Lo había leído unos días antes en el periódico.
Incluso, en más de una ocasión, alguien comentó que lo extraño era que todavía
permaneciesen abiertos. Y al final, el presagio que se vaticinaba desde
hacía tiempo se cumplió: los Multicines Centro de Granada echaban el cierre
definitivo después de cincuenta y un años. El culpable, el mismo de casi
siempre: el dinero.
Podría pasarme una tarde entera hablando de los
cientos de películas que he visto allí a lo largo de mi vida; historias
proyectadas en una pantalla gigante para que, durante un par de horas, todos
los que nos encontrábamos en la sala nos convirtiésemos en un protagonista
más. Y es que sentado en el interior de los Multicines Centro, en la oscuridad
tenue que reinaba entre aquellas paredes, en las butacas tapizadas en un terciopelo
azul, he reído y he llorado; he sentido un deseo irrefrenable de acabar con el
malo de la película; una enorme angustia interior se ha apoderado de mí al ver
que no podría salvar a tiempo a la chica y me he emocionado cuando, al final,
todo se solucionaba en el último momento. Incluso estando allí, mientras
disfrutaba de una de tantas películas, he conocido el amor; el nerviosismo que
se adueña de cada gesto cuando, siendo un adolescente, las primeras citas se
desenvolvían entre refrescos y palomitas; la ropa cuidadamente elegida y
oliendo en exceso a agua de colonia; los consejos de los amigos rondando
permanentemente por la cabeza. La inseguridad juvenil por una frase dicha, por
una palabra imprecisa, siempre dudando si sería un buen momento, aprovechando
la oscuridad cómplice que te brindaba la sala de cine, para cogerle la mano o
pasarle el brazo por encima de los hombros, su cabeza recostada sobre la tuya,
la sonrisa triunfante que ella no ve pero que intuye porque, a pesar de todo,
todavía temblabas un poco. Habías conseguido salir con la chica de tu instituto
y la habías llevado a los Multicines y eso, a los quince años, era la felicidad
más absoluta.
Ahora, buena parte de todo eso se ha perdido para
siempre. Es cierto que existen otros cines, más grandes, con unas butacas más
amplias, con los asientos numerados para que no tengas que preocuparte por si
llegas un poco tarde, y con un sonido que a veces llega a sobrecoger, pero por
alguna razón ya no es lo mismo. Ahora, esos cines tan perfectos en lo
técnico se encuentran en el interior de bulliciosos y ensordecedores centros
comerciales que nada tienen de mágico.
Los viejos Multicines Centro que todavía permanecen
junto a la plaza de Gracia de Granada, en los que pasé innumerables tardes y
noches de mi vida, de días lluviosos en los que para mí no había mejor plan que
disfrutar en ellos con una buena película, han cerrado definitivamente. Ya nadie
volverá a vender entradas en sus taquillas, ni el acomodador ayudará a los
rezagados a sentarse. Ya no se escucharán diálogos entre los acordes
instrumentales de una música de fondo. Y aunque las luces han vuelto a apagarse
como venían haciéndose durante tantos y tantos años, nadie volverá a
encenderlas.

