jueves, 16 de enero de 2025

La última inquilina

        A veces no es necesario que a uno le sucedan grandes cosas para que, de nuevo, sienta repentinamente las ganas de escribir. Tan sólo hace falta una película, o una canción, o un simple paseo por la calle. Escuchar algo, o ver alguna cosa completamente distinta a cómo la venía observando desde hacía años, para sentir de pronto que detrás de ese cambio inesperado se encuentra una historia que quizás le interesará leer a alguien.

Seguramente algo así fue lo que me sucedió a mí aquel jueves 20 de junio del año pasado y que me llevó a rellenar sobre el cuaderno unas cuantas hojas que hoy, tantos meses después, recupero en esta fría noche de enero de 2025 al abrigar otra vez en mi ánimo la tarea silenciosa y placentera de la escritura. Leyendo de nuevo mis notas, intentando descifrar entre mi propia caligrafía escrita con pluma el significado de algunas palabras que la premura por reflejar aquella idea me hizo escribir demasiado imprecisas, revivo ahora con una nostalgia menos pesada la profunda desazón que me produjo encontrarme, en el soleado mediodía del marzo anterior, prácticamente derribado, uno de los edificios que se levantan en la calle donde residí la mayor parte de mi vida. 


Es curiosa la manera de mirar que tenemos tan distinta las personas, porque estoy convencido de que allí donde otros únicamente veían escombros y polvo, una molesta y descomunal demolición que con el tiempo dará paso a otro bloque de pisos más modernos y caros que apenas unos pocos privilegiados podrán permitirse comprar, yo observaba ante mí no una montaña de cascajos, ni un gigantesco roto en la linealidad de una acera por la que pasé en innumerable ocasiones, dejando al descubierto paredes de habitaciones que fueron parte del hogar para alguien, sino el recuerdo de las vidas de todas aquellas personas que habitaron esos pisos. Pero, en verdad, he de confesar que nunca supe sus nombres, ni a qué se dedicaban, o si había nacido como yo en Granada, o si se mudaron allí mucho tiempo después. De la mayoría de ellos, apenas conservo una vaga evocación de sus caras, y una idea aproximada las edades de algunos, pero jamás llegué a saber nada exacto. Sin embargo, sí que guardo un recuerdo cercano, incluso impregnando de cierta familiaridad, de tres hermanos que vivían en ese bloque ya desaparecido —dos chicos y una chica—, de edades muy próximas entre ellos a la que me llevaba yo con mis hermanos, y que solían turnarse para sacar a un perro que  tenían del que nunca llegué a saber la raza ni el nombre, y con los que, muchos años después, me he ido cruzando por separado en las calles del centro. 

Estando ahí, de pie, clavado en la acera de en frente, contemplando el enorme destrozo en el que han convertido lo que antaño fuera un edificio del que solamente veía su fachada, no pude evitar sorprenderme al descubrir lo profundo del solar, como si fuese imposible que hubiese tanto más allá de la cara externa que yo percibía; y súbitamente me percaté de que en el interior de una de las pocas habitaciones que aún se mantenían en pie, quedaba una lámpara colgada del techo; vestigio último de lo que un día debió ser un salón o un comedor. 

Observándola con detenimiento; fotografiándola después con mi teléfono móvil, siendo consciente de la determinación casi épica con la que parecía obstinarse en no desaparecer también bajo esa montaña de escombros que se amontonaban unos metros por debajo, no pude evitar que una sonrisa en la que se mezclaban la admiración y la tristeza se formase en mi cara. Y al mirarla, me pregunté cómo sería la habitación que alumbraba cuando era un todo orgánico de paredes y vigas, de cuadros y muebles, de mesas y sillas, de estanterías y libros y hasta el respirar y las voces de la gente que allí habitaban. Quizá alguna vez una chiquilla sopló las velas de una tarta bajo la luz cenital de su bombilla; o tal vez fue la muda testigo de una tormentosa discusión que empezó con un inocente comentario. A lo mejor, sobre la mesa que presumiblemente tendría debajo, unos jóvenes novios se dijeron que había llegado el momento de casarse e incluso de formar una familia; o puede que, suspendida en el techo del que ahora sólo queda una parte, contemplara las cenas en soledad de una viuda a la que ya la vida no le importaba demasiado… Y al igual que me ocurriera en la niñez o la adolescencia, ahora tampoco llegaré a saber nunca si alguno de estos ejemplos estuvo cerca de la verdad de sus vidas, o si me equivoqué por completo en mi inventiva. Pero, en realidad, poco importa eso ya, porque mis palabras, al igual que le sucederá a la lámpara, tarde o temprano acabarán desapareciendo; convirtiéndose en el polvoriento recuerdo  de un relato que alguien leyó o del que le contaron un par de detalles. Así que lo único que deseo es que en un futuro —al igual que me ocurriera a mí en aquel mediodía de marzo, si vuelven a ser leídas por alguien—, al menos piensen que estas líneas estuvieron una vez llenas de vida.


Edificio a medio derrurir en la calle Manuel de Falla 15


jueves, 4 de enero de 2024

Hermoso Edén del infortunio

Este relato fue seleccionado para su publicación, junto a otros textos y poemas, en el libro "Almería. El faro de las letras" del III Certamen  Literario Biblioplaya Almería, 2023.


