Hay algo en los desiertos que me
resulta de una belleza inexplicable. Me ocurre desde hace ya bastantes años. Es
algo casi absurdo, incongruente, que no sé muy bien traducir con palabras, pero
siempre que veo alguno en una fotografía o pintado en un cuadro, o que contemplo
la vastedad terrosa que se extiende sobre su superficie en alguna película o en
un documental, tengo la rebatible creencia de que los desiertos esconden una
rareza singular, compleja e imponente que los convierte, precisamente por eso, en
algunos de los rincones más bellos de la Naturaleza.
Tal vez sea por ello, porque no
logro entenderlo del todo, lo que los vuelve ante mis ojos en algo tan
excepcional. Son muchos y muy distintos los desiertos que hay repartidos a lo
largo y ancho del mundo: desiertos de una sequedad extrema en los que es casi
imposible que se desarrollen grandes formas de vidas, y desiertos en los que
crecen, en determinadas épocas del año, algunas de las flores más bellas que
existen. Desiertos que acaban cubiertos de un manto blanco de fría nieve y
otros en los que, avanzando solamente unos pocos kilómetros, paradójicamente se
avista la inmensidad del mar, como si fuese un truco de magia.
Y es precisamente en un desierto donde transcurre
uno de los mejores finales de película que he visto en los últimos años: se
trata de la magnífica adaptación que Fernando Meirelles hizo, en el año 2005, de
la novela de John Le Carré, titulada El Jardinero Fiel, acompañada de fondo con
la excelente música de Alberto Iglesias.
En ella, nuestro ingenuo y flemático
héroe (Ralph Fiennes), tras haber comprobado que todo el negocio que las
grandes empresas farmacéuticas están desarrollando en África, no es otra cosa
que una gran ingeniería cimentada a base de corrupción y fraude económico;
cuando ya ha descubierto que su mejor amigo le había estado engañando desde el
principio y está involucrado en el asesinato de su esposa (Rachel Weisz);
cuando nada le ata ya a un trabajo y a una tierra que le han arrebatado aquello
que más amaba en la vida… decide enfrentarse a esos a quienes creía con una candidez ciega. Y lo hace en un desierto. Es consciente de que no saldrá de allí
con vida. Sabe que van a matarlo en aquel exótico paraje polvoriento en el que
nadie podrá oír sus gritos. Pero no le importa. En verdad, nada le afecta ya,
porque ella está muerta. Y cuando, minutos después, él muera también, el desierto permanecerá
allí, quieto, hermoso y cruel por igual, tornándose un poco más rojizo con su
sangre.