Son
tantos los nombres que resulta imposible recordar todos. Tal vez, los
rostros sí; pero, incluso estos, con el inexorable y crónico paso del tiempo,
se van difuminando hasta transformarse en lejanas sombras que igualmente cuesta
reconocer. Y es que conforme avanzan los años, uno se vuelve un poco más
observador, prestando atención a detalles en los que antes ni siquiera llegaba
a reparar, centrándose más en el individuo y menos en el conjunto, aunque esto
conlleve perderse algunas cosas, igual que la pluma derrama pequeñas gotas de
tinta cuando se extrae del tintero… En definitiva, uno se vuelve con los años
un poco más torpe, aunque espero que a mí todavía me quede algo de tiempo antes
de que ocurra…
Son
tantas las cosas que hablamos con ellos, que resulta imposible
rememorarlo todo. Pero de vez en cuando, cada cierto intervalo de tiempo, se
cruzan por el camino de los profesores unos pocos alumnos que, sin quererlo, nos obligan
a que centremos nuestra atención en ellos. Pongamos que se llaman Marta y
David; aunque lo importante no son sus nombres, sino lo que hay tras ellos.
Porque escuchándolos, tratando de conocerlos un poco mejor, uno descubre que es
precisamente la manera que tienen de decir las cosas lo que los convierte
en diferentes al resto. Y aunque hacen cosas propias de su edad, las
realizan de otra forma: porque leen libros, pero son de Filosofía; escuchan
música, pero de Bach y Mozart; les gusta la calle, pero son capaces de mirar
una puesta de sol durante horas.
Excavando un poco en sus vidas, en ese mundo interior por el que todos hemos pasado cuando éramos más jóvenes, averiguo que se sienten decepcionados con el presente que les ha tocado y temerosos por el futuro que les depara un porvenir que no saben si será de su agrado. Que están frustrados con una parte de los mayores y de la gente de su edad, pues a todos ellos parece no importarles nada, y es precisamente esa apatía la que no conciben ni comparte, y lo dicen así, con sincera melancolía. Entonces, de pronto, me viene a la memoria la figura del divino Miguel Ángel, y empiezo a sospechar que quizás ellos dos son como las obras del maestro florentino, que solo él era capaz de verlas en el bloque de mármol cuando aún no había dado un solo golpe al cincel. Incluso como aquellas que quedaron aparentemente inacabadas; inconclusamente hermosas. La escultura siempre había estado ahí. Tan solo había que quitar el material sobrante.