Envuelto en una toalla demasiado áspera ya por el uso excesivo en el tiempo, la piel húmeda, agotada por culpa del larguísimo viaje de regreso que había realizado desde Almería hasta Barcelona en aquellos incómodos coches de línea por los que fue subiendo y viajando en estaciones que parecían no acabarse nunca, el pelo escaso, canoso, aplastado hacia atrás igual que si llevara el efecto de una brillantina, y la cara afeitada y limpia después de varios días en los que se olvidó de algo tan simple, Juan Goytisolo observaba completamente absorto, desnudo de cintura para arriba, el incesante goteo que el grifo de la ducha dejaba escapar con su monótona caída, como si el hecho de disponer de agua corriente al antojo de uno le pareciera un milagro imposible en la mayoría de los pueblos del Cabo de Gata que fue dejando atrás. 

Aturdido aún por mucho de lo que vio y oyó en aquel peregrinar suyo por una tierra que parecía olvidada del mundo, comenzó a sentir en la planta de los pies la pérdida de tibieza que la porcelana esmaltada de la bañera le había regalado unos pocos minutos antes, cuando llegó hasta la pensión en la que se alojó durante cuatro días, antes de proseguir su viaje hasta París. Nada más entrar en la habitación, dejó el macuto que arrastraba consigo en el suelo, y se metió en el cuarto de baño para darse una ducha que le ayudara a desprenderse del cansancio y la tristeza con los que llegó a la ciudad condal, como si el agua caliente pudiese eliminar aquellas imágenes de niños vestidos con ropas agujereadas y los pelos sucios y duros como el esparto a los que  conoció en Níjar;  de familias hundidas en una miseria para la que él no encontraba un adjetivo capaz de describirla ni motivo alguno para la sonrisa, a pesar de que algunas veces vio a aquellas gentes sonreír en Los Albaricoques; de grupos de hombres que en realidad eran jóvenes, pero a quienes el penoso trabajo en las minas de Rodalquilar les había arrebatado la poca juventud que les quedaba, enfermos no solo de silicosis, sino también de una pobreza que era igual de cavernosa que la tos que muchos de ellos exhibían; de filas de hombres y mujeres de diferentes edades aquejados del tracoma en aquel año de 1959 en el que él los observó haciendo cola en el Dispensario Antitracomatoso de Almería, con aquellos ojos de párpados hinchados, enrojecidos hasta casi salírsele la sangre por las venas diminutas de las pupilas, segregando una mucosidad que trataban de aliviar con un pañuelo, como si fueran ojos de zombis. 

Igual que si le hubieran pegado la planta de los pies a la superficie de la bañera, Juan Goytisolo parecía incapaz de moverse y salir de ese espacio angosto y cálido del que tan sólo lo mantenía separado de su vida anterior la cortina de plástico por la que todavía se deslizaban algunas gotas, precipitándose hacia un vacío en el que todas acabarían perdiéndose a través de la oscura humedad de un sumidero y una cañería por la que, no mucho antes, se diluyó el agua sucia del tedio almeriense que el escritor trajo impregnado en su piel, igual que un tatuaje difícil de borrar. Con los brazos aún cruzados sobre el torso, la toalla anudada a un lado de la cintura, tal y como le había enseñado a ponérsela su hermano José Agustín cuando eran adolescentes, dejando entrever para nadie algo de aquella anatomía suya por la que siempre sintió un gran pudor -incluso muchos años después, cuando empezó a desnudarse delante de Monique y de otros hombres-, se acordó en aquel preciso instante de Carboneras, adonde llegó un plomizo día en el que del cielo comenzó a caer una lluvia que se transformó en una tormenta que le quebró el corazón con cada trueno, y que le iluminó en cada relámpago las primeras páginas de lo que un año después sería un libro al que pondría por título Campos de Níjar. Aquella tarde, después de compartir una jarra de vino de Jumilla y un poco de comida en una de las tabernas del pueblo con dos lugareños que se acercaron hasta su mesa con más hambre que curiosidad, se fue a dar un paseo por la playa y se quedó dormido bajo un hondo abatimiento, angustiado ante la excesiva penuria contemplada, la estrechez de una tierra en la que únicamente parecían arraigar las lagartijas y las pitas, y no fue hasta que  lo despertaron unos niños, cuando entendió que ya había visto suficiente, que sus ojos no podrían soportar otro día más de escasez y polvo y esa sequedad desértica que parecía no quedarse atrás nunca, ni siquiera teniendo el mar tan cerca, de modo que decidió tomar el último coche de línea para Almería y marcharse para siempre.  

Embutido en esa especie de ensimismamiento con el que hubo regresado a Barcelona, se percató de pronto de que unas pocas gotas empezaban a bajarle por la mejilla desde la cabeza empapada, así que decidió salir al fin de la bañera, pero al mirar su rostro en el espejo, descubrió con asombro que no era agua lo que le resbalaba por la cara, sino lágrimas, y entendió que se debían a la hermosura de aquel paraje impreso de sol y  de tristeza que estuvo recorriendo a lo largo de tres días. 

 

Las calles del barrio del Borne comenzaron a llenarse de la luz proveniente de decenas de luciérnagas metálicas que, dispuestas en las fachadas de los edificios cada pocos metros, le devolvían a esa parte de la ciudad durante la noche su antiguo aire de vieja parada portuaria. El aire fresco de la oscuridad de junio dejaba sentir algo de la humedad de un mar que, al final de la rambla, desplegaba su anchura azul oscura casi negra igual que una gigantesca mancha de petróleo, y eso que era el mismo mar de Almería, y sin embargo allí, en Barcelona, en la aceitosa lobreguez de las dársenas del puerto, resultaba completamente distinto. 

