Es
una mañana clara, limpia y excesivamente fría; de esas en las que el aliento se
transforma en una estela tenue de vaho cuando trata de aliviar la fatiga que
produce la subida andando por la cuesta de Gomérez en las horas en las que uno
se encomienda a los guantes y a las solapas levantadas del abrigo y a la
bufanda para intentar que no se le congele la cara. Ascendiendo, la nariz
colorada y la espalda algo resentida por culpa de una extraña mezcla de sudor y
frío, comienzo a preguntarme si vale la pena aquel sacrificio, más aún cuando
ya he estado allí donde me llevan mis pasos tantas veces y conozco de memoria
lo que voy a ver y a oír.
Sin
embargo, todo cambia en el instante mismo en el que accedo al recinto y mis
sentidos empiezan a sumergirse en la belleza física y natural que hay en
todo cuanto me rodea. Entonces, sin saber muy bien cómo ocurre, recupero una
emoción que el devenir de los días de siempre acaba borrando de mi memoria pero
que, afortunadamente, vuelve a aflorar con cada nueva visita, haciendo que
contemple La Alhambra como si fuese la primera vez que estuviera allí,
olvidando las nociones arquitectónicas que pretendo explicar a los alumnos que
ese año me acompañan hasta la cima del cerro de la Sabika, y aunque intento no
contagiarme de esa inaudita emoción con la que miles de viajeros la descubren a
diario, hay en el aire un influjo más poderoso que activa el mecanismo
invisible que me convierte, por unas cuantas horas, en un turista más. Y es que
algo inexplicablemente asombroso se esconde entre sus piedras milenarias, en
los indescifrables trazos geométricos de sus zócalos de cerámica vidriada,
bajo las caleidoscópicas formas de los arcos y cúpulas de mocárabes que
cuelgan de sus techos como estalactitas imposibles que hubiesen sido diseñadas
por el capricho ingenioso del mismísimo arcángel Gabriel.
Llega
un momento en el interior de los palacios de La Alhambra en el que uno no sabe muy
bien a dónde mirar, pues todo en ella es una perfecta y armónica mezcla de
arquitectura, artesanía y naturaleza que invitan a quedarse allí durante horas:
quizá sentado en el Mirador de Lindaraja leyendo un libro mientras el sol de
mediodía va resbalándose por las yeserías en las que han quedado inscritos para
siempre los versos del poeta Ibn Zamrak; o sentado bajo una de las galerías
porticadas del Patio de Comares, escuchando el leve rumor del agua de las
fuentes que va a morir en ese oscuro y misterioso espejo que parece una
alberca. Y así, avanzando por sus majestuosos suelos de mármol, observando las
excelsas vistas que el mirador de El Partal ofrece del Albayzín en un atmosfera
perfumada por flores de intensos colores y parterres de arrayanes, continúo mi
visita perdido ya en un estado de excitación que hace que me haya olvidado del frío
y del cansancio cuando subo a la Torre de la Vela o llego hasta el Patio de
Descabalgamiento a la entrada del Generalife.
Después
me marcho. Deshago el camino hasta el instituto en el que trabajo con la gozosa
sensación con la que regreso invariablemente cuando voy a La Alhambra: que
por más que regrese a ella, siempre es la misma y es distinta cada vez; tan
bella y admirable que parece casi irreal. Y no puedo dejar de pensar,
recordando lo que le pasó a Stendhal en la Basílica de la Santa Croce, que si
tanta hermosura junta me hubiese producido durante mi visita un desmayo
instantáneo, no me hubiera importado morir allí mismo, porque habría muerto en
paz.
