viernes, 31 de enero de 2014

Vidas pasajeras



Nos encontramos en el autobús; en uno de esos días grises cargados de viento y de lluvia y en los que no apetece hacer gran cosa, salvo estar en casa, al abrigo de la confortable y cálida sensación que se ofrece en el instante mismo en el que cierras la puerta tras de ti, siendo consciente de que ya no vas a regresar a la calle. Comenzamos a hablar como quien charla simplemente por mantener la cortesía de unas costumbres que están siendo relegadas por las fosforescentes pantallas de los teléfonos móviles, cuando, de pronto, me dijo que esa era su última tarde en Granada, en España. “Llevo doce años aquí, y ahora debo regresar a mi país”. Esas fueron exactamente sus palabras. 

Se le había terminado ya algún tipo de prórroga laboral que no entendí muy bien ni tampoco hice demasiado esfuerzo por comprenderla, pues lo único en lo que pensaba era que, seguramente, nunca más volvería a ver a Mario. Y lo más curioso de todo es que jamás nos hemos tomado una cerveza o un café juntos. Apenas hemos hablado de algún partido de fútbol o comentado algo que sucedió en el barrio; y ahora me doy cuenta de que ni siquiera sé si está casado o tiene hijos. Porque entre Mario y yo las conversaciones nunca fueron más allá del trato cordial que se establece entre trabajador y cliente (él era el responsable de un garaje al que yo solía acudir para que me lavasen el coche), y en aquel autobús comenzaron a invadir mi cabeza toda una serie de preguntas sobre su vida, que quedarían ya sin respuesta. 

Decía que iba a echar de menos todo esto: la ciudad; a su gente; incluso que había logrado acostumbrarse un poco a este horrible tiempo que llega cada invierno. Pero una parte de él estaba deseando regresar a su país. Quería volver a su ciudad; a ver su gente; y hasta deseaba llegar solo para aclimatarse de nuevo a la calidez del tiempo que siempre  hace allí. Mirándolo, notando como sus ojos se humedecía de la misma forma que la lluvia de afuera rociaba los cristales del autobús, me preguntaba cuál de sus dos mitades sentía más tristeza.

Ahora, varias semanas después de aquel encuentro, me pregunto que estará haciendo en este momento, en Medellín, en la ciudad de la eterna primavera, como la llaman sus habitantes. Porque, mientras escribo estas líneas, han pasado ya las once de la noche; pero allí, en Colombia, donde transcurren otras vidas que ríen y aman y sufren como las nuestras, son las cinco y cuarto de la tarde, y tal vez Mario acaba de despertarse de una tropical siesta en el interior de un dormitorio que un día  el destino le obligó a dejarlo arrinconado en su memoria.