lunes, 25 de marzo de 2013

Fin de la sesión



Lo había leído unos días antes en el periódico. Incluso, en más de una ocasión, alguien comentó que lo extraño era que todavía permaneciesen abiertos.  Y al final, el presagio que se vaticinaba desde hacía tiempo se cumplió: los Multicines Centro de Granada echaban el cierre definitivo después de cincuenta y un años. El culpable, el mismo de casi siempre: el dinero.

Podría pasarme una tarde entera hablando de los cientos de películas que he visto allí a lo largo de mi vida; historias proyectadas en una pantalla gigante para que, durante un par de horas, todos los que nos encontrábamos en la sala nos convirtiésemos en un protagonista más. Y es que sentado en el interior de los Multicines Centro, en la oscuridad tenue que reinaba entre aquellas paredes, en las butacas tapizadas en un terciopelo azul, he reído y he llorado; he sentido un deseo irrefrenable de acabar con el malo de la película; una enorme angustia interior se ha apoderado de mí al ver que no podría salvar a tiempo a la chica y me he emocionado cuando, al final, todo se solucionaba en el último momento. Incluso estando allí, mientras disfrutaba de una de tantas películas, he conocido el amor; el nerviosismo que se adueña de cada gesto cuando, siendo un adolescente, las primeras citas se desenvolvían entre refrescos y palomitas; la ropa cuidadamente elegida y oliendo en exceso a agua de colonia; los consejos de los amigos rondando permanentemente por la cabeza. La inseguridad juvenil por una frase dicha, por una palabra imprecisa, siempre dudando si sería un buen momento, aprovechando la oscuridad cómplice que te brindaba la sala de cine, para cogerle la mano o pasarle el brazo por encima de los hombros, su cabeza recostada sobre la tuya, la sonrisa triunfante que ella no ve pero que intuye porque, a pesar de todo, todavía temblabas un poco. Habías conseguido salir con la chica de tu instituto y la habías llevado a los Multicines y eso, a los quince años, era la felicidad más absoluta.

Ahora, buena parte de todo eso se ha perdido para siempre. Es cierto que existen otros cines, más grandes, con unas butacas más amplias, con los asientos numerados para que no tengas que preocuparte por si llegas un poco tarde, y con un sonido que a veces llega a sobrecoger, pero por alguna  razón ya no es lo mismo. Ahora, esos cines tan perfectos en lo técnico se encuentran en el interior de bulliciosos y ensordecedores centros comerciales que nada tienen de mágico. 

Los viejos Multicines Centro que todavía permanecen junto a la plaza de Gracia de Granada, en los que pasé innumerables tardes y noches de mi vida, de días lluviosos en los que para mí no había mejor plan que disfrutar en ellos con una buena película, han cerrado definitivamente. Ya nadie volverá a vender entradas en sus taquillas, ni el acomodador ayudará a los rezagados a sentarse. Ya no se escucharán diálogos entre los acordes instrumentales de una música de fondo. Y aunque las luces han vuelto a apagarse como venían haciéndose durante tantos y tantos años, nadie volverá a encenderlas.



martes, 12 de marzo de 2013

Lo que ellos no ven



Todavía no llevo demasiado tiempo en la profesión; esa que me permite disfrutar buena parte de mi tiempo libre de lo que sin duda es  mi gran pasión: la escritura.  Y sin embargo, reconozco ya los desengaños propios de alguien que dedicó toda una vida a la docencia y, lentamente, fue viendo como  el entusiasmo y las ilusiones que iba poniendo en cada clase, en cada explicación, se perdían de forma inexorable entre el ensordecedor jaleo que se forma en los pasillos cuando suena el timbre para dar por concluida una clase más, una hora más.

