miércoles, 18 de septiembre de 2013

La mujer del paraguas



Todo está en una aparente calma cuando, de pronto, llueve. El aire cansino y pegadizo con el que ha amanecido el día se ha convertido, a media tarde, en una plomiza capa que colorea los muros de los edificios con una tonalidad grisácea que acaba afectando hasta el ánimo. De pronto, llueve y dentro de unos minutos apenas quedará un alma por las calles húmedas en las que antes pululaba el bullicio de un viernes que anuncia la proximidad del tiempo libre. Las gotas de agua comienzan a caer igual que caen las perlas de un collar al que se le ha estropeado el broche, provocando un ruido continuo del que apenas puedo distanciarme. Es una lluvia extraña, venturosa, tamizada en algunas partes por pequeños destellos de sol que le otorgan una apariencia cristalina, como si una gran cortina de cuentas se desplomara bajo los pocos transeúntes que buscan, prestos, el cobijo de una marquesina para no calarse aún más los pies y las ropas, pues algunos llevan sandalias.


A través del vidrio de mi ventana, a refugio de las inclemencias de un tiempo que exhibe la inminente llegada del otoño, mi vista y mi interés se centran en la errante figura que camina, serena, cuando ya se han marchado todos a sus trabajos o sus casas. Guarecida bajo un llamativo paraguas amarillo, nada ni nadie, ni siquiera los amenazadores truenos que retumban en el azulado horizonte donde las ondulantes formas de las montañas se pierden tras la niebla, perturban su acuoso peregrinaje. Camina de forma pausada, sin prisa, clavando los tacones de sus zapatos blancos con la presión precisa para que las gotas no le salpiquen. Poco a poco se va adentrando en la calle y la curiosa figura que apareció bajo el paraguas amarillo doblando una esquina, comienza a darme la espalda sin que nada pueda hacer para poder verle la cara. Trato de acercarme al cristal lo máximo posible para intentar dilucidar el rostro que involuntariamente se me oculta, pero apenas distingo nada.  Seguramente, nunca más volveré a verla; incluso podría estar junto a mí en la parada del autobús y no sabría que es ella. Pero es mejor así. A veces no es necesario conocer todos los detalles de una historia. Y de esta forma, cuando un nuevo aguacero vuelva presentarse por sorpresa a media tarde, me acercaré corriendo a mi ventana para tratar de ver, bajo la fina lluvia de septiembre, a esa mujer que camina con tanta elegancia.