Esperó a que se fueran las personas que
estaban visitando una tumba situada muy cerca de la que él había ido a ver para
acercarse. Oculto tras una esquina, aguardando el momento de permanecer
completamente a solas, vaciló por un instante si debía quedarse allí o marcharse;
si merecía haber viajado hasta ese recóndito pueblo de la Patagonia Argentina, o si por el contrario, toda aquella situación no era más que un vano intento
de aplacar su conciencia.
Delante del nicho en el que lo hubieron
enterrado dos años atrás, pasó una palma de la mano por la fría plancha de mármol
en la que unas manos anónimas cincelaron sus datos. Le resultó inquietante leer los mismos apellidos, la fecha de nacimiento tan cercana a la suya, la certeza de la muerte
en otros tantos números, y notó cómo se le formaba un angustioso nudo en la
garganta. Se quitó el sombrero en señal de respeto y se subió las
solapas del abrigo en cuanto empezó a soplar con fuerza un viento frío y seco que
le cortaba la cara. En uno de los pocos árboles que había, invisible, escondido
igual que había estado él unos minutos antes, un cuervo graznaba un canto sombrío,
monótono, y las flores secas que había
en los jarrones de algunos nichos y las fotografías descoloridas de personas
que llevaban demasiado tiempo muertas recalcaban el desolador aire de aquel
lugar. Fuera del cementerio, una infinita llanura pedregosa y yerma quedaba
cortada por una carretera que parecía no
llevar a ninguna parte. Llevaba quince años fuera del país y su primera visita
la estaba dedicando a ver la tumba de alguien con quien no se habló durante
años, aunque ni siquiera recordaba ya el motivo por el que habían dejado de
hacerlo.
Parado allí de pie, notando cómo el frío
le iba envolviendo todo el cuerpo, comenzó a pensar en las cosas que, siendo
adultos, jamás llegaron a hacer: un viaje en coche por el interior para visitar
otros pueblos y otras ciudades; asistir al cine o a un concierto; escuchar
tangos sumidos en una nostálgica borrachera; ver un partido de Boca en La Bombonera. Apenas se expresaron mutuamente sus sentimientos, confesado sus miedos y alegrías, sus
deseos más sinceros. Le resultó terriblemente doloroso comprobar cómo se fueron
convirtiendo en dos completos desconocidos, pero nunca habían tenido una relación
fácil.
Echando ahora la vista atrás, la mirada
fija en el nombre de él, se sentía frustrado por no haber sido capaz de
entender de dónde le venía esa infelicidad tan profunda que arrastró toda su
vida. De algún modo, pensaba que le había fallado, no por alejarse cuando el
trato entre ambos se hizo irrespirable, sino por no haber podido enseñarle todo
lo que se estaba perdiendo, enfrascado como anduvo siempre en una absurda
queja, en una irracional protesta, en una amarga existencia que a nada
conducía. Inesperadamente, escuchó los pasos de alguien sobre la gravilla y al
volverse vio a una mujer vestida con un abrigo verde y unos zapatos de tacón rojos
acercándose hasta donde él se hallaba. Era morena, delgada, la piel
blancuzca, lo ojos de un verde tan oscuro como su abrigo, el pelo recogido en
una hermosa coleta, muy atractiva. Cuando él le preguntó quién era y de qué lo
conocía, ella se le quedó mirando en silencio. Luego, con una suave voz, le
llamó por su nombre y le respondió que era la Vida y que había ido a decirle
que aprovechase el tiempo que aún tenía.