domingo, 28 de abril de 2013

Digna de mención



Sucedió hace un par de semanas, camino del trabajo. Era una mañana fría, helada; uno de esos extraños días de primavera en los que, nada más salir de casa, te encuentras de golpe con un tiempo más propio del otoño: restos de hojas secas desplazadas por un viento madrugador con ganas de jugar; mecidas como pequeños bailarines que todavía no han logrado acostumbrase a su gélida música. Diminutas y casi imperceptibles gotas de lluvia cayendo deprisa sobre un asfalto en el que el humo procedente de los tubos de escape de los primeros coches crea una falsa niebla que se diluye al instante. Personas caminando deprisa, las solapas de los abrigos y las chaquetas levantadas, las manos en los bolsillos y el gesto adusto en la cara para hacer frente a  un gris y largo día que acaba de empezar.

Ellas estaban sentadas en la parada del autobús, esperando. La madre debía de rondar los sesenta años, pero parecía algo mayor. La hija, cerca de treinta. Miré mi reloj de pulsera: las ocho menos cinco de la mañana. A pesar de que aún era muy temprano, la madre tenía ya la mirada perdida, el aspecto cansado de quien lleva varias horas despierta, la preocupación visible en su semblante, en la piel lavada de la cara que no hace concesiones al maquillaje, en la tristeza de sus labios, en la oscuridad de una gafas de sol que no muestran la desolación, tal vez, que impregna sus ojos. Y mientras la hija, a su lado, no es consciente de nada. No sabe que, seguramente, la madre se ha levantado cuando aún no había amanecido para poder vestirse y desayunar con un poco de tranquilidad, en el silencio de un piso en el que la hija duerme todavía, placida e inocente, ajena a todo cuanto sucede por ella. No sabe que, por su enfermedad, que muestra de forma cruel y precisa los estragos de algún tipo de deficiencia muscular degenerativa, la madre ha tenido que dejar su vida ya, para vivir inmersa en la de ella. Sin embargo, lo hace con tanto cariño que cualquier gesto se convierte en algo digno de mención. Como el que hizo allí, aguardando a un autobús que no se decide a llegar. La madre observa a la hija y se da cuenta de que una parte del flequillo que ella debió peinarle con dedicación y ternura, se ha movido de su sitio. Entonces, saca  la mano del bolsillo del abrigo, le arregla la traviesa caída del pelo y le da un beso en la frente. La hija no dice nada; no puede decir las palabras que tal vez quisiera expresarle, pero mira a la madre y una tenue sonrisa se forma en sus labios, pues sabe que ahora  está un poco más guapa.


jueves, 11 de abril de 2013

Adagio. Andante. Allegro.



El nerviosismo comienza a notarse; flota en la espesura del aire igual que un intenso perfume se percibe en una habitación, aun cuando hace tiempo que esa persona se marchó de allí. Poco a poco, el ostensivo murmullo que se ha apoderado de todo el auditorio intenta disminuir. Afuera, la gélida lluvia que empezó por la tarde no deja de caer. Todo el mundo permanece ya sentado, en silencio, salvo algún rezagado de última hora que trata de quitarse el abrigo con acrobáticos movimientos para no molestar demasiado a los que se  encuentran detrás de él, el paraguas sujeto entre las piernas, mientras pequeñas  gotas de agua  van cayendo lentamente sobre el suelo entarimado. O eso intuyo. Porque las luces se han difuminado hasta un punto en el que los espectadores han sido transformados en largas hileras negras que apenas se mueven, como un teatro de sombras hipnotizado por una extrema quietud.

De pronto, alguien empieza a aplaudir, y ese sencillo y espontáneo gesto se extiende a lo largo y ancho de una arquitectura que ha sido concebida precisamente para eso; para que el sonido llegue a todos por igual. Mientras tanto, el concertino sigue  a lo suyo. Apenas unos acordes de su violín son suficientes para captar la atención del resto de la orquesta. Todo debe estar preparado para cuando el director salga a escena. Por algo es el segundo en la jerarquía: una suerte de  Coronel melódico que ha de arengar a las tropas antes de que llegue el General.

Cada músico aguarda ya en su puesto. Batuta en mano, el director se dispone a dar un nuevo recital de algo que conoce de memoria y que es capaz de interpretar con los ojos cerrados, pues ni siquiera necesita libreto alguno. Han sido muchas horas de estudio, de ensayos, de repetir en otros edificios armónicamente construidos, de otras muchas ciudades, la sinfonía que esta noche va representar. Por megafonía, una voz evocada al comienzo de cada actuación explica unas normas básicas de comportamiento.

«Desconecten sus teléfonos móviles. Prohibido cualquier tipo de grabación. Prohibido hacer fotografías.» Sin embargo, alguien, quizá el técnico encargado de  poner esa grabación enlatada antes de los conciertos, debería añadir al final un último mensaje: «Olvídense de todo y disfruten.»