domingo, 19 de febrero de 2023

Los lugares de la memoria

 Una tarde de invierno en febrero. Un recado que se hace después del almuerzo, antes de que los ojos comiencen a cerrarse al calor del brasero bajo la somnolencia de una promesa de siesta que al final no se producirá. Una antigua fotografía ampliada en gran tamaño, colgada en la pared de un lavadero de coches y unas fechas posibles sobre ese mismo lugar que alguien escribió una vez con rotulador negro: Padul, año 1975 o 1976. A veces, no es necesario mucho más para que afloren los recuerdos de una época en la que uno quisiera estar con la edad que tiene ahora, tanto tiempo atrás, sabiendo lo que sabe en estos momentos de la vida, aunque sea del todo imposible porque ni siquiera ha nacido aún en el momento en el que una mano anónima disparó su cámara para atrapar no solo un instante, sino la apariencia entera de un pueblo de casas encaladas y callejas que se cruzan entre rumores de sombra y ventanas enrejadas; pero imaginar no cuesta nada, de modo que por un instante, mientras se fija con detenimiento en esa fotografía y descubre sin sorpresa lo distinto que es todo ahora, se ve a sí mismo existiendo también  entre las calles y las plazas y los edificios  de los que escuchó hablar en alguna ocasión a su abuelo, a su madre, al tío que siempre andaba fumando Ducados, al suegro que ha entrado en su vida no hace tanto, y pensará de pronto en todos esos sitios capturados en la fotografía como si de un recuerdo propio se tratara. 

 De forma espontánea, sin que ninguno de los tres hombres que se hallan en el interior del lavadero de coches se hubiesen puesto de acuerdo en la conclusión a la que llegarán después de un rato de charla, se ponen a mencionar nombres de espacios y edificios concretos de Padul, pero que podrían ubicarse en cualquier imagen antigua de otro pueblo de Andalucía, porque lugares como este los hubo a decenas, estructurados con esa parroquiana urbanidad reconocible por todos desde siempre. Y así, como si repitieran los resultados de una tabla de multiplicar, hablan de la escuela y de las casas de los maestros; de la vivienda del cura y de la iglesia; de las eras donde se trillaba  el cereal y del antiguo silo para el grano; del cuartel de la Guardia Civil y del cementerio, con su tapia sembrada de cipreses y los nichos plagados con nombres y apellidos que tan solo los viejos recuerdan; de la antigua subestación del tranvía; de la carretera nacional por la que circulaban los coches en el calor sofocante del verano en busca del mar y las piedras, con obligada parada en la Venta Natalio de Lecrín.

 Mientras el sol se va ocultando en esa tarde de viento en la que un frío de nieve desciende desde Sierra Nevada hasta las casas del Valle del Puntal, bajando por los flancos de las canteras de Los Linos como si de una ciclópea escalera se tratara, los tres hombres empiezan a sentir en la boca la añoranza de una época en la que la vida era bastante más sencilla y la gente se hablaba con un respeto que hoy resulta hasta extraño cuando uno lo pide o quiere que le traten como lo hacían los vivos de aquel entonces. Igual que si hubieran salido de un cuadro de Giorgione, cada uno de ellos representa una edad distinta bajo la luz grisácea del atardecer de febrero, en el que las hojas caídas de los plátanos de sombra no cesan de jugar ante la mirada inaudita de un gato vagabundo. A su manera, los tres rememoran fragmentos de unas vidas en las que los dos de más edad conocieron todos esos lugares en momentos distintos y a la vez coetáneos, y el otro, el más joven, los vio por primera vez siendo todavía muy niño, observando ahora cada detalle y cada cambio con respecto a la imagen colgada en el lavadero de coches con la misma incredulidad infantil que le desbordó la primera vez que vio una fotografía en blanco y negro de ese otro pueblo en el que empezó a pasar los veranos de su infancia y al que continúa yendo hoy, cuarenta y cinco años después, aunque ya no quede muchos de los sitios por lo que fue disfrutando de una vida con regusto a salitre y  tardes sin prisa que  existieron una vez para él, convertidos ya en los lugares perdidos de la memoria.