Si alguien descendiera hasta allí,
se encontraría con todo aquello que se ha ido quedando por el camino, pues ahí
abajo, en ese lugar sombrío y remoto, en la turbiedad más profunda que uno
pueda imaginar, se encuentran los tesoros más preciados que las personas han
tenido jamás: sus recuerdos. Evocaciones de vidas que un día resplandecieron
refulgentes como estrellas. Como Orfeo, nos adentramos en el inframundo para
tratar de recuperar lo que nos ha sido arrebatado con tanta miseria y crueldad,
hasta que, agotados, vencidos en todo ánimo y
esperanza, comprendemos, resignados, que lo más querido se ha quedado
atrapado eternamente dentro de una inquietante oscuridad.
Lenta pero inexorablemente, una
gran nada se va adueñando del alma de
la persona condenada, igual que una densa neblina que parece no desvanecerse jamás.
Primero se olvidan las cosas más sencillas e infructuosas; esas a las que nunca
se les prestaba la atención adecuada. Con el tiempo se olvida lo más importante,
las personas, sus rostros y sus nombres, mostrándose como sombras espectrales a las que
acaba temiendo porque ya no reconoce. Todo cuanto le rodea se ha transformado
en algo anómalo y confuso, sumiendo al condenado en una ignominiosa impotencia
que aflora con las primeras lágrimas, pues quiere explicarse pero nadie logra
entenderlo, porque ya ni siquiera recuerda las palabras necesarias.
Como una hiedra venenosa, la incurable
enfermedad se ha ramificado por toda su memoria hasta convertirlo en alguien
que no es él, pero que aún habita dentro de su cuerpo. Y lo único que cabe
hacer ya es esperar. Aguardar el fatídico día en el que tenga que marchar con
dos óbolos sobre los párpados cerrados para que Caronte pueda cobrar su peaje y así liberar sus recuerdos del reino de Hades para reunirse otra vez con ellos.
Dos hombres contemplando la luna
(Caspar David Friedrich)
