domingo, 30 de agosto de 2015

Días por llegar



El agua caliente de la ducha había dejado una agradable atmósfera de tibia humedad. De pie frente al espejo del cuarto de baño, todavía medio empañado, detectó con asombro que empezaba a tener abundantes canas en el cabello y en la barba, colmándolo de una artificiosa vanidad, pues siempre creyó que a esa edad estaría ya calvo, como lo fueron su padre y su abuelo.

Poco a poco, el agua del lavabo se fue cubriendo de una fina turbiedad por culpa de los restos de espuma de afeitar que dejaba en ella al mojar la cuchilla. Sin saber muy bien por qué, comenzó a acordarse de algunas de las mujeres que habían pasado por su vida: los lugares a los que fueron, las ciudades que visitaron... y se ruborizó al comprobar lo enamorado que ahora estaba de ella. Había deseado y querido a muchas otras, sin embargo con ella había descubierto lo que es el amor. Se conocieron de forma accidentada, pero nunca creyó que se pudiese alegrar de que alguien le derramase encima un café. 

Se vistió con la misma placentera lentitud con la que iba a disfrutar del desayuno. Le gustaban por igual el olor de la ropa limpia y del pan tostado, del aroma humeante del café, la tímida acidez del zumo de naranja, y mientras lo hacía, empezó a pensar en los días que estaban por llegar: los rincones que iban a descubrir al pasear; los restaurantes a los que quería llevarla; las tardes de sofá, en silencio los dos, el uno junto al otro, los ojos buscándose de vez en cuando, los involuntarios roces de sus pies.  Habían quedado en la puerta del café Mindanao a la salida del trabajo. A media tarde, iba a llevarla a ver una reposición de Casablanca que estaban proyectando en uno de los cines de la ciudad. Después, le pediría que se quedase más noches seguidas en su casa; que había vaciado un cajón para ella.

Al salir del ascensor observó, confuso, que todas las luces del portal estaban apagadas, y no fue hasta que volvió a girarse, cuando notó una sombra que se acercaba desde la oscuridad. La primera puñalada le atravesó el bazo, descomponiéndole el rostro en una funesta mueca de incomprensión y dolor. La segunda fue derecha a la boca del estómago, provocándole un grito ahogado en súplicas que ningún vecino escuchó. La tercera, como en la canción, mentía en el noticiero. Sobre el frío mármol del suelo iba extendiéndose una mancha oscura y espesa de sangre, casi negra, procedente de su cuerpo. Junto a él estaba su cartera vacía; apenas llevaba treinta euros en aquel momento. Cuando la policía y la ambulancia llegaron ya había muerto. Durante su último aliento de vida, pensó en Marta, en que aún no le había dicho un “te quiero, como no he querido a ninguna otra”, en los días que ya no iba a pasar con ella, en el cajón que quedaría vacío para siempre.