Desde la soledad de su habitación en una pensión barata de la calle de Platería, Juan Goytisolo, lavado y afeitado, ataviado ya con el pijama, prendía la luz cenicienta que una lámpara de techo y otra bajita de mesa le brindaban, con la esperanza de encontrar una claridad suficiente y cálida que le permitiese escribir unas cuantas líneas antes de acostarse. A través de la ventana, los ecos de las voces de la gente, de las bocinas de los automóviles, el sonido pesado y metálico de los últimos tranvías se colaba en su habitación igual que un rumor de lejanía, como si hubiera una distancia mayor de la que en realidad existía, y pensó, no sin tristeza, lo diferentes que resultaban aquellos ruidos de los sobrecogedores silencios que halló en cada una de las noches que pasó en San Miguel del Cabo de Gata y en Níjar. 

Sentado frente a la exigua mesa que, junto al armario y la cama con cabecero metálico de estilo indescifrable, formaban todo el mobiliario de la habitación, extrajo de su mochila el cuaderno en el que fue anotando los nombres de los lugares por los que anduvo y los de algunas de las personas con las que charló durante su periplo almeriense, y al echarles un rápido vistazo no pudo evitar que un nudo se le formara en la garganta. Leyéndolos de nuevo, tal y como ya había hecho en algunos de los andenes y estaciones en los que tuvo que aguardar la llegada del coche de línea de turno, volvía a imaginar sus rostros, el sonido de sus voces, y al hacerlo, al pensar otra vez en muchos de ellos, se preguntaba si alguno se acordaría también de él; de ese forastero que soñaba con ser escritor o que lo era ya sin creérselo del todo, y que apareció de pronto un día cualquiera por la Cueva de los Medinas o la Isleta del Moro sin tener demasiado claro el propósito de su viaje. Fue así, hojeando de nuevo sus notas, como recordó a aquellas dos maestras de Rodalquilar que soñaban con encontrar un marido y enseñar en una escuela un poco más grande, o al Sanlúcar, un camionero que venía de Motril y lo recogió cuando hacía autostop por miedo a quedarse dormido al volante -aun a riesgo de que lo multaran los civiles-, y con quien compartió su paquete de cigarrillos ideales. Se le formó nuevamente una sonrisa cuando vio escrito el nombre de El Tigre entre sus anotaciones, un viejo al que conoció con un capacho de chumbos para venderlos en el mercadillo de Níjar y que ayudó a unos turistas franceses que andaban necesitados de agua para el radiador de su coche, tan poco acostumbrados a aquel sol abrasador y a ese calor al que únicamente parecían aclimatarse los enormes eucaliptos entre los que a veces se divisaba algún cortijo medio en ruinas. Luego, al encontrar dos hojas más adelante el de Argimiro, aquel carretero de San Miguel del Cabo de Gata que todo lo que tenía de feo lo tenía de amable, junto a una receta de migas de pan con pescado frito, cayó en la cuenta de que no había comido nada desde el mediodía. Durante unos segundos, barajó la idea de volver a vestirse con ropa de calle y bajar a picar algo de cenar en algún bar del barrio que permaneciese abierto, porque al consultar la hora en su reloj, descubrió con cierta incredulidad que eran ya las once menos cuarto de la noche, pero finalmente le pudo más la pereza de cambiarse que el hambre que sentía. Recordó entonces que todavía conservaba en el macuto un par de latas de sardinas en aceite que compró en una diminuta tienda de ultramarinos que halló en Agua Amarga, más por ayudar al dueño que por verdadera necesidad. A pesar de que no tenía cubiertos, ni tampoco un plato en el que vaciarlas, se ayudó de una navaja que siempre llevaba consigo en los viajes y que guardaba de cuando hizo la Mili en Mataró, y del cuarto de baño cogió un vaso de cristal con el que poder beber un poco de agua, aunque en aquel momento hubiera dado lo que fuese por un poco de cerveza o vino. 

En la siguiente hoja en blanco que encontró en su cuaderno, empezó a esbozar lo que habrían de ser las primeras frases del libro que él mismo aventuró en Carboneras después de dormirse sobre la arena de la playa, pero ninguno de los inicios que plasmó sobre el papel lo convencían sobremanera, así que al cabo de un rato, vencido por el cansancio y la falta de inspiración, decidió tumbarse en la cama para escuchar los urbanos sonidos que se colaban en el interior de la habitación hasta que se quedó dormido.

Aquella noche volvió a soñar con su andadura por la árida zona del Cabo de Gata. Desde la otra orilla del sueño, Juan Goytisolo se vio a sí mismo caminado muy cerca de lo que debía ser el Barranco de Requena, y que no era más que una anchurosa rambla seca, llena de piedras y matorrales, por donde hacía demasiado tiempo que no corría una gota de agua. A su alrededor, las chicharras zumbaban incansables, nerviosas, agitadas por el sofocante calor y el viento de poniente que, desde la playa, levantaba remolinos de polvo que hacían del caminar una empresa un tanto heroica y un poco ridícula. En las cercanas colinas, sobre las paratas, los almendros y olivos retorcían sus ramas en complicadas oscilaciones, igual que una perfecta coreografía de danza,  y por entre el follaje el viento se colaba y jugueteaba con las hojas haciendo sonar una desordenada música sin acordes. Divisó entonces, a lo lejos, a un grupo de personas que marchaban juntos hacia donde él estaba parado, pero estos aparecían y desaparecían ante sus ojos igual que un espejismo en el desierto, y por un momento creyó que todo era un engaño de la calima y del sol implacable que se desplomaba sobre su cabeza.  Cuando por fin llegaron a su altura, descubrió que era el mismo grupo de personas a los que, varios días atrás, acompañó en un entierro en Las Negras. Aquellos rostros duros y secos de los hombres, de piel aceituna, de poco hablar, portaban un ataúd sobre sus hombros, mientras unas cuantas mujeres vestidas de negro caminaban por detrás entre lamentos y llantos, sin hacer demasiado caso a las preguntas que de vez en cuando les hacía algún chiquillo. Llevado por esa curiosidad que ni en sueños le era posible abandonar, quiso saber la identidad del difunto, y cuando se lo preguntó a uno de los porteadores, este lo miró con cierta desconfianza y le dijo: «¿Acaso no se ha enterado usted? Se ha muerto la Esperanza, aunque hace tiempo que nos había abandonado ya…» Confuso ante aquella respuesta, notó de pronto que uno de los niños le tiraba de una de las mangas de la camisa para llamar su atención, y con un silencioso gesto le señaló los agujeros de las alpargatas que llevaba puestas, cubiertas de polvo. Interrogó entonces al crío sobre la mujer que llevaban hacia el cementerio, pero lo único que obtuvo por respuesta fue un gesto de apatía con los hombros, y luego echó a correr. 