Sin duda, la mía es una disciplina  en la que se enseña, casi como en ninguna otra asignatura, cómo los hombres y mujeres han contribuido a lo largo de la historia a la formación de una ciudadanía y un mundo que, pese a los duros tiempos que nos toca vivir hoy día, está cerca de parecerse a ese modelo de sociedad ideal con el que ya soñaban los grandes pensadores de la Antigüedad Clásica. Porque conocer cómo hemos llegado a crear el momento histórico más avanzado de la humanidad, es algo tan importante que, por ello mismo, resulta todavía más descorazonador que puedan pasarse una hora sentados en el aula fingiendo que escuchan; pero en realidad, hace ya muchos minutos que dejaron oír…

Quizá algún día esté equivocado -así lo espero-, y tarde o temprano comiencen a apreciar los grandes logros que, en los diferentes ámbitos de nuestra vida, se han conseguido con el sacrificio y el sufrimiento de millones de personas; pero cuando acudo cada mañana al instituto donde imparto clases de Historia, me doy cuenta de que la inmensa mayoría de mis alumnos, por ahora, no lo ven. 

No ven como  el desarrollo del colosal Imperio Romano sirvió para expandir por Europa los principios de su cultura, la cultura occidental; como la conquista de la Península Ibérica por los musulmanes, con sus batallas ganadas y perdidas, permitió una mezcolanza racial en la que ambas civilizaciones salieron beneficiadas, o como el surgimiento del Renacimiento Italiano nos permite disfrutar hoy día de las obras de Leonardo y Miguel Ángel. No son capaces de apreciar que, gracias a hombres y mujeres como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Rosa Parks o Nelson Mandela, términos como esclavitud, racismo, discriminación, no tienen un sitio entre nosotros. Y ni siquiera ven que la lucha de Clara Campoamor abrió las puertas de nuestro país a algo tan básico y fundamental como es el derecho de todos los ciudadanos, hombres y mujeres, a participar en la vida política.

Por eso, cuando al acabar el día vuelvo a casa conduciendo, no puedo dejar de preguntarme si, viendo lo que yo veo cada día en las aulas, sabiendo cómo está la educación hoy, no ya solo en España, sino también en muchas otras partes del mundo, aquel “rebelde desconocido” -como lo llamó la revista americana Time-, que se puso delante de una fila de tanques en la plaza de Tian’anmen jugándose la vida por conseguir una sociedad más justa, volvería a hacerlo otra vez.



domingo, 3 de marzo de 2013

Aquellos días...


Tuve que esperarlo algo más de una hora, en el interior de una cafetería que hay junto a la urbanización en la que se ha ido a vivir, hasta que saliera del trabajo y viniese a reunirse conmigo. Durante todo ese tiempo, me dediqué a trazar en mi cabeza como iba a ser ese fin de semana en el que viajé desde Granada hasta Alicante para visitar a mi amigo Benítez (el personaje de Herrera en mi novela El Enigma de Carmen Bastián), para compartir con él vivencias y anécdotas que últimamente solo nos contábamos por teléfono.

Ahora, cuando me encuentro ya de regreso en mi casa, en la tranquilidad de la noche, y revivo las conversaciones que hemos mantenido, los sitios donde hemos estado, empiezo a notar cómo, a pesar de que todavía están recientes en el tiempo y la memoria, poco a poco se van impregnando de una fina niebla que le otorga una evocación de lejanía.

Quizá,  en eso reside precisamente la belleza de esos momentos; en la simple transformación de algo que has compartido y que disfrutas recordando: las charlas en la terraza de un bar del paseo marítimo, con el rumor del mar frente a ti, y la brisa húmeda del invierno agitando las hojas de las palmeras; aquel restaurante en el que el camarero se mostró tan atento y agradable, con la música de Rocío Dúrcal  sonando de fondo, mientras le cuento, entre cerveza y cerveza, que todavía sigo enamorado de esa mujer que él también conoce; los temas que quedaron pendientes y que únicamente podían hablarse cara a cara, porque sabes que eso robustecerá todavía más la amistad; los libros y los lugares que has descubierto hace poco y quieres compartir para que, la próxima vez que nos veamos, sea él quien me hable de ellos; las risas ante algo tan insólito y absurdo que te parece mentira que haya podido suceder. Y así, mientras van pasando la horas, todas esas situaciones comienzan a convertirse en algo ya pasado; en algo que sucedió tiempo atrás y que, cuando vuelva nuevamente a recordarlos, me escucharé a mí mismo hablando de “aquellos días…”