miércoles, 6 de septiembre de 2023

Un sueño sin edad

Llevaba cuatro días nerviosa. Cuatro días en los que apenas pudo conciliar el sueño, ni hablar de otra cosa cuando la sacaban a dar un paseo para ver a las vecinas de la calle del pueblo en la que su madre la trajo al mundo en un frío atardecer zamorano de 1929. Esa semana, los días parecían no acabarse nunca, y cada vez que se levantaba de la cama a mirar el calendario que colgaba en la pared, amarrado con un trozo de cuerda a una alcayata casi tan vieja y oxidada como lo estaban sus huesos, Rafaela no dejaba de pensar que después del viernes ya podría morirse tranquila. A sus noventa y cuatro años, achacada por diferentes dolencias que la obligaban a requerir de una constante atención, apenas le quedaban ya motivos ni fuerzas para continuar con una vida en la que llevaba sola demasiado tiempo, pero al menos iba a poder cumplir con un sueño de la infancia que había dado ya por perdido. 

Le habían dado la noticia el lunes; no solo a ella, sino a un pequeño grupo de quince hombres y mujeres de edades parecidas con los que convivía en una residencia de ancianos. Solían pasar las mañanas sentados en el jardín trasero, respetándose sin necesidad de pedirlo el lugar que cada uno de ellos empezó a ocupar de forma espontánea, hablando poco y sonriendo mucho mientras dejaban que los rayos de sol les calentara las manos o les resbalase por las caras igual que la suave caricia que hacía demasiado que no recibían aquellos rostros en los que cada arruga tenía su propia historia, así que cuando una de las cuidadoras más jóvenes se acercó hasta aquel pintoresco grupo que conversaban con frases muy cortas y un ritmo sin prisa para decirles que al fin iban a poder realizar la excusión  hasta la playa de Gijón que les habían prometido tiempo atrás, Rafaela, que no había visto el mar en su vida, no pudo evitar que unas lágrimas de emoción se le escurrieran de sus ojos verdes tan claros. 


El viernes se levantó muy temprano, casi una hora antes de lo que solía ser habitual en ella, y aunque el minibús no llegaría hasta las diez, Rafaela estuvo dando vueltas por las dependencias de la residencia desde las ocho de la mañana, sin que ninguno de los cuidadores pudiera convencerla de que lo mejor era que esperase tranquila en el jardín, porque de lo contrario se le iba a hacer más larga la espera, contemplando enternecidos el deambular nervioso y sin rumbo de aquella mujer que podría ser su abuela. 

Una hora más tarde, en el interior del comedor donde les sirvieron el desayuno, la nonagenaria mujer que nunca antes tuvo la oportunidad de sentir el agua salada sobre  su piel, se preguntaba en silencio si el mar sería tan grande y hermoso como lo recordaba de la televisión; si tendría ese azul intenso que los colores de la pantalla le devolvían, o si sería algo más oscuro; si su olor se parecería al que recordaba en el interior de la pescadería de Pura, adonde tuvo que dejar de ir cuando los Servicios Sociales decidieron ingresarla en la residencia; o si las olas harían un ruido muy fuerte aunque no fuesen grandes. Observando a las chicas que recogían las tazas de café y los platos de que quienes iban acabando, pensó en lo mucho que habría disfrutado contándole a sus nietos lo que estaba a punto de sucederle; que había necesitado vivir tantos años, para hacer algo que era demasiado común en la mayoría de la gente. Sin embargo, sus dos hijos fallecieron con toda la juventud entre sus manos en un accidente de tráfico por culpa de la nieve, de manera que se quedó parada en el carrusel de la vida demasiado temprano, y luego, a solas en el mundo cuando enviudó veinte años después. 


Sentada ya en el interior del minibús, observando con un poco de desasosiego el paisaje que iba quedando atrás y del que apenas recordaba unos cuantos detalles, trató de calcular cuántos años llevaba sin salir del pueblo en el que llevaba viviendo desde siempre, y cuál fue el último lugar que había visitado, pero cesó en su esfuerzo cuando comprobó con una desoladora tristeza que no era capaz de recordarlo.

Igual que les solía ocurrir a casi todos ellos mientras veían la televisión después del almuerzo, poco a poco la mayoría de aquellos ancianos fueron quedándose dormidos en la quietud rodante de un trayecto en el que, después de casi tres horas de viaje, únicamente se escuchaba el murmullo de la emisora de radio que el conductor sintonizó nada más salir del pueblo. 


Cuando por fin llegaron al paseo marítimo de San Lorenzo, la misma cuidadora que les dio la noticia de la excursión, puso la mano suavemente en el hombro de Rafaela y la despertó con un leve susurro por temor a que se despertara algo desorientada. Luego, al igual que había ido haciendo con los demás, junto a otro compañero la ayudó a bajar del vehículo y condujo a Rafaela hasta el borde del poyete para que pudiera disfrutar de ese paisaje que les regalaba tanta belleza repentina. Una sobrecogedora agitación se adueñó en ese instante de aquella achacosa mujer que al fin veía cumplido un anhelo que tenía olvidado. Emocionada, Rafaela bajó con la ayuda de uno de los cuidadores las escaleras que conducían hasta la playa, y soltándose de su brazo, comenzó a caminar sola, pisando sobre la arena con la incertidumbre de si el suelo se hundiría  bajo sus zapatillas negras de felpa, las únicas con las que soportaba ya el dolor de aquellos pies cansados de tristeza.  Con una excesiva cautela, se acercó con su andar de procesión hasta la orilla de un mar en calma, y una vez allí, abrió sus ojos pequeños todo lo que pudo, y respiró tan profundamente, que se llevó consigo de vuelta un poco de aquel mar para así poder verlo y olerlo cada vez que quisiera desde la comodidad de su silla en el jardín de la residencia.



Fotografía de Amanda, la mujer del municipio de Peleas de Abajo (Zamora) que ha inspirado esta historia, basada en una noticia de Antena 3 televisión
https://www.antena3.com/noticias/sociedad/nueve-ancianos-cumplen-sueno-ven-mar-primera-vez-habia-visto-solo-television_2023082864ecbb3f714dff0001c3e8e5.html