Este relato fue seleccionado para su publicación, junto a otros textos y poemas, en el libro "Almería. El faro de las letras" del III Certamen Literario Biblioplaya Almería, 2023.
Envuelto en una toalla demasiado áspera ya por el uso excesivo en el tiempo, la piel húmeda, agotada por culpa del larguísimo viaje de regreso que había realizado desde Almería hasta Barcelona en aquellos incómodos coches de línea por los que fue subiendo y viajando en estaciones que parecían no acabarse nunca, el pelo escaso, canoso, aplastado hacia atrás igual que si llevara el efecto de una brillantina, y la cara afeitada y limpia después de varios días en los que se olvidó de algo tan simple, Juan Goytisolo observaba completamente absorto, desnudo de cintura para arriba, el incesante goteo que el grifo de la ducha dejaba escapar con su monótona caída, como si el hecho de disponer de agua corriente al antojo de uno le pareciera un milagro imposible en la mayoría de los pueblos del Cabo de Gata que fue dejando atrás.
Aturdido aún por mucho de lo que vio y oyó en aquel peregrinar suyo por una tierra que parecía olvidada del mundo, comenzó a sentir en la planta de los pies la pérdida de tibieza que la porcelana esmaltada de la bañera le había regalado unos pocos minutos antes, cuando llegó hasta la pensión en la que se alojó durante cuatro días, antes de proseguir su viaje hasta París. Nada más entrar en la habitación, dejó el macuto que arrastraba consigo en el suelo, y se metió en el cuarto de baño para darse una ducha que le ayudara a desprenderse del cansancio y la tristeza con los que llegó a la ciudad condal, como si el agua caliente pudiese eliminar aquellas imágenes de niños vestidos con ropas agujereadas y los pelos sucios y duros como el esparto a los que conoció en Níjar; de familias hundidas en una miseria para la que él no encontraba un adjetivo capaz de describirla ni motivo alguno para la sonrisa, a pesar de que algunas veces vio a aquellas gentes sonreír en Los Albaricoques; de grupos de hombres que en realidad eran jóvenes, pero a quienes el penoso trabajo en las minas de Rodalquilar les había arrebatado la poca juventud que les quedaba, enfermos no solo de silicosis, sino también de una pobreza que era igual de cavernosa que la tos que muchos de ellos exhibían; de filas de hombres y mujeres de diferentes edades aquejados del tracoma en aquel año de 1959 en el que él los observó haciendo cola en el Dispensario Antitracomatoso de Almería, con aquellos ojos de párpados hinchados, enrojecidos hasta casi salírsele la sangre por las venas diminutas de las pupilas, segregando una mucosidad que trataban de aliviar con un pañuelo, como si fueran ojos de zombis.
Igual que si le hubieran pegado la planta de los pies a la superficie de la bañera, Juan Goytisolo parecía incapaz de moverse y salir de ese espacio angosto y cálido del que tan sólo lo mantenía separado de su vida anterior la cortina de plástico por la que todavía se deslizaban algunas gotas, precipitándose hacia un vacío en el que todas acabarían perdiéndose a través de la oscura humedad de un sumidero y una cañería por la que, no mucho antes, se diluyó el agua sucia del tedio almeriense que el escritor trajo impregnado en su piel, igual que un tatuaje difícil de borrar. Con los brazos aún cruzados sobre el torso, la toalla anudada a un lado de la cintura, tal y como le había enseñado a ponérsela su hermano José Agustín cuando eran adolescentes, dejando entrever para nadie algo de aquella anatomía suya por la que siempre sintió un gran pudor -incluso muchos años después, cuando empezó a desnudarse delante de Monique y de otros hombres-, se acordó en aquel preciso instante de Carboneras, adonde llegó un plomizo día en el que del cielo comenzó a caer una lluvia que se transformó en una tormenta que le quebró el corazón con cada trueno, y que le iluminó en cada relámpago las primeras páginas de lo que un año después sería un libro al que pondría por título Campos de Níjar. Aquella tarde, después de compartir una jarra de vino de Jumilla y un poco de comida en una de las tabernas del pueblo con dos lugareños que se acercaron hasta su mesa con más hambre que curiosidad, se fue a dar un paseo por la playa y se quedó dormido bajo un hondo abatimiento, angustiado ante la excesiva penuria contemplada, la estrechez de una tierra en la que únicamente parecían arraigar las lagartijas y las pitas, y no fue hasta que lo despertaron unos niños, cuando entendió que ya había visto suficiente, que sus ojos no podrían soportar otro día más de escasez y polvo y esa sequedad desértica que parecía no quedarse atrás nunca, ni siquiera teniendo el mar tan cerca, de modo que decidió tomar el último coche de línea para Almería y marcharse para siempre.
