Debió de parecerle que
Almería era una confusa mezcla de desolación y hermosura; de estar vagando por
un páramo yermo y caluroso que, sin embargo, le ofrece al viajero la acogedora
sensación de no querer estar en otra parte salvo allí. Debió de pensar que
prácticamente nada había cambiado desde la primera vez que la visitó, y que esa
ficticia inmutabilidad era la culpable de que su gente viviera y hablara con
esa enternecedora aleación de indolente conformismo e ilusoria esperanza,
percibiendo en apenas unas pocas frases oídas al vuelo como el anhelo de mejora
se desvanecía con la misma rapidez con la que la arena del desierto de tabernas
se abalanza en los días de viento sobre las pitas y los henequenes; sobre los tarays
y las retamas; sobre la sequedad de una tierra que niega el agua para el
cultivo y entierra las expectativas en surcos de invernaderos con los plásticos
hechos jirones.
Hablando con ellos,
tratándolos con esa perezosa cercanía que otorga el saber que antes o después regresarán
a sus casas y que probablemente no volverá a verlos nunca más, observando de
cerca como su piel parecía estar hecha de un material distinto al del resto de
los hombres -agrietada igual que las incontables vetas de las antiguas minas de
Rodalquilar que ofrecieron por igual
trabajo y sufrimiento-, quizá comprendió por qué en la zona de Níjar la gente
deseaba marcharse de allí para siempre y en cambio él solo ansiaba seguir
caminado por aquellos pedregosos caminos que conectaban una pedanía con otra,
descubriendo la sugestiva belleza de un lugar achicharrado por el sol y fastidioso
de polvo que se vuelve más áspero bajo el cantar monótono y agreste de las
chicharras en la hora de la siesta.
Viajando por una carretera
nacional que más bien parece un camino rural al que han tratado de darle un
poco de alquitranado lustre sin conseguirlo del todo, encontró en su viaje por
los campos de Níjar los más variopintos personajes. Retazos de vidas que hoy
apenas son ya un nubloso recuerdo plasmado en las páginas de una corta novela de
segunda mano que compré una mañana de invierno en una librería del centro de
Almería: el Sanlúcar, un camionero al que le extraña que Goytisolo no conozca a
unos paisanos suyos de Barcelona; dos muchachas de generosas carnes que
trabajan como maestras en Rodalquilar y a las que parece esperar una indeseada
soltería; un viejo de enigmáticos ojos desteñidos que porta una saca con tunas
y que le habla de un hijo al que mataron en Gandesa durante aquella maldita guerra de España. Un rico aprovechado de
tanta pobreza al que todos llaman don Antonio y que ha ido comprando tierras y
casas como si fuesen las rebajas de unos grandes almacenes. Un tal Juan, un
alma taciturna que encontró en Las Negras desesperado por abandonar todo
aquello, algo borracho y sin el valor necesario para irse… Y así, pueblo a
pueblo, día a día, va formando en su particular lienzo de palabras el retrato miserable
y derrotado de unas gentes que casi con total seguridad no conocerán mejor dicha
que la que el propio Goytisolo pudo ir viendo hasta llegar a Carboneras, reducto
último de un viaje que acabó sumiéndole también a él en un hondo desconsuelo
que ya nunca abandonará.
Ahora, cincuenta y ocho años
después de aquello, he recorrido, junto con dos buenos amigos, el mismo
itinerario que él hizo cuando salió una luminosa mañana desde la estación de
autobuses camino de El Alquián, donde realizó su primera parada. Durante las
dos noches que pasamos rememorando su figura y su libro, parando en los mismo
pueblos en los que él se detuvo, traté de imaginar la singular impresión que
debió de causarle tanto malogrado lugar a su ya de por sí melancólica
figura, aunque, afortunadamente, apenas queda ya un reducto de aquella lejana
pobreza. Al caer la noche, desprovistos ya de la madrugadora euforia y de la
suciedad y las trazas de sudor que nos causaba nuestra travesía en bicicleta, bebíamos
algo de vino y reíamos recordando anécdotas antes de releer algunas de las
páginas de Campos de Níjar. Escuchando
nuevamente las descripciones que Juan Goytisolo hizo, los adjetivos que empleó
para describir unas cuantas casas en la lejanía o la vista de un pueblo anclado
sobre la ladera de un monte, comprendí al fin que la tristeza y hasta la
crueldad que a veces hay en sus palabras encierran, sin embargo, un amor
infinito por esta tierra y por sus habitantes; el mismo abatimiento que empiezo
yo a sufrir cada vez que ahora tengo que marcharme de allí.
A José Antonio y Carlos
Fotografía de Walter Warten