Se despertó en mitad de la madrugada envuelto en un charco de inquietud y de sudor que le cubría la espalda y la frente, y culpó a las latas de sardinas en aceite de aquel extraño sueño en el que volvió a subirse al coche de Don Ambrosio, el cacique de los Escullos que en realidad era de Valladolid y siempre andaba presumiendo de que en el Norte la gente sí apreciaba el valor de las cosas.

 

A la mañana siguiente, cuando volvió a la habitación después de tomar el desayuno en la primera cafetería que encontró abierta cerca del hostal, Juan Goytisolo se puso a escribir finalmente el comienzo de ese libro en el que quiso reflejar que Almería, ese hermoso Edén del infortunio, era ya su patria chica; y así, línea a línea, en la tranquila soledad de una pensión barata del barrio del Borne, prosiguió rellenando las hojas de su cuaderno hasta que se quedó sin tinta en la pluma. 


Juan Goytisolo
Fotografía:  www.que-leer.com



viernes, 22 de diciembre de 2023

Un latido inacabable

Este relato ha obtenido el primer premio en el IX concurso de relatos deportivos de la Asociación de la Prensa Deportiva de Valladolid, 2023.

Aquel penúltimo sábado de mayo, Marcos se encontraba más nervioso de lo habitual. A sus trece años de edad, tenía ante sí la oportunidad de ver al equipo de fútbol de sus sueños convertirse en flamante campeón de La Liga. Un año antes de que naciera, el Atlético de Madrid había conquistado su último título nacional, pero ese era un momento mágico del que él únicamente conocía unos cuantos detalles. Con la cara todavía sin lavar y los ojos enmarañados de legañas, se levantó de la cama y se puso la camiseta del Atlético, que ya no volvería a quitarse en todo el día, salvo para darse una ducha antes de acudir a casa de su tío Emilio, adonde irían a ver el encuentro.

Esa misma mañana, en el interior de la habitación 215 del Hospital Materno Infantil Vall d’Hebron de Barcelona, Asier trataba de distraerse sin demasiado entusiasmo leyendo un antiguo cómic de Tintín que su madre le compró en una librería de viejo que descubrió por casualidad la tarde anterior, cuando aprovechó que su exmarido había aparecido un poco antes de la cuenta. Aunque cada día llevaba peor el separarse del hijo, el médico que atendía el caso de Asier ya le advirtió semanas atrás que permanecer en el hospital todo el tiempo no le hacía ningún bien al muchacho ni a ella, sino que debía esforzarse en llevar un horario con algo parecido a una rutina, pues nadie sabía con certeza cuánto tiempo iba a volver a permanecer ingresado esta vez. «Al fin y al cabo, es ya todo un hombre de catorce años», dijo el médico delante de Asier unos días antes. Luego, le preguntó al muchacho si le gustaba el fútbol, y este le respondió con sinceridad que no; que lo que de verdad le llamaba la atención era hacer puzles de paisajes urbanos y las clases de Geografía, pero si tenía que ser de algún equipo, entonces elegía al Osasuna, porque ese había sido desde siempre el de su abuelo y su padre, así que él se haría seguidor también si no había más remedio, ante lo cual el médico rio divertido con una sonora carcajada.

 

En el calor sofocante de las primeras luces de la tarde, después de un vano intento de siesta, Marcos le propuso a su hermano repasar en el teléfono móvil algunas de las victorias de esa temporada en liga del Atlético hasta que llegara el inicio del encuentro, el último del campeonato 2020/2021, y por el que Marcos se veía ya saltando y gritando junto a la fuente de Neptuno, agitando con fuerza su bufanda, besando sin descanso el escudo de su camiseta arrugada y manchada de salpicaduras de tomate que le cayeron durante el almuerzo.

A casi setecientos kilómetros de distancia, Asier dormía profundamente en el momento en el que el árbitro señaló el inicio del partido. La fuerte medicación que estaba recibiendo de nuevo para que su corazón no se rindiese, lo agotaba demasiado, y a pesar de que cada tarde intentaba vencer al sueño con una resistencia casi titánica, al final siempre terminaba por dormirse durante una hora.