Embutido en esa especie de ensimismamiento con el que hubo regresado a Barcelona, se percató de pronto de que unas pocas gotas empezaban a bajarle por la mejilla desde la cabeza empapada, así que decidió salir al fin de la bañera, pero al mirar su rostro en el espejo, descubrió con asombro que no era agua lo que le resbalaba por la cara, sino lágrimas, y entendió que se debían a la hermosura de aquel paraje impreso de sol y de tristeza que estuvo recorriendo a lo largo de tres días.
Las calles del barrio del Borne comenzaron a llenarse de la luz proveniente de decenas de luciérnagas metálicas que, dispuestas en las fachadas de los edificios cada pocos metros, le devolvían a esa parte de la ciudad durante la noche su antiguo aire de vieja parada portuaria. El aire fresco de la oscuridad de junio dejaba sentir algo de la humedad de un mar que, al final de la rambla, desplegaba su anchura azul oscura casi negra igual que una gigantesca mancha de petróleo, y eso que era el mismo mar de Almería, y sin embargo allí, en Barcelona, en la aceitosa lobreguez de las dársenas del puerto, resultaba completamente distinto.
Desde la soledad de su habitación en una pensión barata de la calle de Platería, Juan Goytisolo, lavado y afeitado, ataviado ya con el pijama, prendía la luz cenicienta que una lámpara de techo y otra bajita de mesa le brindaban, con la esperanza de encontrar una claridad suficiente y cálida que le permitiese escribir unas cuantas líneas antes de acostarse. A través de la ventana, los ecos de las voces de la gente, de las bocinas de los automóviles, el sonido pesado y metálico de los últimos tranvías se colaba en su habitación igual que un rumor de lejanía, como si hubiera una distancia mayor de la que en realidad existía, y pensó, no sin tristeza, lo diferentes que resultaban aquellos ruidos de los sobrecogedores silencios que halló en cada una de las noches que pasó en San Miguel del Cabo de Gata y en Níjar.
Sentado frente a la exigua mesa que, junto al armario y la cama con cabecero metálico de estilo indescifrable, formaban todo el mobiliario de la habitación, extrajo de su mochila el cuaderno en el que fue anotando los nombres de los lugares por los que anduvo y los de algunas de las personas con las que charló durante su periplo almeriense, y al echarles un rápido vistazo no pudo evitar que un nudo se le formara en la garganta. Leyéndolos de nuevo, tal y como ya había hecho en algunos de los andenes y estaciones en los que tuvo que aguardar la llegada del coche de línea de turno, volvía a imaginar sus rostros, el sonido de sus voces, y al hacerlo, al pensar otra vez en muchos de ellos, se preguntaba si alguno se acordaría también de él; de ese forastero que soñaba con ser escritor o que lo era ya sin creérselo del todo, y que apareció de pronto un día cualquiera por la Cueva de los Medinas o la Isleta del Moro sin tener demasiado claro el propósito de su viaje. Fue así, hojeando de nuevo sus notas, como recordó a aquellas dos maestras de Rodalquilar que soñaban con encontrar un marido y enseñar en una escuela un poco más grande, o al Sanlúcar, un camionero que venía de Motril y lo recogió cuando hacía autostop por miedo a quedarse dormido al volante -aun a riesgo de que lo multaran los civiles-, y con quien compartió su paquete de cigarrillos ideales. Se le formó nuevamente una sonrisa cuando vio escrito el nombre de El Tigre entre sus anotaciones, un viejo al que conoció con un capacho de chumbos para venderlos en el mercadillo de Níjar y que ayudó a unos turistas franceses que andaban necesitados de agua para el radiador de su coche, tan poco acostumbrados a aquel sol abrasador y a ese calor al que únicamente parecían aclimatarse los enormes eucaliptos entre los que a veces se divisaba algún cortijo medio en ruinas. Luego, al encontrar dos hojas más adelante el de Argimiro, aquel carretero de San Miguel del Cabo de Gata que todo lo que tenía de feo lo tenía de amable, junto a una receta de migas de pan con pescado frito, cayó en la cuenta de que no había comido nada desde el mediodía. Durante unos segundos, barajó la idea de volver a vestirse con ropa de calle y bajar a picar algo de cenar en algún bar del barrio que permaneciese abierto, porque al consultar la hora en su reloj, descubrió con cierta incredulidad que eran ya las once menos cuarto de la noche, pero finalmente le pudo más la pereza de cambiarse que el hambre que sentía. Recordó entonces que todavía conservaba en el macuto un par de latas de sardinas en aceite que compró en una diminuta tienda de ultramarinos que halló en Agua Amarga, más por ayudar al dueño que por verdadera necesidad. A pesar de que no tenía cubiertos, ni tampoco un plato en el que vaciarlas, se ayudó de una navaja que siempre llevaba consigo en los viajes y que guardaba de cuando hizo la Mili en Mataró, y del cuarto de baño cogió un vaso de cristal con el que poder beber un poco de agua, aunque en aquel momento hubiera dado lo que fuese por un poco de cerveza o vino.
