lunes, 17 de abril de 2017

Autoengaño

   He vuelto a escribirte unas palabras que no me atrevo a mostrar por miedo, no a que pasen desapercibidas para tu vista, sino a que las leas y descubras que tu recuerdo y tu imagen están empezando a desaparecer  de mi memoria cada día.  Que me resulta muy difícil imaginar con la precisa exactitud de antaño cómo es el color de tus ojos, porque a fuerza de no verlos, de no mirar dentro de ellos para entender lo que solamente nosotros éramos capaces de decirnos sin vocablos, su evocación se ha convertido en una mancha oscura que apenas tiene brillo.

   Me sorprendo de mí mismo cuando llego a casa después del trabajo y descubro que ya no espero encontrarte allí; que no anhelo ver tu silueta de espaldas en el preciso instante en el que meta la llave en la cerradura y gire el pomo de la puerta,  tu efigie recortada sobre la calidez anaranjada de un atardecer que se cuela a través de las ventanas y de las cortinas del salón para bañarte con una delicada luz crepuscular, enfrascada en alguno de los quehaceres cotidianos o leyendo algún documento de tu trabajo que te tiene completamente absorta, el bolso encima de la mesa y los zapatos de tacón tirados de cualquier forma junto al sillón, quitados con la premura de unos pies doloridos que se mueren por llegar a casa para encontrarse conmigo, para que compartamos los almuerzos o las cenas que ya no hacemos y el vino que no nos bebemos, pues ahora tengo claro que lo único que voy a hallar es un piso vacío pero lleno de tu ausencia.

   He soñado nuevamente contigo pero ya no es lo mismo, porque en ellos, en esos sueños que me turban el cansancio  anodino y solitario que arrastro igual que los fantasmas tiraban en los tebeos de pesadas cadenas de hierro atadas a una bola aún más pesada, nunca consigo verte la cara a pesar de que te llamo para que te vuelvas y me mires. Pronuncio tu nombre en voz alta tratando de captar tu atención pero todo esfuerzo resulta en vano, pues en verdad no es el tuyo el que sale a gritos de mi boca, sino Laura, sin entender muy bien por qué mi subconsciente te llama de esa forma y tampoco sé si quiero averiguarlo. Quizá mi indiferencia por ti llegue también hasta aquí: a esta parcela de mi vida en la que me expreso con palabras que escribo porque  en el fondo no me atrevo a decirlas. Quizá me he olvidado tanto de ti que ya no puedo ni escribir tu nombre porque he borrado las letras que lo forma de mi abecedario.


   Te he escrito una carta para decirte que te he arrancado de mi cabeza y de pronto me doy cuenta de que el efecto conseguido es justamente el contrario, pues al hacerlo tu presencia se vuelve tangible en cada frase que mis dedos plasman sobre el papel, y al final el único logro que obtengo es el de engañarme otra vez, porque me prometí que nadie leería nunca lo que una tormentosa y desapacible noche de abril me impulsó a coger una pluma y una cuartilla en blanco. Que no iba a publicarla jamás, que todo cuanto allí expresé no era sino el resultado de haberte querido y añorado durante años y, sin embargo, ya lo estoy haciendo.