sábado, 2 de enero de 2016

El hombre que surgió del frío



Caminaba despacio, trabajosamente, las solapas del abrigo levantadas tratando de protegerse de un gélido y húmedo frío de madrugada que le cortaba la piel con la misma áspera dureza con la que el diamante raya la superficie del cristal.  Sobre la acera, sucia y gris, sus zapatos iban dejando mugrientas huellas de aguanieve entre los restos de la fiesta de fin año que él no quiso celebrar. Tenía ganas de fumar un cigarrillo, pero no se atrevía a sacar las manos por temor a que se le quedasen completamente congeladas, así que las mantuvo dentro de los bolsillos, sujetando con una de ellas la pistola que llevaba para matarlo.

Atravesó las enmudecidas calles de la ciudad con una lentitud de procesión que le permitió rememorar todos los cadáveres que había ido dejando a su paso; vidas sesgadas de un solo disparo certero en la nuca, igual que un autómata actuando bajo las feroces directrices de un maquiavélico mecanismo de cuerda.    Apenas se cruzó con unas cuantas personas mientras se dirigía hasta el cuarto piso de un moderno edificio cerca del puerto: una pareja de enamorados que regresaba a casa tambaleándose por culpa del exceso de alcohol y de cariño, abrazados tan fuertemente para resguardarse del frío que en la lejanía parecen una sola persona; un barrendero tirando penosamente de su carro de limpieza, intentando adecentar una ciudad sin habitantes ni ruido de coches; un mendigo que quizá está muerto bajo los cartones y las finas mantas con los que ha intentado taparse junto al que duerme un perro con el hocico congelado; un tipo alto con aspecto de sacristán o cura que se le queda mirando desde la otra acera, como si supiese el propósito que lleva consigo. Seres tan amargos y solitarios como él, que ha vivido siempre como si fuera los puntos suspensivos de unas historias que nunca eran la suya ni le pertenecían.
 
Con mucho sigilo, forzó la cerradura de la puerta y entró en el apartamento, la pistola ya fuera del bolsillo. Lo vio sentando en un sillón, mirando la televisión con imperturbable indiferencia, completamente ajeno a la inminencia del desastre que se le avecinaba. Observándolo, descubrió por primera vez lo fácil que era quitarle la vida a una persona, despojarle de todo  cuanto poseía,  privarle de la realidad del día siguiente. Le deprimió su aspecto, vestido con un pijama viejo y el escaso pelo despeinado alrededor de una coronilla de tono gris. Tenía una taza vacía de café en una mano y en la otra el mando a distancia de la televisión. Volvió la cabeza hacia la ventana cuando escuchó a una bandada de gaviotas y supo entonces que había alguien detrás de él. «Solo te pido que sea una muerte rápida», le dijo, cerrando los ojos mientras aguardaba a que llegase su momento, como si, absurdamente, fuese posible percibir el instante mismo en el que se pierde la vida para siempre.

Pensó que debía estar ya muerto y que era una sensación confusa el darse cuenta, pues nada había cambiado desde hacía unos minutos que le parecieron una eternidad. Al volverse, descubrió con extrañeza que estaba completamente solo. Con pasmosa tranquilidad, buscó por todo el cuerpo los restos de una herida inexistente de la que no brotaba una sola gota de sangre. Afuera, lejos de allí, un tipo con un abrigo y los zapatos manchados de barro se sentó junto a la bocana del puerto y se puso a fumar un cigarrillo mientras veía como las olas golpeaban algunos trozos de hielo contra el muelle.