Ha vuelto a abrir el baúl en el
que guarda todo lo necesario. Ilusionado, ha descorrido a tientas en la
oscuridad fresca del dormitorio los cierres que preservan aquellos objetos y
notas que ha ido atesorando con meticulosa paciencia a la espera de que llegue
el día de su boda. Y es que en lo más recóndito de su cabeza todo está
organizado al milímetro: el color de las flores en la iglesia; las piezas de
música que nacerán de la pericia de unos pocos violinistas; las palabras que le
dirá cuando la tenga delante; la distribución de los invitados en las mesas...
Cada idea, cada detalle ha sido anotado con elegante caligrafía de monje
copista o de escribano en pequeñas hojas de cuadros que se mezclan en el interior
del baúl con los recuerdos que recopiló en cada enlace al que fue invitado para
asegurarse de que no falte nada en el suyo.
Uno
a uno, como el mago que extrae los más curiosos objetos del fondo de su
chistera, los saca y observa con la misma curiosidad natural con la que los
turistas miran la fachada de un edificio o se detienen unos breves instantes
delante de un cuadro que creen haber reconocido, y sin apenas esfuerzo rememora
todas y cada una de esas ceremonias: el traje que usó, las distintas corbatas, los
zapatos negros de cordones que tanto daño le hicieron la primera vez que los
usó, los amigos o conocidos a los que no veía en años y con los que después de
aquel día no ha vuelto tener contacto pese a las promesas hechas después de
varias copas de vino. Nombres y fechas de parejas de amantes que se
convirtieron en maridos y esposas se suceden entre sus flacuchos dedos a través
de singulares recuerdos que seguramente nadie excepto él conserva ya: en la
vitola de un puro; en la etiqueta de una pequeña botella de aceite o de vino;
bordados sobre un pequeño cojín de elegante tela; acompañando una graciosa
caricatura de los novios o en la parte superior de una tarjeta que anuncia un
menú que evoca los elegantes banquetes del Zar de Rusia. Nombres y fechas
grabados a perpetuidad, como los nombre de los barcos en sus proas o de los
difuntos en sus lápidas.
Sentado
en el suelo, con las piernas cruzadas y un poco doloridas por la postura, tratando de mantener recta la espalda, nota
como una fantasiosa sonrisa comienza a perfilársele en el rostro al pensar y
verse en su imaginación con ella. Tan solo con cerrar los ojos lo percibe todo
tan nítidamente que siente como si hubiese llegado ya el día de su boda y estuviera
de pie junto al altar viéndola caminar hacia él, el pelo recogido, llevando un
sencillo y hermoso vestido color marfil que ella eligió pensando en la cara que
pondría al verla con él. Desde lo alto de las escaleras la observa caminar despacio,
muy erguida, sonriendo a los invitados que la saludan con miedo y delicadeza,
como si temiesen romperla, y es que está tan hermosa, tan bella, que parece una
delicada figura de cristal que trata inútilmente de evitar que un par de
lágrimas resbalen y estropeen el suave maquillaje que lleva. Entonces, abre los
ojos y deja de soñar y descubre con desánimo que muchos de aquellos recuerdos
que ha ido acumulando se han estropeado por culpa del tiempo: las flores secas que
cogió de un centro de mesa se le deshacen en decenas de pedazos entre las manos;
los puros se le parten por la mitad
cuando trata de sacarlos; el papel de algunas notas se quiebra cuando intenta
desdoblarlo para volver a leer lo que anotó el día que acudió a una boda de abril
en Sevilla; las fotografías han perdido todo rastro de su brillo original... y
cuando intenta rescatar lo poco salvable que queda dentro del mar de despojos
en el que se ha tornado el interior del baúl, asustado, comprende que lleva demasiado tiempo aguardando
un día que parece no querer llegar.
