domingo, 27 de agosto de 2017

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   He vuelto a conducir por la misma carretera por la que tantas veces lo hicimos los dos pero nunca juntos, porque tú siempre preferiste que nos encontrásemos directamente allí para que así nadie pudiese vernos llegar en el mismo coche al hotel; al lugar por el que he pasado después de tantos años y al verlo de nuevo  he sentido una lacerante agitación recordando cada uno de los días que pasamos en ese sitio, en aquella habitación con balcón al que salías cuando  te llamaba para evitar que yo pudiese oír su voz y las palabras que le decías o para resguardarlo a él de mí, como si fuese capaz de intuir mi presencia y tu engaño y las mentiras que le contabas a través del teléfono, pues nunca tuve muy claro a quién de los dos protegías, si al marido o al amante.

   Quizá tú ni te acuerdes pero siempre utilizábamos la misma, el número pegado en la puerta con caracteres dorados de metal y de la que extrañamente soy capaz de rememorar todavía el olor de la madera de los muebles y hasta el de las sábanas, iluminada cada tarde por esa luz de siesta que tanto celebrabas y que se iba deslizando por la blancura de tu piel cuando te quedabas dormida sobre la cama desnuda y yo te observaba sin que te dieses cuenta, aprendiéndome cada surco de tu descubierta anatomía, cada diminuto lunar de tu cara pecosa y tímida. Un número que se me ha aparecido después tantas veces, en las situaciones más dispares de mi vida, en la parada de un autobús o en la puerta de un taxi  o en las habitaciones de otros hoteles de ciudades a las que prometimos ir juntos alguna vez sabiendo que en verdad eso nunca sucedería. Incluso cuando me asignaban  uno como parte de una lista interminable siempre se repetía el mismo, el ciento once, la desenterrada huella del lugar que se convirtió en nuestra particular isla durante algo menos de un año, siendo observados por la recepcionista del hotel con una curiosa mezcla de reprobación y complicidad, adivinando en el silencioso nerviosismo de nuestra actitud al pedirle la llave y entregarle nuestros nombres lo que los compañeros de trabajo imaginaban pero ninguno se atrevía a preguntarnos, o cuando lo hacían era de una manera tan torpe que no resultaba difícil engañarlos.

   Ahora todo eso ha quedado  muy atrás en el tiempo, alejándose cada año que pasa con la misma indolencia con la que observaba a través del espejo retrovisor de mi coche como se iba diluyendo la imagen de nuestro hotel de carretera y de la habitación ciento once mientras me preguntaba qué habría sido de ti: si has cambiado otra vez de lugar de trabajo; si tendrás ya algún hijo; si seguiréis juntos o te habrás decidido a abandonarlo para no continuar engañándolo más fingiendo que aún lo quieres, porque lo dos notábamos que eso ya no era posible o al menos no de la misma forma después de conocernos; si eras tú la mujer que creí ver un día de lluvia en Granada, entrando con premura en una tienda porque había empezado a llover y no llevabas paraguas; aunque probablemente no fueses tú, sino el recuerdo de tu ausencia; el mismo que hoy me hace acordarme de ti y de una habitación de hotel en la que cada noche que estuvimos dentro no existió nadie más, siendo el uno para el otro, tan solo porque pasé conduciendo junto al lugar al que seguramente nunca regresaremos más por la inequívoca razón de que ya no hay ningún motivo para ello.