martes, 26 de agosto de 2014

Seguir respirando

El silencio. Eso es lo único que permanece. Un silencio pesado, opaco.  Espeso y sombrío como una ciénaga, cuando el cuerpo se pierde bajo el agua, muy adentro; allí donde los ojos no alcanzan a vislumbrar el fondo marino y únicamente  queda la oscuridad bajo unos pies y unos brazos que no se esfuerzan ya por mantenerse a flote, pues todo aquello por lo que valía la pena nadar ha sido devorado en una brumosa  tempestad, hundido por los golpes precisos y maestros que la vida le fue dando con la misma brusquedad con que las olas golpean en esa noche aciaga las agrestes rocas de los acantilados y los riscos de la costa.
La lenta agonía. Esa en la que el cuerpo pierde lentamente su frágil plasticidad, mientras el marino va convirtiéndose en una inerte estatua de agua salada con cada metro sumergido, igual que la pesada ancla con la que trató de amarrar los espejismos  de un apego y una existencia que solo le han traído amargos recuerdos. La gravedad actuando con toda su fuerza para arrastrar al endeble organismo lo más hondo posible, a lo profundo de una fría oscuridad en la que los cangrejos y los peces aguardan el festín que la parca muerte les está preparando para una larga temporada, y donde hasta sus ilusiones y anhelos quedarán cubiertos de coral y de algas.
El retorno a la vida. El turbio silencio del océano es quebrado de pronto con un estruendoso grito que se oye más allá de una milla, cuando el hombre logra salir de nuevo a la superficie, sacando fuerzas desde lo más recóndito de su alma para que sus pies y sus brazos consigan otra vez nadar y alcanzar la costa y seguir respirando;  para volver a la vida y  luchar nuevamente en tierra firme; para empezar otra vez y mirar a la cara a un destino que le niega constantemente la felicidad, aun cuando ha hecho lo imposible por lograrla. Sin embargo, él no cesará en el intento aunque regresen las mareas y las tormentas, pues ha comprendido lo hermosa que es la vida a pesar de las olas.