sábado, 17 de enero de 2015

El Realejo de Fortuny




Le hubiese gustado terminar aquí sus días, en Granada. Casi con toda probabilidad, habría vuelto a la que fue su casa en el Realejo Bajo por una elevada renta diaria - un duro de los de entonces -, al lugar que le reportó los dos años más felices de su vida, y el propósito en la maleta de transformar el exuberante jardín que había en la parte trasera en un luminoso estudio en el que pintar. Al menos, esa fue su intención antes de que cayera enfermo y  la ósea mano de la Parca le oscureciera para siempre su paleta de colores en un gélido y húmedo veintiuno  de noviembre en Roma.

Como si de un anacrónico desvarío se tratara, puedo imaginarlo elegantemente vestido, tal vez apoyando una de sus manos en un estilizado bastón de madera, caminando dócil por la calle Santiago o por Molinos, saludando a los transeúntes y vecinos del barrio con un leve gesto de la mano o la cabeza, siempre en silencio -pues nunca fue de mucho hablar-, la mirada fija en cada detalle: en las singulares formas que las manchas de humedad dejan en las fachadas de algunas casas; en los destellos brillantes que desprenden los utensilios de los afiladores, los herreros o los hojalateros;  en las sombras malvas que se proyectan en la pared donde asoman unos tiestos con geranios, pensamientos y petunias tras una ventana enrejada.  Como tampoco necesito hacer un gran esfuerzo para ingeniármelas verlo salir de su casa en la plaza que lleva hoy día su nombre y recorrer las callejas frías y empedradas que circundan este antiguo arrabal judío de una ciudad musulmana: desde el Palacio de los Condes de Gabia al Cuarto Real de Santo Domingo; desde la Casa del Padre Suárez hasta el Convento de Santa Cruz la Real; desde el Monasterio de las Comendadoras de Santiago hasta el Lavadero de la Puerta del Sol y más allá -pues los límites siempre son difusos-, y bosquejar, en trazos rápidos e imprecisos, ese lugar perfecto donde situará su próxima obra.

 Quiero pensar que, al igual que he hecho yo tantas otras veces, observaría como van cambiando los colores de este barrio cuando la luz atardecida resbala lentamente sobre los tejados y las paredes encaladas de las casas; en el oxidado hierro de los canalones que hay en algunas fachadas de la calle Pavaneras;  sobre las campanas y los arcos de la portada de la iglesia de Santo Domingo, transformando el color de la piedra en un abanico de ocres y marrones; colores terrosos con reflejos dorados por la incidencia del sol que convierten los muros de cada palacio, de cada convento o monasterio y de cada iglesia de este barrio en un auténtico Mar de Bronce  y que en esta tarde de enero me llevan a rememorar los días en los que leí aquella novela de Felipe Romero en la que compartían protagonismo por igual el judío Samuel Nagrella y tantos  otros musulmanes por los que Fortuny se sintió atraído, hasta el punto de que su obra no puede comprenderse bien  si uno no llega a amar ese orientalismo  exótico y sensual que le atrajo en sus viajes a Marruecos, sintiéndose el pintor como si estuviese compartiendo escenario con los personajes de Las Mil y una noches. Ancianos con turbante, bereberes, camelleros, encantadores de serpientes, odaliscas, jinetes, músicos callejeros, matarifes, comerciantes del zoco, vendedores de tapices... Todo tiene cabida en su paleta. Incluso, de haberlo conocido, hubiese retratado con lánguida ensoñación al mismísimo Boabdil escribiendo, al cobijo de una lámpara de velas,  sus memorias en un Manuscrito Carmesí con el que varios siglos después nos hizo soñar el escritor Antonio Gala. Todavía hoy, creo ver un cuadro que no existe.

Como por arte de magia, todo el barrio del Realejo se transforma en un gran lienzo que el gerundense va componiendo en su cabeza, donde, de forma imaginaria, aplica finas veladuras de pintura para representar el hierro de los balcones y ventanas, la madera de las puertas y los postigos, las telas de las ropas de sus vecinos de la plaza del Realejo Bajo, vestidos de forma distinta a como lo hacen habitualmente, como si fuesen personajes de una época que no conoció pero que aún pervive en su memoria. Tal vez, pasó una tarde entera dibujando sentando en el Campo del Príncipe, cobijado a la sombra de un árbol. Así que,  por qué no fantasear un poco más allá y pensar que ese árbol era un Granado, como en la evocadora novela de Taríq Alí.


Jardín de la casa de Fortuny 
(Mariano Fortuny Marsal y Raimundo de Madrazo. Museo del Prado)