Fue a comienzos de ese año cuando Marcos pudo volver a jugar en el equipo de fútbol de su instituto, después de recuperarse definitivamente de una fractura que sufrió en el tobillo derecho durante las vacaciones del verano anterior. El día que marcó de nuevo un gol, muy lejos de allí, Asier caía desmayado al suelo en la cuarta planta de El Corte Inglés que hay en la plaza Cataluña de Barcelona. Los primeros mareos, la falta de apetito, las náuseas que durante unos meses experimentó, fueron achacados erróneamente al crecimiento y los cambios hormonales que dos años antes había empezado a sentir el muchacho, y para cuando al fin una doctora se tomó más en serio las preocupaciones de sus padres y descubrió la insuficiencia cardíaca, la debilidad muscular de su corazón era ya un hecho irreversible.

 

Cuando apenas restaban unos pocos minutos para que finalizara la primera parte del partido más importante para Marcos como aficionado colchonero, su nerviosismo y su emoción bullían en el interior de su cuerpo con la idéntica intensidad con la que en la habitación 215 las constantes vitales de Asier se disparaban de pronto sin que hubiese una justificación aparente. Asustado, casi paralizado por el miedo y la impotencia de saberse incapaz para ayudar a su hijo, el padre pulsó el botón azul de emergencia que había junto a la cama, pero cuando las enfermeras y un médico aparecieron por el quicio de la puerta, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial habían recuperado ya su frágil normalidad. La estabilización del corazón de Asier coincidió casi en el tiempo con el tanto que permitía al Atlético empatar el encuentro después de numerosas ocasiones fallidas. Durante unos instantes, Marcos comenzó a gritar y a dar saltos de alegría como si ya hubieran ganado el partido y hasta el propio título de liga. Con un exacerbado furor que era en realidad la eclosión de toda la tensión contenida durante los días previos, el joven aficionado de trece años que jugaba de centrocampista en el equipo de su clase y que odiaba las Matemáticas y la Química, se abrazó a su hermano y a su padre con tanto ímpetu que tiró al suelo el vaso con el refresco que su tío Emilio le ofreció cuando llegaron. Sin embargo, estaba tan contento, que ni siquiera se disculpó de inmediato. Luego, avergonzado por el estrepitoso desastre que había causado sin querer, ayudó a su tía Rosa a recoger unos cuantos cristales y ya no quiso beber nada más.

Hacia las siete y media de la tarde del sábado 22 de mayo, Asier, que apenas había comido, y que tampoco merendó demasiado pese a las protestas del auxiliar de enfermería de turno, se quedó observando a su padre mientras este hojeaba con desgana el periódico en el sillón de polipiel junto a la única ventana de la habitación. Después de meditarlo profundamente, el hijo le comentó que el día que abandonase el hospital se iría directamente a una peluquería para que le tiñesen el pelo de azul, porque ese era su color favorito, y el hecho de llevarlo por la calle significaría que ya estaba curado. Su padre le miró fijamente el flequillo castaño que le caía hacia un lado igual que una cortina, y sonriendo con tristeza le dijo que él mismo lo acompañaría para asegurarse de que cumplía su promesa.

Incapaz de permanecer quieto en la silla ni un solo segundo con cada intento fallido, a cada oportunidad desperdiciada por su Atlético, Marcos, el chico rubio que era un poco más bajo que la mayoría de sus amigos, sufría igual que si lo golpearan con un mazo en el pecho. Con más miedo que incertidumbre, le preguntó a su tío Emilio cuánto faltaba para el final, y cuando este le respondió sin apartar los ojos del televisor que poco menos de veinticinco minutos, el sobrino pensó con tristeza que quizá no lograrían ser campeones. Algo de esa pesadumbre debió de aflorar en su cara, porque su hermano lo sacudió afectuosamente por el brazo, y mirándolo con una expresión que invitaba al optimismo le advirtió que no se le ocurriera flaquear. «Ahora es cuando más nos necesita el equipo», dijo guiñándole un ojo.

 

En la cafetería del hospital, Luis, el padre de Asier, que había quedado allí con su exmujer para no tener que hablar delante del muchacho, observó de reojo en la televisión sin volumen que estaban retransmitiendo un partido de fútbol. Sintió curiosidad por saber quiénes estaban jugando, pero el camarero se limitó a contestar que era el encuentro en el que se decidiría el título de liga, y continuó secando mecánicamente los vasos húmedos que había sobre la barra. Sin demasiado convencimiento, pidió un café con leche y se sentó en una de las muchas mesas vacías frente a la televisión. Unos pocos minutos después, viéndola acercarse, pensó en lo guapa que estaba ese día. En la fugaz duración de unos segundos, el padre de Asier deseó volver a atrás, regresar al día en el que ella se marchó llevándose al hijo, pero tan sólo fue un sueño, y comprendió que todavía seguía enamorado de ella. «El médico dice que ha vuelto a empeorar bastante; que el ataque de hoy es solo el primero de otros muchos que le darán si nada lo remedia. Incluso me ha advertido de que debemos empezar a ponernos en el peor de los escenarios posibles», le dijo, después de saludarla con un beso en la mejilla. Muy despacio, las primeras lágrimas empezaron a nublarle la vista, a estropearle la suave sombra de ojos que se había pintado porque le gustaba que su hijo la viese un poco arreglada, a dejarle un sabor salado en los labios sin pintar. Fue entonces cuando alguien gritó. Ella se sobresaltó tanto, que instintivamente apartó las manos de las de él. La persona que había chillado pidió disculpas al camarero. Se escuchó entonces una voz comentando que el Atlético estaba a un paso de convertirse en el campeón de La Liga, y después de echar una ojeada rápida a la televisión por encima del hombro de su exmujer, Luis le sugirió subir ya para la habitación.

