Echó un lento vistazo a su alrededor y lo único
que percibió fueron las estrepitosas pinceladas que la muerte iba dejando tras
de sí en forma de compañeros muertos a los que apenas se le distinguían nítidamente
los signos de sus caras, los rostros cubiertos de tierra o ahogados dentro de
un minúsculo y superficial charco de agua estancada, alguna rata que otra paseándose
indecorosamente por encima de alguno de ellos mientras el sonido de las
ametralladoras se dejaba sentir a través de intermitentes ráfagas de odio
empujadas por el viento seco de finales de verano. Tenía el uniforme manchado
por restos de barro mezclado con la sangre de unos cuantos soldados a los que había
tratado inútilmente de auxiliar minutos antes de que perdieran la vida entre sus
brazos. A duras penas podía sostener su fusil porque desde hacía dos meses
arrastraba consigo un temblor fuerte y doloroso en las manos debido en parte a la tensión provocada
por el constante miedo a morir, y en parte por las explosiones de las bombas
alemanas que llevaban sufriendo noche y día.
Recostado
en uno de los montículos en talud del interior de la trinchera, escuchó a
alguien decir la fecha de ese día y de pronto cayó en la cuenta de que era su
cumpleaños: 14 de septiembre de 1917. Ni siquiera fue consciente durante esos
primeros minutos de que llevaba ya un año y medio alistado en el ejército, combatiendo,
arrastrándose por diferentes lugares de una Europa asolada, impregnada de un repugnante
olor a suciedad corporal y disentería, a
cuerpos de hombres y de animales pudriéndose en mitad de los campos, a gas
venenoso que volvía el aire irrespirable y putrefacto, al deseo presente e inalcanzable de regresar a
casa. De manera instintiva le vino a la memoria el pequeño edifico en chaflán
donde estaba la pastelería que regentaban sus padres en el pintoresco pueblo de
Montdidier: el color celeste de su fachada; el apetitoso escaparate repleto de
tartas y dulces y bombones colocados a lo largo de las estanterías; el flamante
mostrador de oscura madera barnizada tras el que su madre atendía a los
clientes mientras él le iba ayudando con las cuentas o llevaba los encargos que
tenían anotados desde primera hora de la mañana. Con cuidado de no estropear el
papel más de lo que ya lo estaba, sacó del bolsillo interior de su abrigo azul
grisáceo la única carta que habían logrado entregarle de su familia. La había
leído tantas veces que era capaz de recitarla casi de memoria. Le gustaba de
forma especial una frase que sus padres le dedicaban hacia el final, antes de
desearle una pronta y sana vuelta al hogar: «Ten
mucho cuidado, hijo; no permitas que nos priven de ti.» Hubiese querido tener a alguien cercano a quien leérsela
de nuevo, a quien decirle la importancia de aquel día para él, pero los pocos
amigos con los que se alistó una fría mañana de enero habían ido muriendo poco
a poco bajo el imborrable sonido de las explosiones de las bombas o por
invisibles ráfagas de ametralladoras, de modo que la releyó para sí mismo
mientras notaba como le iban cayendo, silenciosas, unas pocas lágrimas por las
mejillas. Las dos cuartillas de papel existían tan agrietadas como los
recuerdos de aquella maldita guerra que parecía no acabarse nunca, rasgadas de
tanto abrirlas y cerrarlas durante las inactivas mañanas en el frente, e
incluso había en una de las hojas unos
pocos restos de suciedad y sangre que apenas pudo eliminar.
Nunca
imaginó que su vigésimo tercer cumpleaños lo pasaría dentro de una trinchera no
muy lejos de la frontera con Bélgica, ocultándose de unos soldados alemanes que
probablemente tendrían su misma edad y que también habrían perdido a sus
mejores amigos. Con tristeza, con algo del miedo al que ya se había
acostumbrado a llevar como compañero, pensó que a lo mejor no viviría para
poder celebrar otro día como ese, por lo que volvió a guardar la carta de sus
padres en el interior del bolsillo y se acercó hasta un grupo de cuatro
soldados que fumaban en silencio mientras dejaban que el sol poniente calentara
un poco sus empalidecidos rostros. Apenas había charlado en un par de ocasiones
con ellos antes de aproximarse. Sin mediar palabra, les dio un abrazo a cada
uno y ante su comprensible asombro les explicó que era su cumpleaños. De una de sus pequeñas
bolsas de tela, uno de aquellos hombres extrajo lo poco que le quedaba de una tableta
de chocolate y lo repartió entre los demás. Después de un rato de agradecida
conversación, de olvidarse por unos momentos de dónde estaban y de conocerse un
poco más a fondo, los cinco soldados franceses se callaron de forma repentina
sin saber muy bien qué decir. Notó con preocupación cómo le regresaba el
temblor a las manos mientras afuera, no tan lejos de allí, el sonido de las
bombas anunciaba que había llegado el indeseado momento de salir a combatir.
Fotografía de Frederic Duriez
