martes, 20 de mayo de 2014

Ventanas de un hotel



Desde el balcón de mi casa veo la parte de atrás de un inmenso hotel. De día, apenas se perciben excesivas cosas que llamen la atención en esa colosal estructura revestida de un duro pedernal grisáceo, igual que la gruesa piel de un mastodóntico animal que apenas se mueve, tan solo para exhalar el aire que con tanto esfuerzo inhala a sus pulmones, lento y dificultoso, como si le fuera la vida en ello: ventanas que permanecen completamente cerradas e interiores que se ocultan bajo pesados cortinajes opacos que no dejan entrever la sangre que fluye en ellas, provocando en mí la alarmante sensación de que el monstruo siempre permanece adormecido; impertérrito en toda su dimensión de saurio prehistórico, temiendo que pueda despertar de un momento a otro.

Sin embargo, cuando llega la noche, se obra la prodigiosa transformación: el paleolítico reptil ha desaparecido entre la confusión de las sombras y en su morada habita ahora un nido de luciérnagas. Conforme avanzan la oscuridad, las ventanas del hotel se iluminan como influidas por un mágico encantamiento, y sus luminosos pobladores se asoman al alfeizar para participar en el rumor de un ilusorio cortejo nocturno. Bichos de luz venidos de todas partes del mundo que, aunque nada tengan que ver entre ellos y ni siquiera lleguen nunca a conocerse, durante unos fugaces minutos contemplan de forma conjunta, ensimismados, la belleza de un limpio anochecer con reminiscencias de aurora.


Quizá, en alguna otra parte del mundo, en otro pueblo o en otra ciudad, desde algún pequeño balcón parecido al mío, con su antigua y ferruginosa baranda pintada de gris en la que suelo apoyarme para vislumbrar cada noche el milagroso conjuro que se produce frente a mí, exista alguien que  también vea las ventanas iluminadas de la parte trasera de un hotel y se pregunte, como yo, cuántas de aquellas anónimas fosforescencias habrán reparado en él -en mí-, alguna vez.