domingo, 8 de marzo de 2015

Las huellas del sufrimiento



El invierno debía estar comenzando, o tal vez eran los últimos vestigios de un otoño que transcurre entre marzo y junio, pues allí, en Santiago de Chile, como tantas otras cosas, a los que vivimos en el otro Hemisferios nos da la impresión de que el clima se ha estropeado y funciona al revés. 

Iban cogidos del brazo, bien abrigados, los pasos lentos y dificultosos sobre una alfombra de hojas secas caídas de los árboles que hay plantados junto a la acera, dejando tras de sí las huellas de un sufrimiento que ni siquiera la nieve podrá cubrir cuando llegue. Debían de tener cerca de ochenta años, el rostro cansado, repleto de surcos y arrugas, de noches en vela, de lágrimas clavadas como estalactitas bajo la piel rugosa de unos ojos somnolientos y tristes que tratan de hallar refugio detrás unas anticuadas gafas de pasta. Quizá uno de ellos esté muerto ya. Quizá los dos fallecieron hace tiempo. Regresaban de ver la casa en la que vivían su hija y su yerno antes de que la DINA -La policía secreta del régimen de Pinochet-, se los llevaran por la fuerza y nunca más volviesen a saber de ellos. Durante días, puede que semanas, como a miles de chilenos contrarios al dictador, los interrogaron, los golpearon con saña, los torturaron, los asesinaron, pero sus cuerpos nunca llegaron a aparecer.

Los veo caminar de espaldas a la cámara, hastiados, derrotados por un abatimiento que cada uno expresa de forma diferente, agotados después de haber dedicado gran parte de su vida en busca de una justicia que nunca llegará, porque el monstruo murió sin una sentencia condenatoria, sin castigo, sin remordimiento, sin  decir nunca la verdad, sin dignidad. Abatida bajo un abrigo color malva, ella es siempre la que habla, la que le cuenta al periodista, a quién la quiera escuchar, cómo pudo sobrevivir todos estos años, porque eso es lo único que ha hecho desde el instante en el que vio como a su hija y a su yerno los metían de madrugada en un furgón policial: tratar de sobrevivir. Él es de otra condición, más callado, como ausente. No quiere hablar o no le quedan fuerzas para hacerlo. Tan solo baja la cabeza y rehúye la cámara, pues no desea que el mundo entero lo vea llorar de nuevo.

Cuando termina el documental -El juez y el general”-, permanezco un buen rato inmóvil, tratando de asimilar todo lo que he visto, lo que he aprendido y comprendido, y que desearía que no hubiese ocurrido: las cárceles clandestinas, las caravanas de la muerte, las fosas comunes, las desapariciones de miles de hombre y mujeres de Chile que fueron brutalmente asesinados por pensar diferente y tratar de construir una sociedad más justa. Me digo a mi mismo que soy afortunado por vivir en un país como el mío, en esta época, donde puedo expresar libremente mis ideas sin miedo, como ahora, mientras escribo esta nueva entrada para mi blog, confesando que por más que me esfuerzo nunca llegaré a entender la crueldad humana. Pero necesito contar su historia: en mi interior, algo me empuja a escribir sobre esa pareja de ancianos que vive en Santiago de Chile, como si tuviera una deuda con ellos. Me conozco demasiado, y sé que hasta que no lo hiciese, no iba a quedarme en paz conmigo.


Ciudadanos marchan con pancartas impresas 
con los rostros de los chilenos desaparecidos durante la dictadura