Ha abierto los ojos, y al hacerlo, lo primero que ha visto son unos cuantos ángeles moviéndose muy despacio sobre su cabeza. Lo hacen lentamente, casi en círculos, igual que si estuviesen bailando, sin apenas mover sus hermosas alas de colores. Es demasiado pequeño para comprender por qué están ahí, justo encima de él, y tampoco hay nadie a su lado en ese instante para explicárselo, porque su madre hace rato que se quedó dormida en el sillón, vencida por el cansancio y la imposibilidad remota del sueño que la acompaña cada noche desde hace dos semanas, y su padre debe andar fuera discutiendo otra vez con algunos de esos hombres y mujeres de bata blanca que no dejan de entrar y salir durante todo el día, pero tampoco puede hablar y preguntar a qué se debe la presencia de esos seres tan curiosos -porque aún no ha aprendido a hacerlo-, de modo que se limita a seguir con sus ojos azules el suave deslizar de los ángeles por el aire. Lleva, contra todo pronóstico, cinco días respirando sin la ayuda de nada ni de nadie. Inhalando cada molécula de oxígeno con la misma sencillez rutinaria con la que recibo yo el aire limpio y húmedo del mediodía a través de la ventana de la habitación donde escribo unas líneas dedicadas a un niño que tan solo conocí a través de los periódicos y del telediario, y que él nunca llegará a leer; aunque, seguramente, tampoco lo haría si viviese; o, entonces, lo más probable es que yo nunca habría escrito nada sobre él.
Tiene una enfermedad incurable. Una de esas de nombre casi impronunciable y de tratamiento casi inalcanzable, no solo porque apenas hay un par de casos como el suyo en todo el mundo, sino porque sus padres –apenas dos adolescentes de un modesto barrio de un país cualquiera-, ni siquiera se atreven a calcular cuánta ayuda necesitarían; o puede que si lo sepan pero darían hasta su propia vida por no tener que establecer una cifra; y, probablemente, yo no estaría pensando sobre lo horrible que debe ser que la vida de tu hijo dependa del dinero. Y, aun teniéndolo, tampoco eso serviría de solución, pues alguien completamente ajeno a ellos ha decidido que darle una oportunidad al niño en otro hospital sería prolongar una injustificada agonía irremediable, y que lo mejor que pueden hacer por él es dejar que se vaya… Como si eso fuese tan fácil.
Ha tratado de tocarlos, de alcanzar alguno de ellos con las manos porque quiere ver de cerca esas plumas azules, blancas y amarillas tan llamativas que tienen en su espalda esa especie de muñecos de cara sonriente, pero le resulta imposible así como está, tumbado en la cama, y al moverse, al hacer un minúsculo esfuerzo por incorporarse para cogerlos, ha tragado algo de saliva de más, causándole un leve pero continuo golpe de tos. Al oírlo, su madre se ha desvelado de inmediato y, alarmada por el ruido procedente de su pequeño pecho, se ha sentado junto a él en la cama y le ha dado un tierno beso en la frente. Siguiendo los ojos de su hijo, que no cesan de observar el apacible movimiento de esos ángeles que un enfermero le colgó del techo de su habitación la tarde siguiente a la de su ingreso en el hospital, comprende sin necesidad de oírlo lo que desea su pequeño, y con tiento para que no se caiga el resto, descuelga uno y se lo pone a su hijo entre las manos. De madrugada, cuando la débil respiración del niño se detenga ya para siempre, un nuevo ángel de resplandecientes alas ocupará el lugar que quedó vacío junto a los demás.
A la memoria de Alfie Evans y de tantos otros ángeles...
(28 de febrero - día mundial de las enfermedades raras)