Sucedió hace un par de semanas,
camino del trabajo. Era una mañana fría, helada; uno de esos extraños días de
primavera en los que, nada más salir de casa, te encuentras de golpe con un
tiempo más propio del otoño: restos de hojas secas desplazadas por un viento
madrugador con ganas de jugar; mecidas como pequeños bailarines que todavía no
han logrado acostumbrase a su gélida música. Diminutas y casi imperceptibles
gotas de lluvia cayendo deprisa sobre un asfalto en el que el humo procedente
de los tubos de escape de los primeros coches crea una falsa niebla que se diluye
al instante. Personas caminando deprisa, las solapas de los abrigos y las
chaquetas levantadas, las manos en los bolsillos y el gesto adusto en la cara para hacer frente a un gris y largo día
que acaba de empezar.
Ellas estaban sentadas en la parada del autobús, esperando. La madre debía de rondar los sesenta años, pero
parecía algo mayor. La hija, cerca de treinta. Miré mi reloj de pulsera: las
ocho menos cinco de la mañana. A pesar de que aún era muy temprano, la madre
tenía ya la mirada perdida, el aspecto cansado de quien lleva varias horas despierta,
la preocupación visible en su semblante, en la piel lavada de la cara que no
hace concesiones al maquillaje, en la tristeza de sus labios, en la oscuridad
de una gafas de sol que no muestran la desolación, tal vez, que impregna sus
ojos. Y mientras la hija, a su lado, no es consciente de nada. No sabe que,
seguramente, la madre se ha levantado cuando aún no había amanecido para
poder vestirse y desayunar con un poco de tranquilidad, en el silencio de un
piso en el que la hija duerme todavía, placida e inocente, ajena a todo cuanto sucede
por ella. No sabe que, por su enfermedad, que muestra de forma cruel y precisa
los estragos de algún tipo de deficiencia muscular degenerativa, la madre ha
tenido que dejar su vida ya, para vivir inmersa en la de ella. Sin embargo, lo
hace con tanto cariño que cualquier gesto se convierte en algo digno de
mención. Como el que hizo allí, aguardando a un autobús que no se decide a
llegar. La madre observa a la hija y se da cuenta de que una parte del
flequillo que ella debió peinarle con dedicación y ternura, se ha movido de su
sitio. Entonces, saca la mano del
bolsillo del abrigo, le arregla la traviesa caída del pelo y le da un beso en
la frente. La hija no dice nada; no puede decir las palabras que tal vez
quisiera expresarle, pero mira a la madre y una tenue sonrisa se forma en sus
labios, pues sabe que ahora está un poco
más guapa.