Nos encontramos en el autobús; en
uno de esos días grises cargados de viento y de lluvia y en los que no apetece
hacer gran cosa, salvo estar en casa, al abrigo de la confortable y cálida
sensación que se ofrece en el instante mismo en el que cierras la puerta tras
de ti, siendo consciente de que ya no vas a regresar a la calle. Comenzamos a
hablar como quien charla simplemente por mantener la cortesía de unas costumbres
que están siendo relegadas por las fosforescentes pantallas de los teléfonos
móviles, cuando, de pronto, me dijo que esa era su última tarde en Granada, en
España. “Llevo doce años aquí, y ahora
debo regresar a mi país”. Esas fueron exactamente sus palabras.
Se le había terminado ya algún tipo
de prórroga laboral que no entendí muy bien ni tampoco hice demasiado esfuerzo
por comprenderla, pues lo único en lo que pensaba era que, seguramente, nunca
más volvería a ver a Mario. Y lo más curioso de todo es que jamás nos hemos
tomado una cerveza o un café juntos. Apenas hemos hablado de algún partido
de fútbol o comentado algo que sucedió en el barrio; y ahora me doy cuenta de que
ni siquiera sé si está casado o tiene hijos. Porque entre Mario y yo las
conversaciones nunca fueron más allá del trato cordial que se establece entre
trabajador y cliente (él era el responsable de un garaje al que yo solía acudir
para que me lavasen el coche), y en aquel autobús comenzaron a invadir mi cabeza
toda una serie de preguntas sobre su vida, que quedarían ya sin
respuesta.
Decía que iba a echar de menos
todo esto: la ciudad; a su gente; incluso que había logrado acostumbrarse un
poco a este horrible tiempo que llega cada invierno. Pero una parte de él
estaba deseando regresar a su país. Quería volver a su ciudad; a ver su gente;
y hasta deseaba llegar solo para aclimatarse de nuevo a la calidez del tiempo
que siempre hace allí. Mirándolo,
notando como sus ojos se humedecía de la misma forma que la lluvia de afuera rociaba
los cristales del autobús, me preguntaba cuál de sus dos mitades sentía más
tristeza.
Ahora, varias semanas después de
aquel encuentro, me pregunto que estará haciendo en este momento, en Medellín,
en la ciudad de la eterna primavera, como la llaman sus habitantes. Porque, mientras
escribo estas líneas, han pasado ya las once de la noche; pero allí, en
Colombia, donde transcurren otras vidas que ríen y aman y sufren como las
nuestras, son las cinco y cuarto de la tarde, y tal vez Mario acaba de
despertarse de una tropical siesta en el interior de un dormitorio que un día el destino le obligó a dejarlo arrinconado en
su memoria.