 

En el tercer piso, letra D, de un bloque del distrito de Usera, la familia de Marcos estalló en una eclosión de júbilo ilimitada cuando el árbitro señaló el final del partido. Fue una explosión casi tan eufórica como la que acompañó al segundo gol del Atlético. Sin llegar a creer del todo lo que estaba viviendo, Marcos se puso a contemplar cuanto veía y oía a su alrededor para que se le quedara grabado en la memoria. Media hora después, se marcharon casi todos en el monovolumen de su tío Emilio hasta la fuente de Neptuno, pero la marea humana de entusiastas seguidores que encontraban por las calles les obligó a dejar el vehículo estacionado en un aparcamiento público para continuar a pie. Cuando por fin lograron acceder al interior del parking, Marcos sacó una parte del cuerpo para agitar la bufanda con el escudo del Atlético que llevaba consigo. Entonces sucedió el desastre. Sin que ninguno pudiera hacer nada por evitarlo, el chico se golpeó brutalmente la cabeza contra uno de los muros de hormigón de la estructura del aparcamiento y cayó desplomado igual que una pesada piedra en el agua. Luego, todo fue silencio, una oscuridad terrible, pero cuando los servicios sanitarios que se desplazaron hasta allí lograron reanimarlo, una pequeña luz de esperanza prendió entre sus familiares.

El traslado en la ambulancia fue más complicado de lo previsto debido al tráfico denso que esa noche inundaba las calles del centro. A pesar de los inagotables esfuerzos por parte de los médicos del servicio de Urgencias, a Marcos le diagnosticaron de muerte cerebral hacia las diez y media de la noche, e inmediatamente le plantearon a sus padres la posibilidad de salvar a otras personas. Sin poder creerse del todo lo que le había sucedido a su hijo, ni siquiera hicieron amago de escuchar lo que trataban de explicarle acerca de la donación de órganos. Uno de los médicos intentó entregarles unas hojas informativas sobre aquel proceso, pero los padres de Marcos lo miraron desde la desolación y la rabia más profunda y se marcharon sin decirle nada.

 

Cuarenta y ocho horas después del aciago fallecimiento de Marcos, Asier ingresaba en el quirófano para someterse a un trasplante de corazón en el que sus padres y los médicos tenían depositadas sus últimas esperanzas. Hacia las una y media de la madrugada, la madre de Asier vio acercarse al cirujano que dirigió la operación de su hijo. Abrazada aún a su exmarido, necesitó unos cuantos segundos para reaccionar ante las palabras del especialista, que intentaba aclararles en un lenguaje sencillo las enormes dificultades que habían ido surgiendo durante la intervención. «Todavía es demasiado pronto para celebrar nada, pero de momento el nuevo corazón de Asier está respondiendo mejor de lo que esperábamos», señaló.

 

A mediodía del lunes 31 de mayo, ocho días después de que el Atlético de Madrid se proclamase vencedor del campeonato de Liga 2020/2021, Asier abandonaba la habitación 215 del Hospital Materno Infantil Vall d’Hebron de Barcelona con la esperanza de no tener que regresar en mucho tiempo. Ya en la calle, el muchacho recordó su promesa y buscó una peluquería cercana.  

Sentado en el sillón, Asier se miró fijamente en el enorme espejo de la pared y comenzó a tocarse la cicatriz del pecho por encima de la camiseta que llevaba puesta. Cuando su madre le preguntó sonriendo si estaba seguro de lo que iba a hacer, este le respondió que sí con una determinación irrevocable. «Pero nada de azul; el color del pelo lo quiero rojiblanco», dijo con total convencimiento.

 

A Saúl.

 

Este relato ha sido escrito con todo cariño y respeto a la memoria de Saúl B.R., que falleció trágicamente el día 22 de mayo de 2021 por el amor a una pasión y a unos colores.




domingo, 5 de noviembre de 2023

Inaceptable dejadez

El sonido de la alarma lo despertó con una confusa impresión de inestabilidad, como si no tuviera aún muy claro si estaba ya en un nuevo día o se hallaba todavía en la otra orilla del sueño, en la que él nunca era el único médico de ese pueblo de la Alpujarra al que llegó cinco años atrás. Después de una ducha que no consiguió espabilarlo con la celeridad que le hubiera gustado, se preparó el desayuno bajo la habitual parsimonia con la que comenzaba a funcionar cada mañana, siempre a las seis y media, sin concederse nunca una tregua ni una razonable justificación de por qué se levantaba tan temprano, a pesar de que no tenía que abrir el consultorio hasta las diez. 

Sentado frente a la cristalera del salón, Miguel aspiraba el aroma de un café que lo envolvía igual que un cálido susurro, mientras afuera la luz clara del amanecer revelaba con cinematográfico efecto el perfil de una sierra que le recordaba a una pintura de Zuloaga que vio en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, a donde viajó por última vez con Ana antes de divorciarse. Había convertido en rutinaria costumbre el leer unos cuantos capítulos de la novela que tuviera entre manos antes de ponerse a trabajar, y sólo cuando acababa con el número de páginas que juzgaba razonable, empezaba a repasar las visitas a domicilio que tenía programadas para ese día.

