jueves, 25 de febrero de 2016

Recordando a Stendhal

Es una mañana clara, limpia y excesivamente fría; de esas en las que el aliento se transforma en una estela tenue de vaho cuando trata de aliviar la fatiga que produce la subida andando por la cuesta de Gomérez en las horas en las que uno se encomienda a los guantes y a las solapas levantadas del abrigo y a la bufanda para intentar que no se le congele la cara. Ascendiendo, la nariz colorada y la espalda algo resentida por culpa de una extraña mezcla de sudor y frío, comienzo a preguntarme si vale la pena aquel sacrificio, más aún cuando ya he estado allí donde me llevan mis pasos tantas veces y conozco de memoria lo que voy a ver y a oír.

Sin embargo, todo cambia en el instante mismo en el que accedo al recinto y mis sentidos empiezan a sumergirse en la belleza física y natural que hay en todo cuanto me rodea. Entonces, sin saber muy bien cómo ocurre, recupero una emoción que el devenir de los días de siempre acaba borrando de mi memoria pero que, afortunadamente, vuelve a aflorar  con cada nueva visita, haciendo que contemple La Alhambra como si fuese la primera vez que estuviera allí, olvidando las nociones arquitectónicas que pretendo explicar a los alumnos que ese año me acompañan hasta la cima del cerro de la Sabika, y aunque intento no contagiarme de esa inaudita emoción con la que miles de viajeros la descubren a diario, hay en el aire un influjo más poderoso que activa el mecanismo invisible que me convierte, por unas cuantas horas, en un turista más. Y es que algo inexplicablemente asombroso se esconde entre sus piedras milenarias, en los indescifrables trazos geométricos de sus zócalos de cerámica vidriada, bajo las caleidoscópicas formas de los arcos y cúpulas de mocárabes que cuelgan de sus techos como estalactitas imposibles que hubiesen sido diseñadas por el capricho ingenioso del mismísimo arcángel Gabriel.

Llega un momento en el interior de los palacios de La Alhambra en el que uno no sabe muy bien a dónde mirar, pues todo en ella es una perfecta y armónica mezcla de arquitectura, artesanía y naturaleza que invitan a quedarse allí durante horas: quizá sentado en el Mirador de Lindaraja leyendo un libro mientras el sol de mediodía va resbalándose por las yeserías en las que han quedado inscritos para siempre los versos del poeta Ibn Zamrak; o sentado bajo una de las galerías porticadas del Patio de Comares, escuchando el leve rumor del agua de las fuentes que va a morir en ese oscuro y misterioso espejo que parece una alberca. Y así, avanzando por sus majestuosos suelos de mármol, observando las excelsas vistas que el mirador de El Partal ofrece del Albayzín en un atmosfera perfumada por flores de intensos colores y parterres de arrayanes, continúo mi visita perdido ya en un estado de excitación que hace que me haya olvidado del frío y del cansancio cuando subo a la Torre de la Vela o llego hasta el Patio de Descabalgamiento a la entrada del Generalife. 

Después me marcho. Deshago el camino hasta el instituto en el que trabajo con la gozosa sensación con la que regreso invariablemente cuando voy a La Alhambra: que por más que regrese a ella, siempre es la misma y es distinta cada vez; tan bella y admirable que parece casi irreal. Y no puedo dejar de pensar, recordando lo que le pasó a Stendhal en la Basílica de la Santa Croce, que si tanta hermosura junta me hubiese producido durante mi visita un desmayo instantáneo, no me hubiera importado morir allí mismo, porque habría muerto en paz.