En la siguiente hoja en blanco que encontró en su cuaderno, empezó a esbozar lo que habrían de ser las primeras frases del libro que él mismo aventuró en Carboneras después de dormirse sobre la arena de la playa, pero ninguno de los inicios que plasmó sobre el papel lo convencían sobremanera, así que al cabo de un rato, vencido por el cansancio y la falta de inspiración, decidió tumbarse en la cama para escuchar los urbanos sonidos que se colaban en el interior de la habitación hasta que se quedó dormido.
Aquella noche volvió a soñar con su andadura por la árida zona del Cabo de Gata. Desde la otra orilla del sueño, Juan Goytisolo se vio a sí mismo caminado muy cerca de lo que debía ser el Barranco de Requena, y que no era más que una anchurosa rambla seca, llena de piedras y matorrales, por donde hacía demasiado tiempo que no corría una gota de agua. A su alrededor, las chicharras zumbaban incansables, nerviosas, agitadas por el sofocante calor y el viento de poniente que, desde la playa, levantaba remolinos de polvo que hacían del caminar una empresa un tanto heroica y un poco ridícula. En las cercanas colinas, sobre las paratas, los almendros y olivos retorcían sus ramas en complicadas oscilaciones, igual que una perfecta coreografía de danza, y por entre el follaje el viento se colaba y jugueteaba con las hojas haciendo sonar una desordenada música sin acordes. Divisó entonces, a lo lejos, a un grupo de personas que marchaban juntos hacia donde él estaba parado, pero estos aparecían y desaparecían ante sus ojos igual que un espejismo en el desierto, y por un momento creyó que todo era un engaño de la calima y del sol implacable que se desplomaba sobre su cabeza. Cuando por fin llegaron a su altura, descubrió que era el mismo grupo de personas a los que, varios días atrás, acompañó en un entierro en Las Negras. Aquellos rostros duros y secos de los hombres, de piel aceituna, de poco hablar, portaban un ataúd sobre sus hombros, mientras unas cuantas mujeres vestidas de negro caminaban por detrás entre lamentos y llantos, sin hacer demasiado caso a las preguntas que de vez en cuando les hacía algún chiquillo. Llevado por esa curiosidad que ni en sueños le era posible abandonar, quiso saber la identidad del difunto, y cuando se lo preguntó a uno de los porteadores, este lo miró con cierta desconfianza y le dijo: «¿Acaso no se ha enterado usted? Se ha muerto la Esperanza, aunque hace tiempo que nos había abandonado ya…» Confuso ante aquella respuesta, notó de pronto que uno de los niños le tiraba de una de las mangas de la camisa para llamar su atención, y con un silencioso gesto le señaló los agujeros de las alpargatas que llevaba puestas, cubiertas de polvo. Interrogó entonces al crío sobre la mujer que llevaban hacia el cementerio, pero lo único que obtuvo por respuesta fue un gesto de apatía con los hombros, y luego echó a correr.
Se despertó en mitad de la madrugada envuelto en un charco de inquietud y de sudor que le cubría la espalda y la frente, y culpó a las latas de sardinas en aceite de aquel extraño sueño en el que volvió a subirse al coche de Don Ambrosio, el cacique de los Escullos que en realidad era de Valladolid y siempre andaba presumiendo de que en el Norte la gente sí apreciaba el valor de las cosas.
A la mañana siguiente, cuando volvió a la habitación después de tomar el desayuno en la primera cafetería que encontró abierta cerca del hostal, Juan Goytisolo se puso a escribir finalmente el comienzo de ese libro en el que quiso reflejar que Almería, ese hermoso Edén del infortunio, era ya su patria chica; y así, línea a línea, en la tranquila soledad de una pensión barata del barrio del Borne, prosiguió rellenando las hojas de su cuaderno hasta que se quedó sin tinta en la pluma.
