Cuando llega a casa, ella ya se ha
marchado. De ningún modo lo espera; siempre urgida por el agitado ritmo de la inminencia
en el trabajo, el mismo que le impide pasar un solo momento juntos, sosegados,
hablando de las cosas que compartirían si llegase la ocasión de conocerse, pues
nunca se han visto, y, casi con total seguridad, ni siquiera han estado físicamente
cerca. No han coincidido en una cafetería o en un restaurante o esperando uno
detrás del otro en la cola de un supermercado ni se han cruzado en la puerta de
una entidad bancaria, ella entrando y él saliendo, o quizá al revés, así que
tampoco sabe con absoluta certeza si ella tiene la altura con la que la ha
imaginado tantas veces o si el color del pelo y de sus ojos son de la tonalidad
precisa que ve cada día en la imagen refractaria e intangible que le devuelve
la televisión: la transmisión distante y lejana que separa dos mundos tan
iguales y a la vez tan diferentes, el suyo y el de ella, uno real y otro que no
lo parece tanto porque solo puede observarla sin llegar realmente a verla.
No tiene muy claro cuándo fue la primera
vez que la vio en la pantalla. Cuándo leyó una crónica suya en un periódico arrugado
y manchado por salpicaduras de café o qué sintió la primera vez que oyó su voz
en la radio, cercana y cálida, vibrando en invisibles ondulaciones que se
propagaban por el aíre como una afectuosa incitación a seguir escuchándola...
pero le gustó su estilo, la forma en que narraba las cosas habituales que suceden
en el mundo, incluso aquellas más grotescas, la singular manera con la que iba transformando
lo mundano en algo inusual; lo feo en algo un poco más bello.
Asume que si ella le conociese se
desencantaría al comprobar que es un tipo como cualquier otro, tejido con una
irremediable normalidad. Con imaginaria intranquilidad, se angustia al pensar
que pudiese ver el piso en el que vive, los muebles de dudoso gusto que fue
comprando con los años, el trabajo pueril de anónimo oficinista que no se
atreve a abandonar por el miedo ficticio a lo que vendrá después, pues sabe de
sobra que no habrá nada porque nunca dará ese paso, así que prefiere seguir
viviendo así, algo apesadumbrado, medio a oscuras en la amarga invención de un
sueño que él mismo ha creado tratando de aplacar su soledad.
Un día pensó en escribirle una carta o
mandarle su libro favorito dedicado; un gesto que ella pudiese apreciar de una
forma distinta a cualquier otro tipo de acto; una seña alejada de tanta
inmediatez digital que le obliga a escribir cada día sobre una pantalla
luminiscente tan fría y vulgar como su oficina. Pero no se atrevió. Pensó que
ella se reiría de él; que lo tomaría por un loco o un chiflado cualquiera. Luego,
el tiempo fue pasando y él abandonó lentamente
toda esperanza de conocerla. Por eso, sus ojos no podían creer lo que leían
cuando, la otra tarde al llegar del trabajo, abrió el buzón y encontró una
postal de ella que decía: “Yo también
llevo dos años mirándote”.