Ojeando luego aquellos nombres, esbozando en su mente cada rostro, la edad tan avanzada de la mayoría, trataba de sobrellevar lo mejor posible la impotencia que sentía ante la falta de servicios que asolaba no sólo a Yegen, sino a la mayoría de los pueblos de alrededor, de cuyos habitantes parecían haberse olvidado las instituciones y empresas, como si aquellos hombres y mujeres fuesen maquinaria en desuso de la que ya no se podía obtener provecho alguno. Sin embargo, no era así para él. Conocedor de sus afecciones cardiacas y de sus problemas de caderas; de las bronquitis que padecían algunos tras una vida pegada a los cigarrillos; de sus manos artrósicas por el trabajo en el campo; o de las cataratas que comenzaban a enturbiar la vista de otros, se había convertido sin pretenderlo en el portador de unos recuerdos que antes compartían con los amigos que habían ido dejando en el cementerio, o con unos hijos  que cada vez aparecían menos por allí porque andaban siempre ocupados. Quizá por eso, Miguel prefería ver a muchos de ellos en sus casas, haciéndolo incluso fuera de su horario laboral, pues descubrió muy pronto que era él quien se beneficiaba más de aquellas visitas, adentrándose a veces en historias  que duraban semanas, como si fuesen una especie de folletín radiofónico que algunos vecinos le contaban en las mañanas de invierno sin nieve bajo el calor del brasero, o sentados en verano bajo la sombra de una parra en los patios baldeados de sus casas. Historias que sucedieron en épocas remotas, cuando él era aún demasiado joven, pero que ahora, a sus cincuenta y nueve años, el médico extremeño escuchaba con la misma curiosidad que un crío. 

Fue en una de aquellas veces donde conoció a Saturnino. Desde que comenzara a tratarlo a causa de unos terribles dolores abdominales, Miguel y él se habían hecho buenos amigos. Algunos sábados por la mañana, se iba con aquel viudo que nació al terminar la Guerra Civil para ayudarlo a recoger parte de la fruta que aún cultivaba en unos bancales a los que cada vez le resultaba más penoso bajar, porque las rodillas le fallaban casi a diario y ya se había caído en un par de ocasiones. A pesar de los esfuerzos del médico para que no continuara con aquel sacrificio, Saturnino no estaba dispuesto a dejarlo mientras pudiera, «porque si no lo hago yo, estos árboles acabarán muriéndose como todo lo que hay en este pueblo del que ya nadie parece acordarse», le dijo una mañana de enero, contemplando con frustrante desesperación una linde que ahora le resultaba inalcanzable. Por eso, se ofreció a acompañarlo siempre que podía. Porque entendió que aquel puñado de nísperos y manzanos por los que seguía peleando, el suelo que ambos pisaban, era todo cuanto le quedaba a Saturnino en su vida. 

Mientras terminaba de responder con el teléfono móvil a unos cuantos mensajes, se acercó hasta la mesa en la que tenía apilados algunos de los historiales médicos, y al coger uno de aquellos montones vio que el primero de todos era el de Saturnino. Sin apartar la vista de los informes que contenía, Miguel se sentó nuevamente y volvió a releer las conclusiones del último escáner cerebral que le hicieron tres meses atrás en el Hospital Clínico de Granada, a donde tuvieron que llevarlo de urgencia la mañana en la que supo que le estaba dando un ictus. Aquel día, subido a una pequeña escalera en mitad de uno de los estrechos bancales, Saturnino le andaba contando una de tantas historias sobre Gerald Brenan, cuando el médico notó que empezaba a pronunciar algunas palabras con mayor lentitud y dificultad que otras, como si las pilas se le estuviesen agotando. Con sus ojos vidriosos de anciano y su piel agrietada de sol, se quedó mirándolo con aquella tristeza suya y cayó desplomado.

 Si el consultorio hubiera estado mejor equipado, o si hubiera existido el hospital comarcal que llevaban décadas prometiendo, o al menos contasen con una ambulancia; o si el helicóptero que hizo falta para trasladarlo hubiera llegado un poco antes, quizá hoy Saturnino seguiría con vida, pero falló todo porque en realidad nadie cuida lo que parece no ser importante ya, abandonado en un rincón, igual que sucede en tantos pueblos de este ingrato país. 

Al recordar a su viejo amigo, Miguel cerró la carpeta con rabia preguntándose cuándo empezarían de verdad a hacer algo por aquella gente; a preocuparse por que tuvieran una vida más fácil sin pedirles nada a cambio. 


                                                 Fotografía de Elena Infante

 

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Un sueño sin edad

Llevaba cuatro días nerviosa. Cuatro días en los que apenas pudo conciliar el sueño, ni hablar de otra cosa cuando la sacaban a dar un paseo para ver a las vecinas de la calle del pueblo en la que su madre la trajo al mundo en un frío atardecer zamorano de 1929. Esa semana, los días parecían no acabarse nunca, y cada vez que se levantaba de la cama a mirar el calendario que colgaba en la pared, amarrado con un trozo de cuerda a una alcayata casi tan vieja y oxidada como lo estaban sus huesos, Rafaela no dejaba de pensar que después del viernes ya podría morirse tranquila. A sus noventa y cuatro años, achacada por diferentes dolencias que la obligaban a requerir de una constante atención, apenas le quedaban ya motivos ni fuerzas para continuar con una vida en la que llevaba sola demasiado tiempo, pero al menos iba a poder cumplir con un sueño de la infancia que había dado ya por perdido. 

Le habían dado la noticia el lunes; no solo a ella, sino a un pequeño grupo de quince hombres y mujeres de edades parecidas con los que convivía en una residencia de ancianos. Solían pasar las mañanas sentados en el jardín trasero, respetándose sin necesidad de pedirlo el lugar que cada uno de ellos empezó a ocupar de forma espontánea, hablando poco y sonriendo mucho mientras dejaban que los rayos de sol les calentara las manos o les resbalase por las caras igual que la suave caricia que hacía demasiado que no recibían aquellos rostros en los que cada arruga tenía su propia historia, así que cuando una de las cuidadoras más jóvenes se acercó hasta aquel pintoresco grupo que conversaban con frases muy cortas y un ritmo sin prisa para decirles que al fin iban a poder realizar la excusión  hasta la playa de Gijón que les habían prometido tiempo atrás, Rafaela, que no había visto el mar en su vida, no pudo evitar que unas lágrimas de emoción se le escurrieran de sus ojos verdes tan claros. 


