El silencio. Eso es
lo único que permanece. Un silencio pesado, opaco. Espeso y sombrío como una ciénaga, cuando el
cuerpo se pierde bajo el agua, muy adentro; allí donde los ojos no alcanzan a vislumbrar
el fondo marino y únicamente queda la
oscuridad bajo unos pies y unos brazos que no se esfuerzan ya por mantenerse a
flote, pues todo aquello por lo que valía la pena nadar ha sido devorado en una
brumosa tempestad, hundido por los
golpes precisos y maestros que la vida le fue dando con la misma brusquedad con
que las olas golpean en esa noche aciaga las agrestes rocas de los acantilados
y los riscos de la costa.
La lenta agonía.
Esa en la que el cuerpo pierde lentamente su frágil plasticidad, mientras el marino
va convirtiéndose en una inerte estatua de agua salada con cada metro
sumergido, igual que la pesada ancla con la que trató de amarrar los espejismos de un apego y una existencia que solo le han traído
amargos recuerdos. La gravedad actuando con toda su fuerza para arrastrar al endeble
organismo lo más hondo posible, a lo profundo de una fría oscuridad en la que
los cangrejos y los peces aguardan el festín que la parca muerte les está preparando
para una larga temporada, y donde hasta sus ilusiones y anhelos quedarán
cubiertos de coral y de algas.
El retorno a la
vida. El turbio silencio del océano es quebrado de pronto con un estruendoso
grito que se oye más allá de una milla, cuando el hombre logra salir de nuevo a
la superficie, sacando fuerzas desde lo más recóndito de su alma para que sus
pies y sus brazos consigan otra vez nadar y alcanzar la costa y seguir
respirando; para volver a la vida y luchar nuevamente en tierra firme; para
empezar otra vez y mirar a la cara a un destino que le niega constantemente la
felicidad, aun cuando ha hecho lo imposible por lograrla. Sin embargo, él no
cesará en el intento aunque regresen las mareas y las tormentas, pues ha
comprendido lo hermosa que es la vida a pesar de las olas.