El
invierno debía estar comenzando, o tal vez eran los últimos vestigios de un
otoño que transcurre entre marzo y junio, pues allí, en Santiago de Chile, como
tantas otras cosas, a los que vivimos en el otro Hemisferios nos da la impresión
de que el clima se ha estropeado y funciona al revés.
Iban
cogidos del brazo, bien abrigados, los pasos lentos y dificultosos sobre una
alfombra de hojas secas caídas de los árboles que hay plantados junto a la
acera, dejando tras de sí las huellas de un sufrimiento que ni siquiera la
nieve podrá cubrir cuando llegue. Debían de tener cerca de ochenta años, el
rostro cansado, repleto de surcos y arrugas, de noches en vela, de lágrimas
clavadas como estalactitas bajo la piel rugosa de unos ojos somnolientos y
tristes que tratan de hallar refugio detrás unas anticuadas gafas de pasta.
Quizá uno de ellos esté muerto ya. Quizá los dos fallecieron hace tiempo.
Regresaban de ver la casa en la que vivían su hija y su yerno antes de que la
DINA -La policía secreta del régimen
de Pinochet-, se los llevaran por
la fuerza y nunca más volviesen a saber de ellos. Durante días, puede que
semanas, como a miles de chilenos contrarios al dictador, los interrogaron, los
golpearon con saña, los torturaron, los asesinaron, pero sus cuerpos nunca
llegaron a aparecer.
Los
veo caminar de espaldas a la cámara, hastiados, derrotados por un abatimiento
que cada uno expresa de forma diferente, agotados después de haber dedicado
gran parte de su vida en busca de una justicia que nunca llegará, porque el
monstruo murió sin una sentencia condenatoria, sin castigo, sin remordimiento,
sin decir nunca la verdad, sin dignidad.
Abatida bajo un abrigo color malva, ella es siempre la que habla, la que le
cuenta al periodista, a quién la quiera escuchar, cómo pudo sobrevivir todos
estos años, porque eso es lo único que ha hecho desde el instante en el que vio
como a su hija y a su yerno los metían de madrugada en un furgón policial: tratar
de sobrevivir. Él es de otra condición, más callado, como ausente. No quiere
hablar o no le quedan fuerzas para hacerlo. Tan solo baja la cabeza y rehúye la
cámara, pues no desea que el mundo entero lo vea llorar de nuevo.
Cuando
termina el documental -”El juez y el general”-, permanezco un buen rato inmóvil, tratando de
asimilar todo lo que he visto, lo que he aprendido y comprendido, y que
desearía que no hubiese ocurrido: las cárceles clandestinas, las caravanas de
la muerte, las fosas comunes, las desapariciones de miles de hombre y mujeres de
Chile que fueron brutalmente asesinados por pensar diferente y tratar de
construir una sociedad más justa. Me digo a mi mismo que soy afortunado por
vivir en un país como el mío, en esta época, donde puedo expresar libremente
mis ideas sin miedo, como ahora, mientras escribo esta nueva entrada para mi
blog, confesando que por más que me esfuerzo nunca llegaré a entender la crueldad
humana. Pero necesito contar su historia: en mi interior, algo me empuja a escribir
sobre esa pareja de ancianos que vive en Santiago de Chile, como si tuviera
una deuda con ellos. Me conozco demasiado, y sé que hasta que no lo hiciese, no
iba a quedarme en paz conmigo.
Ciudadanos marchan con pancartas
impresas
con los rostros de los chilenos desaparecidos durante la dictadura
