Este relato ha obtenido el primer premio en el IX concurso de relatos deportivos de la Asociación de la Prensa Deportiva de Valladolid, 2023.
Aquel penúltimo sábado de mayo, Marcos se encontraba más nervioso de lo habitual. A sus trece años de edad, tenía ante sí la oportunidad de ver al equipo de fútbol de sus sueños convertirse en flamante campeón de La Liga. Un año antes de que naciera, el Atlético de Madrid había conquistado su último título nacional, pero ese era un momento mágico del que él únicamente conocía unos cuantos detalles. Con la cara todavía sin lavar y los ojos enmarañados de legañas, se levantó de la cama y se puso la camiseta del Atlético, que ya no volvería a quitarse en todo el día, salvo para darse una ducha antes de acudir a casa de su tío Emilio, adonde irían a ver el encuentro.
Esa misma mañana, en el interior de la habitación 215 del Hospital Materno Infantil Vall d’Hebron de Barcelona, Asier trataba de distraerse sin demasiado entusiasmo leyendo un antiguo cómic de Tintín que su madre le compró en una librería de viejo que descubrió por casualidad la tarde anterior, cuando aprovechó que su exmarido había aparecido un poco antes de la cuenta. Aunque cada día llevaba peor el separarse del hijo, el médico que atendía el caso de Asier ya le advirtió semanas atrás que permanecer en el hospital todo el tiempo no le hacía ningún bien al muchacho ni a ella, sino que debía esforzarse en llevar un horario con algo parecido a una rutina, pues nadie sabía con certeza cuánto tiempo iba a volver a permanecer ingresado esta vez. «Al fin y al cabo, es ya todo un hombre de catorce años», dijo el médico delante de Asier unos días antes. Luego, le preguntó al muchacho si le gustaba el fútbol, y este le respondió con sinceridad que no; que lo que de verdad le llamaba la atención era hacer puzles de paisajes urbanos y las clases de Geografía, pero si tenía que ser de algún equipo, entonces elegía al Osasuna, porque ese había sido desde siempre el de su abuelo y su padre, así que él se haría seguidor también si no había más remedio, ante lo cual el médico rio divertido con una sonora carcajada.
En el calor sofocante de las primeras luces de la tarde, después de un vano intento de siesta, Marcos le propuso a su hermano repasar en el teléfono móvil algunas de las victorias de esa temporada en liga del Atlético hasta que llegara el inicio del encuentro, el último del campeonato 2020/2021, y por el que Marcos se veía ya saltando y gritando junto a la fuente de Neptuno, agitando con fuerza su bufanda, besando sin descanso el escudo de su camiseta arrugada y manchada de salpicaduras de tomate que le cayeron durante el almuerzo.
A casi setecientos kilómetros de distancia, Asier dormía profundamente en el momento en el que el árbitro señaló el inicio del partido. La fuerte medicación que estaba recibiendo de nuevo para que su corazón no se rindiese, lo agotaba demasiado, y a pesar de que cada tarde intentaba vencer al sueño con una resistencia casi titánica, al final siempre terminaba por dormirse durante una hora.
Fue a comienzos de ese año cuando Marcos pudo volver a jugar en el equipo de fútbol de su instituto, después de recuperarse definitivamente de una fractura que sufrió en el tobillo derecho durante las vacaciones del verano anterior. El día que marcó de nuevo un gol, muy lejos de allí, Asier caía desmayado al suelo en la cuarta planta de El Corte Inglés que hay en la plaza Cataluña de Barcelona. Los primeros mareos, la falta de apetito, las náuseas que durante unos meses experimentó, fueron achacados erróneamente al crecimiento y los cambios hormonales que dos años antes había empezado a sentir el muchacho, y para cuando al fin una doctora se tomó más en serio las preocupaciones de sus padres y descubrió la insuficiencia cardíaca, la debilidad muscular de su corazón era ya un hecho irreversible.
