Nota del autor: relato escrito para la Feria del Libro del IES La Madraza (en el texto hay insertados doce títulos de famosas novelas ¿Cuántos eres capaz de encontrar?)
Sin saber la hora que era, abrió los ojos en el instante en el que un nuevo relámpago iluminó de golpe, como si fuese la luz prodigiosa de un cuadro tenebrista, la habitación del hotel en el que llevaba tratando de dormir sin éxito desde hacía un par de horas. La tempestad que había estallado a finales del día anterior, parecía lejos de marcharse de aquel pueblo asturiano al que llegó conduciendo un coche de alquiler con un nudo en la garganta, golpeando con una virulencia inusual los postigos de las ventanas de las casas vacías de al lado, liberados de los pestillos por culpa del viento, sin que nadie pudiera hacer nada para evitar aquel continuo golpeteo de la madera contra los muros y los cristales en unas calles desiertas de veraneantes que él nunca llegaría a conocer, el asfalto acumulando en charcos que se iban haciendo cada vez más grandes no solo la lluvia, sino también el agua marina del cantábrico, igual que un presagio de las lágrimas saladas que derramaría horas después.
Aquel temporal y el hecho de hallarse de nuevo a solas le hizo recordar la última ocasión en la que estuvieron juntos. El año anterior, fieles a la promesa que se hicieron en la pequeña galería de arte de Barcelona en la que quedaron la primera vez en la vida de ambos, habían pasado, como los últimos tres eneros anteriores, el invierno en Lisboa, convirtiendo la capital portuguesa en un cómplice más de esa relación de la que apenas le habían hablado a unos cuantos amigos, viajando hasta allí en cada inicio de un nuevo año a pesar de la distancia y del miedo al olvido por parte del otro, aunque eso nunca ocurriese, y Lisboa fuera para ellos la ciudad de los prodigios.
Tumbado sobre la cama, desnudo, cubierto tan sólo con la sábana y la colcha, pasó las manos por el lado en el que había estado el otro cuerpo apenas unas horas antes. Deslizando con suavidad las yemas de los dedos sobre los pliegues y las arrugas de la tela en la que todavía era capaz de percibir su olor, rememoró de pronto en su cabeza alguna de las ocasiones en las que se habían acostado juntos, y en cada doblez de la sábana intuía nuevamente la firmeza de la espalda entre sus manos, la presión de los muslos apretándose contra los suyos, el roce de su sexo, las manos entrelazándose en el instante mismo en el que ninguno podía aguantar ya más y se vaciaban, dejando la larga mancha de su amor impregnada en la piel del otro para quedarse después profundamente dormidos en un tiempo de silencio del que ninguno deseaban despertar. Pensando en ello, comprendió que su cuerpo entero se había transformado en un atlas de geografía humana que él conocía de memoria y que ahora, en esa fría y lluviosa tarde de diciembre, volvía a consultarlo por última vez en la soledad de un pequeño hotel de Lastres.
Dos días antes, se habían llamado por teléfono alegando cada uno los motivos tan opuestos por los que deseaban y no debían verse, ni siquiera ya en Lisboa, esgrimiendo argumentos y excusas en los que ninguno de los dos encontraba nada convincente, aun a sabiendas de que antes o después alguno tomaría la decisión por el otro, de modo que se prometieron un último encuentro en ese pueblo asturiano que descubrieron por casualidad en un documental sobre viajes, como si el hecho de cambiar de escenario hiciese la ruptura un poco menos dolorosa y algo más llevadera, pero en el tono de sus voces se dejaba sentir ya la crónica de una muerte anunciada tiempo atrás.
Acordaron diciembre como podrían haber escogido marzo, porque tampoco quisieron repetir en el mes que había sido el suyo hasta entonces, y nada más verse aquella mañana de martes, en el interior ya de la habitación de hotel, Javier pasó cinco horas con Mario intentando convencerlo de que lo que ambos sentían era amor de verdad. “Los enamoramientos como el nuestro no suelen darse con facilidad”, le dijo acariciándolo en los labios, sosteniendo entre sus manos aquellas mejillas algo agrietadas que siempre le recordaban a la piel del tambor que solía tocar de niño, en aquella banda municipal en la que por primera vez besó a un chico en su vida, pero en el fondo sabía que Mario había ido hasta allí para despedirse; para desaparecer de su vida hasta ser un recuerdo imposible de recuperar.
Atormentado, sintiéndose traicionado a sus treinta y tres años por un hombre quince años mayor que no se atrevía a mostrarse ante el mundo cómo verdaderamente era, Javier se vistió muy despacio, y tras dejar la maleta hecha, bajó hasta la playa a pesar del viento y la lluvia y de las advertencias del recepcionista por el fuerte oleaje que había.
De pie sobre la arena, observando con detenimiento la furia con la que el mar embestía sobre las rocas, volvió a desnudarse y se adentró en el Cantábrico hasta lograr que la corriente lo arrastrase hasta el fondo y dejar así de sufrir para siempre, y no tener que sentir ya nada.
