Todo está en una aparente calma
cuando, de pronto, llueve. El aire cansino y pegadizo con el que ha amanecido
el día se ha convertido, a media tarde, en una plomiza capa que colorea los
muros de los edificios con una tonalidad grisácea que acaba afectando hasta el
ánimo. De pronto, llueve y dentro de unos minutos apenas quedará un alma por
las calles húmedas en las que antes pululaba el bullicio de un viernes que
anuncia la proximidad del tiempo libre. Las gotas de agua comienzan a caer igual
que caen las perlas de un collar al que se le ha estropeado el broche, provocando
un ruido continuo del que apenas puedo distanciarme. Es una lluvia extraña,
venturosa, tamizada en algunas partes por pequeños destellos de sol que le
otorgan una apariencia cristalina, como si una gran cortina de cuentas se
desplomara bajo los pocos transeúntes que buscan, prestos, el cobijo de una
marquesina para no calarse aún más los pies y las ropas, pues algunos llevan
sandalias.
A través del vidrio de mi
ventana, a refugio de las inclemencias de un tiempo que exhibe la inminente
llegada del otoño, mi vista y mi interés se centran en la errante figura que
camina, serena, cuando ya se han marchado todos a sus trabajos o sus casas.
Guarecida bajo un llamativo paraguas amarillo, nada ni nadie, ni siquiera los
amenazadores truenos que retumban en el azulado horizonte donde las ondulantes
formas de las montañas se pierden tras la niebla, perturban su acuoso
peregrinaje. Camina de forma pausada, sin prisa, clavando los tacones de sus
zapatos blancos con la presión precisa para que las gotas no le salpiquen. Poco
a poco se va adentrando en la calle y la curiosa figura que apareció bajo el
paraguas amarillo doblando una esquina, comienza a darme la espalda sin que
nada pueda hacer para poder verle la cara. Trato de acercarme al cristal lo máximo posible para intentar dilucidar el rostro que
involuntariamente se me oculta, pero apenas distingo nada. Seguramente, nunca más volveré a verla; incluso podría estar junto a mí en la parada del autobús y no sabría que es
ella. Pero es mejor así. A veces no es necesario conocer todos los detalles de
una historia. Y de esta forma, cuando un nuevo aguacero vuelva presentarse por sorpresa a
media tarde, me acercaré corriendo a mi ventana para tratar de ver, bajo
la fina lluvia de septiembre, a esa mujer que camina con tanta elegancia.