Cuando apenas restaban unos pocos minutos para que finalizara la primera parte del partido más importante para Marcos como aficionado colchonero, su nerviosismo y su emoción bullían en el interior de su cuerpo con la idéntica intensidad con la que en la habitación 215 las constantes vitales de Asier se disparaban de pronto sin que hubiese una justificación aparente. Asustado, casi paralizado por el miedo y la impotencia de saberse incapaz para ayudar a su hijo, el padre pulsó el botón azul de emergencia que había junto a la cama, pero cuando las enfermeras y un médico aparecieron por el quicio de la puerta, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial habían recuperado ya su frágil normalidad. La estabilización del corazón de Asier coincidió casi en el tiempo con el tanto que permitía al Atlético empatar el encuentro después de numerosas ocasiones fallidas. Durante unos instantes, Marcos comenzó a gritar y a dar saltos de alegría como si ya hubieran ganado el partido y hasta el propio título de liga. Con un exacerbado furor que era en realidad la eclosión de toda la tensión contenida durante los días previos, el joven aficionado de trece años que jugaba de centrocampista en el equipo de su clase y que odiaba las Matemáticas y la Química, se abrazó a su hermano y a su padre con tanto ímpetu que tiró al suelo el vaso con el refresco que su tío Emilio le ofreció cuando llegaron. Sin embargo, estaba tan contento, que ni siquiera se disculpó de inmediato. Luego, avergonzado por el estrepitoso desastre que había causado sin querer, ayudó a su tía Rosa a recoger unos cuantos cristales y ya no quiso beber nada más.
Hacia las siete y media de la tarde del sábado 22 de mayo, Asier, que apenas había comido, y que tampoco merendó demasiado pese a las protestas del auxiliar de enfermería de turno, se quedó observando a su padre mientras este hojeaba con desgana el periódico en el sillón de polipiel junto a la única ventana de la habitación. Después de meditarlo profundamente, el hijo le comentó que el día que abandonase el hospital se iría directamente a una peluquería para que le tiñesen el pelo de azul, porque ese era su color favorito, y el hecho de llevarlo por la calle significaría que ya estaba curado. Su padre le miró fijamente el flequillo castaño que le caía hacia un lado igual que una cortina, y sonriendo con tristeza le dijo que él mismo lo acompañaría para asegurarse de que cumplía su promesa.
Incapaz de permanecer quieto en la silla ni un solo segundo con cada intento fallido, a cada oportunidad desperdiciada por su Atlético, Marcos, el chico rubio que era un poco más bajo que la mayoría de sus amigos, sufría igual que si lo golpearan con un mazo en el pecho. Con más miedo que incertidumbre, le preguntó a su tío Emilio cuánto faltaba para el final, y cuando este le respondió sin apartar los ojos del televisor que poco menos de veinticinco minutos, el sobrino pensó con tristeza que quizá no lograrían ser campeones. Algo de esa pesadumbre debió de aflorar en su cara, porque su hermano lo sacudió afectuosamente por el brazo, y mirándolo con una expresión que invitaba al optimismo le advirtió que no se le ocurriera flaquear. «Ahora es cuando más nos necesita el equipo», dijo guiñándole un ojo.
En la cafetería del hospital, Luis, el padre de Asier, que había quedado allí con su exmujer para no tener que hablar delante del muchacho, observó de reojo en la televisión sin volumen que estaban retransmitiendo un partido de fútbol. Sintió curiosidad por saber quiénes estaban jugando, pero el camarero se limitó a contestar que era el encuentro en el que se decidiría el título de liga, y continuó secando mecánicamente los vasos húmedos que había sobre la barra. Sin demasiado convencimiento, pidió un café con leche y se sentó en una de las muchas mesas vacías frente a la televisión. Unos pocos minutos después, viéndola acercarse, pensó en lo guapa que estaba ese día. En la fugaz duración de unos segundos, el padre de Asier deseó volver a atrás, regresar al día en el que ella se marchó llevándose al hijo, pero tan sólo fue un sueño, y comprendió que todavía seguía enamorado de ella. «El médico dice que ha vuelto a empeorar bastante; que el ataque de hoy es solo el primero de otros muchos que le darán si nada lo remedia. Incluso me ha advertido de que debemos empezar a ponernos en el peor de los escenarios posibles», le dijo, después de saludarla con un beso en la mejilla. Muy despacio, las primeras lágrimas empezaron a nublarle la vista, a estropearle la suave sombra de ojos que se había pintado porque le gustaba que su hijo la viese un poco arreglada, a dejarle un sabor salado en los labios sin pintar. Fue entonces cuando alguien gritó. Ella se sobresaltó tanto, que instintivamente apartó las manos de las de él. La persona que había chillado pidió disculpas al camarero. Se escuchó entonces una voz comentando que el Atlético estaba a un paso de convertirse en el campeón de La Liga, y después de echar una ojeada rápida a la televisión por encima del hombro de su exmujer, Luis le sugirió subir ya para la habitación.
