del exceso de alcohol y de cariño, abrazados tan fuertemente para resguardarse
del frío que en la lejanía parecen una sola persona; un barrendero tirando
penosamente de su carro de limpieza, intentando adecentar una ciudad sin
habitantes ni ruido de coches; un mendigo que quizá está muerto bajo los
cartones y las finas mantas con los que ha intentado taparse junto al que
duerme un perro con el hocico congelado; un tipo alto con aspecto de sacristán
o cura que se le queda mirando desde la otra acera, como si supiese el
propósito que lleva consigo. Seres tan amargos y solitarios como él, que ha
vivido siempre como si fuera los puntos suspensivos de unas historias que nunca
eran la suya ni le pertenecían.
Con
mucho sigilo, forzó la cerradura de la puerta y entró en el apartamento, la
pistola ya fuera del bolsillo. Lo vio sentando en un sillón, mirando la
televisión con imperturbable indiferencia, completamente ajeno a la inminencia
del desastre que se le avecinaba. Observándolo, descubrió por primera vez lo
fácil que era quitarle la vida a una persona, despojarle de todo cuanto poseía, privarle de la realidad del día siguiente. Le
deprimió su aspecto, vestido con un pijama viejo y el escaso pelo despeinado
alrededor de una coronilla de tono gris. Tenía una taza vacía de café en una
mano y en la otra el mando a distancia de la televisión. Volvió la cabeza hacia
la ventana cuando escuchó a una bandada de gaviotas y supo entonces que había
alguien detrás de él. «Solo te pido que sea una muerte rápida», le dijo,
cerrando los ojos mientras aguardaba a que llegase su momento, como si,
absurdamente, fuese posible percibir el instante mismo en el que se pierde la
vida para siempre.
Pensó
que debía estar ya muerto y que era una sensación confusa el darse cuenta, pues
nada había cambiado desde hacía unos minutos que le parecieron una eternidad.
Al volverse, descubrió con extrañeza que estaba completamente solo. Con pasmosa
tranquilidad, buscó por todo el cuerpo los restos de una herida inexistente de
la que no brotaba una sola gota de sangre. Afuera, lejos de allí, un tipo con
un abrigo y los zapatos manchados de barro se sentó junto a la bocana del
puerto y se puso a fumar un cigarrillo mientras veía como las olas golpeaban
algunos trozos de hielo contra el muelle.
