Tiene el Museo
del Prado una pintura que desde la primera vez que la vi me transmite una enorme
impresión de amargura, pero no por la trágica escena de guerra que en ella se
hubiese interpretado o por la cruda realidad con la que se muestra el dolor
físico en algunos lienzos de aquellos mártires que fueron torturados hasta el
delirio, porque nada de eso hay en este cuadro de finales del siglo diecinueve
que ejecutó con insultante maestría un joven malagueño cuando tenía veintiún
años, sino por la desoladora sensación de
pesadumbre que emana de la única persona que hay representada en el
lienzo.
Al llegar a la
sala del museo en la que se encuentra expuesta la obra y acercarme al cuadro lo
hago con cauteloso sigilo, pues temo despertar al adormilado perro que
yace recostado junto al desvencijado sitial gótico en el que el príncipe don
Carlos de Viana mira sin ver nada. Puede que esté tan cansado y tan
desencantado como el propio heredero de los reinos de Aragón y de Navarra,
quien al final no tuvo reino alguno. Ni siquiera una esposa a su lado a la que
contarle en la vejez, con agrio desaliento, como fue traicionado por su propio
padre o por su hermanastro Fernando -que de católico
no tuvo un ápice hacia él-, pues hasta en
eso su vida está cargada de tristeza, porque su esposa Inés murió a los nueve
años de casados por culpa de una penosa enfermedad. Quizá por todo cuanto le
aconteció, su historia es tan aciaga y a
la vez tan dramáticamente hermosa.
Todo en esta
pintura destila una envolvente impresión de abandono, de olvido, del paso lento y pesado del tiempo rodeado de las
palabras que se reúnen en los gruesos tomos encuadernados en pergamino que
acumulan tanto polvo como la silla o las
estanterías o esa especie de bargueño o de facistol que hay detrás de ellos,
pues por mucho que me acerco no logro identificarlo bien, y sin embargo no
quiero importunarlo a él ni al perro, así que retrocedo muy sutilmente sobre
mis pasos para continuar acompañándolo en silencio un poco más, porque estoy
convencido de que en el fondo se siente muy solo. Incluso allí, en el Museo del
Prado, donde hay tanta gente pasando a su lado cada día. A veces me gustaría
que se volviese para mirarme y me contase algo de lo que ha estado leyendo en
el fino legajo que sostiene a medio abrir en una de sus manos. O que me hablase
de cómo era su vida en ese monasterio de
Messina en cuya biblioteca solía encontrar la poca paz que no hallaba en las afueras. El lugar a donde se marchó huyendo de su padre, el rey Juan II de
Aragón, que lo abandonó igual que se abandonan los zapatos viejos, como diría algunos siglos más tarde un viejo trovador de
Úbeda con la voz rota. Pero nunca lo hace. Y me pregunto qué le rondará por la cabeza, sin hallar una respuesta. Creo que está ya cansado de pensar
continuamente en lo trágico que ha sido el destino con él, que le prometió todo
y le dio la nada, y que lo que se vislumbra en su mirada perdida es solo la
comprensión de que el sufrimiento ha llegado a su fin. A lo mejor, solo está
siendo consciente de lo huérfano que estaría en esa descuidada habitación de no
ser por la compañía del perro que duerme a sus pies. O puede que se esté
preguntando por qué un adolescente artista de Málaga no eligió algún pasaje más
alegre de su vida para inmortalizarlo, y lo que transmiten sus ojos grises es
la desesperación al ver que pasan los días, los meses y los años y el pintor no
aparece nunca por el museo para poder preguntárselo.
El príncipe don Carlos de Viana
José Moreno Carbonero, 1881