En el tercer piso, letra D, de un bloque del distrito de Usera, la familia de Marcos estalló en una eclosión de júbilo ilimitada cuando el árbitro señaló el final del partido. Fue una explosión casi tan eufórica como la que acompañó al segundo gol del Atlético. Sin llegar a creer del todo lo que estaba viviendo, Marcos se puso a contemplar cuanto veía y oía a su alrededor para que se le quedara grabado en la memoria. Media hora después, se marcharon casi todos en el monovolumen de su tío Emilio hasta la fuente de Neptuno, pero la marea humana de entusiastas seguidores que encontraban por las calles les obligó a dejar el vehículo estacionado en un aparcamiento público para continuar a pie. Cuando por fin lograron acceder al interior del parking, Marcos sacó una parte del cuerpo para agitar la bufanda con el escudo del Atlético que llevaba consigo. Entonces sucedió el desastre. Sin que ninguno pudiera hacer nada por evitarlo, el chico se golpeó brutalmente la cabeza contra uno de los muros de hormigón de la estructura del aparcamiento y cayó desplomado igual que una pesada piedra en el agua. Luego, todo fue silencio, una oscuridad terrible, pero cuando los servicios sanitarios que se desplazaron hasta allí lograron reanimarlo, una pequeña luz de esperanza prendió entre sus familiares.
El traslado en la ambulancia fue más complicado de lo previsto debido al tráfico denso que esa noche inundaba las calles del centro. A pesar de los inagotables esfuerzos por parte de los médicos del servicio de Urgencias, a Marcos le diagnosticaron de muerte cerebral hacia las diez y media de la noche, e inmediatamente le plantearon a sus padres la posibilidad de salvar a otras personas. Sin poder creerse del todo lo que le había sucedido a su hijo, ni siquiera hicieron amago de escuchar lo que trataban de explicarle acerca de la donación de órganos. Uno de los médicos intentó entregarles unas hojas informativas sobre aquel proceso, pero los padres de Marcos lo miraron desde la desolación y la rabia más profunda y se marcharon sin decirle nada.
Cuarenta y ocho horas después del aciago fallecimiento de Marcos, Asier ingresaba en el quirófano para someterse a un trasplante de corazón en el que sus padres y los médicos tenían depositadas sus últimas esperanzas. Hacia las una y media de la madrugada, la madre de Asier vio acercarse al cirujano que dirigió la operación de su hijo. Abrazada aún a su exmarido, necesitó unos cuantos segundos para reaccionar ante las palabras del especialista, que intentaba aclararles en un lenguaje sencillo las enormes dificultades que habían ido surgiendo durante la intervención. «Todavía es demasiado pronto para celebrar nada, pero de momento el nuevo corazón de Asier está respondiendo mejor de lo que esperábamos», señaló.
A mediodía del lunes 31 de mayo, ocho días después de que el Atlético de Madrid se proclamase vencedor del campeonato de Liga 2020/2021, Asier abandonaba la habitación 215 del Hospital Materno Infantil Vall d’Hebron de Barcelona con la esperanza de no tener que regresar en mucho tiempo. Ya en la calle, el muchacho recordó su promesa y buscó una peluquería cercana.
Sentado en el sillón, Asier se miró fijamente en el enorme espejo de la pared y comenzó a tocarse la cicatriz del pecho por encima de la camiseta que llevaba puesta. Cuando su madre le preguntó sonriendo si estaba seguro de lo que iba a hacer, este le respondió que sí con una determinación irrevocable. «Pero nada de azul; el color del pelo lo quiero rojiblanco», dijo con total convencimiento.
A Saúl.
Este relato ha sido escrito con todo cariño y respeto a la memoria de Saúl B.R., que falleció trágicamente el día 22 de mayo de 2021 por el amor a una pasión y a unos colores.