Desde el balcón de mi casa veo
la parte de atrás de un inmenso hotel. De día, apenas se perciben excesivas cosas
que llamen la atención en esa colosal estructura revestida de un duro pedernal
grisáceo, igual que la gruesa piel de un mastodóntico animal que apenas se
mueve, tan solo para exhalar el aire que con tanto esfuerzo inhala a sus
pulmones, lento y dificultoso, como si le fuera la vida en ello: ventanas que permanecen
completamente cerradas e interiores que se ocultan bajo pesados cortinajes
opacos que no dejan entrever la sangre que fluye en ellas, provocando en mí la alarmante
sensación de que el monstruo siempre permanece adormecido; impertérrito en toda
su dimensión de saurio prehistórico, temiendo que pueda despertar de un momento
a otro.
Sin embargo, cuando llega la
noche, se obra la prodigiosa transformación: el paleolítico reptil ha desaparecido
entre la confusión de las sombras y en su morada habita ahora un nido de
luciérnagas. Conforme avanzan la oscuridad, las ventanas del hotel se iluminan como
influidas por un mágico encantamiento, y sus luminosos pobladores se asoman al
alfeizar para participar en el rumor de un ilusorio cortejo nocturno. Bichos de
luz venidos de todas partes del mundo que, aunque nada tengan que ver entre
ellos y ni siquiera lleguen nunca a conocerse, durante unos fugaces minutos
contemplan de forma conjunta, ensimismados, la belleza de un limpio anochecer
con reminiscencias de aurora.
Quizá, en alguna otra parte
del mundo, en otro pueblo o en otra ciudad, desde algún pequeño balcón parecido
al mío, con su antigua y ferruginosa baranda pintada de gris en la que suelo
apoyarme para vislumbrar cada noche el milagroso conjuro que se produce frente
a mí, exista alguien que también vea las
ventanas iluminadas de la parte trasera de un hotel y se pregunte, como yo, cuántas
de aquellas anónimas fosforescencias habrán reparado en él -en mí-, alguna vez.
