He vuelto a escribirte unas palabras que no me atrevo a mostrar por miedo,
no a que pasen desapercibidas para tu vista, sino a que las leas y descubras
que tu recuerdo y tu imagen están empezando a desaparecer de mi memoria cada día. Que me resulta muy difícil imaginar con la
precisa exactitud de antaño cómo es el color de tus ojos, porque a fuerza de no
verlos, de no mirar dentro de ellos para entender lo que solamente nosotros éramos
capaces de decirnos sin vocablos, su evocación se ha convertido en una mancha
oscura que apenas tiene brillo.
Me sorprendo de mí
mismo cuando llego a casa después del trabajo y descubro que ya no espero
encontrarte allí; que no anhelo ver tu silueta de espaldas en el preciso instante
en el que meta la llave en la cerradura y gire el pomo de la puerta, tu efigie recortada sobre la calidez anaranjada
de un atardecer que se cuela a través de las ventanas y de las cortinas del
salón para bañarte con una delicada luz crepuscular, enfrascada en alguno de
los quehaceres cotidianos o leyendo algún documento de tu trabajo que te tiene
completamente absorta, el bolso encima de la mesa y los zapatos de tacón
tirados de cualquier forma junto al sillón, quitados con la premura de unos
pies doloridos que se mueren por llegar a casa para encontrarse conmigo, para
que compartamos los almuerzos o las cenas que ya no hacemos y el vino que no
nos bebemos, pues ahora tengo claro que lo único que voy a hallar es un piso
vacío pero lleno de tu ausencia.
He soñado nuevamente
contigo pero ya no es lo mismo, porque en ellos, en esos sueños que me turban
el cansancio anodino y solitario que
arrastro igual que los fantasmas tiraban en los tebeos de pesadas cadenas de
hierro atadas a una bola aún más pesada, nunca consigo verte la cara a pesar de
que te llamo para que te vuelvas y me mires. Pronuncio tu nombre en voz alta tratando
de captar tu atención pero todo esfuerzo resulta en vano, pues en verdad no es
el tuyo el que sale a gritos de mi boca, sino Laura, sin entender muy bien por qué mi subconsciente te llama de
esa forma y tampoco sé si quiero averiguarlo. Quizá mi indiferencia por ti
llegue también hasta aquí: a esta parcela de mi vida en la que me expreso con
palabras que escribo porque en el fondo no
me atrevo a decirlas. Quizá me he olvidado tanto de ti que ya no puedo ni
escribir tu nombre porque he borrado las letras que lo forma de mi abecedario.
Te he escrito una
carta para decirte que te he arrancado de mi cabeza y de pronto me doy cuenta de
que el efecto conseguido es justamente el contrario, pues al hacerlo tu presencia
se vuelve tangible en cada frase que mis dedos plasman sobre el papel, y al
final el único logro que obtengo es el de engañarme otra vez, porque me prometí
que nadie leería nunca lo que una tormentosa y desapacible noche de abril me
impulsó a coger una pluma y una cuartilla en blanco. Que no iba a publicarla
jamás, que todo cuanto allí expresé
no era sino el resultado de haberte querido y añorado durante años y, sin embargo, ya lo estoy haciendo.