El viernes se levantó muy temprano, casi una hora antes de lo que solía ser habitual en ella, y aunque el minibús no llegaría hasta las diez, Rafaela estuvo dando vueltas por las dependencias de la residencia desde las ocho de la mañana, sin que ninguno de los cuidadores pudiera convencerla de que lo mejor era que esperase tranquila en el jardín, porque de lo contrario se le iba a hacer más larga la espera, contemplando enternecidos el deambular nervioso y sin rumbo de aquella mujer que podría ser su abuela. 

Una hora más tarde, en el interior del comedor donde les sirvieron el desayuno, la nonagenaria mujer que nunca antes tuvo la oportunidad de sentir el agua salada sobre  su piel, se preguntaba en silencio si el mar sería tan grande y hermoso como lo recordaba de la televisión; si tendría ese azul intenso que los colores de la pantalla le devolvían, o si sería algo más oscuro; si su olor se parecería al que recordaba en el interior de la pescadería de Pura, adonde tuvo que dejar de ir cuando los Servicios Sociales decidieron ingresarla en la residencia; o si las olas harían un ruido muy fuerte aunque no fuesen grandes. Observando a las chicas que recogían las tazas de café y los platos de que quienes iban acabando, pensó en lo mucho que habría disfrutado contándole a sus nietos lo que estaba a punto de sucederle; que había necesitado vivir tantos años, para hacer algo que era demasiado común en la mayoría de la gente. Sin embargo, sus dos hijos fallecieron con toda la juventud entre sus manos en un accidente de tráfico por culpa de la nieve, de manera que se quedó parada en el carrusel de la vida demasiado temprano, y luego, a solas en el mundo cuando enviudó veinte años después. 


Sentada ya en el interior del minibús, observando con un poco de desasosiego el paisaje que iba quedando atrás y del que apenas recordaba unos cuantos detalles, trató de calcular cuántos años llevaba sin salir del pueblo en el que llevaba viviendo desde siempre, y cuál fue el último lugar que había visitado, pero cesó en su esfuerzo cuando comprobó con una desoladora tristeza que no era capaz de recordarlo.

Igual que les solía ocurrir a casi todos ellos mientras veían la televisión después del almuerzo, poco a poco la mayoría de aquellos ancianos fueron quedándose dormidos en la quietud rodante de un trayecto en el que, después de casi tres horas de viaje, únicamente se escuchaba el murmullo de la emisora de radio que el conductor sintonizó nada más salir del pueblo. 


Cuando por fin llegaron al paseo marítimo de San Lorenzo, la misma cuidadora que les dio la noticia de la excursión, puso la mano suavemente en el hombro de Rafaela y la despertó con un leve susurro por temor a que se despertara algo desorientada. Luego, al igual que había ido haciendo con los demás, junto a otro compañero la ayudó a bajar del vehículo y condujo a Rafaela hasta el borde del poyete para que pudiera disfrutar de ese paisaje que les regalaba tanta belleza repentina. Una sobrecogedora agitación se adueñó en ese instante de aquella achacosa mujer que al fin veía cumplido un anhelo que tenía olvidado. Emocionada, Rafaela bajó con la ayuda de uno de los cuidadores las escaleras que conducían hasta la playa, y soltándose de su brazo, comenzó a caminar sola, pisando sobre la arena con la incertidumbre de si el suelo se hundiría  bajo sus zapatillas negras de felpa, las únicas con las que soportaba ya el dolor de aquellos pies cansados de tristeza.  Con una excesiva cautela, se acercó con su andar de procesión hasta la orilla de un mar en calma, y una vez allí, abrió sus ojos pequeños todo lo que pudo, y respiró tan profundamente, que se llevó consigo de vuelta un poco de aquel mar para así poder verlo y olerlo cada vez que quisiera desde la comodidad de su silla en el jardín de la residencia.



Fotografía de Amanda, la mujer del municipio de Peleas de Abajo (Zamora) que ha inspirado esta historia, basada en una noticia de Antena 3 televisión
https://www.antena3.com/noticias/sociedad/nueve-ancianos-cumplen-sueno-ven-mar-primera-vez-habia-visto-solo-television_2023082864ecbb3f714dff0001c3e8e5.html



sábado, 29 de abril de 2023

El olvido que seremos

Nota del autor: relato escrito para la Feria del Libro del IES La Madraza (en el texto hay insertados doce títulos de famosas novelas ¿Cuántos eres capaz de encontrar?)

Sin saber la hora que era, abrió los ojos en el instante en el que un nuevo relámpago iluminó de golpe, como si fuese la luz prodigiosa de un cuadro tenebrista, la habitación del hotel en el que llevaba tratando de dormir sin éxito desde hacía un par de horas. La tempestad que había estallado  a finales del día anterior, parecía lejos de marcharse de aquel pueblo asturiano al que llegó conduciendo un coche de alquiler con un nudo en la garganta, golpeando con una virulencia inusual los postigos de las ventanas de las casas vacías de al lado, liberados de los pestillos por culpa del viento, sin que nadie pudiera hacer nada para evitar aquel continuo golpeteo de la madera contra los muros y los cristales en unas calles desiertas de veraneantes que él nunca llegaría a conocer, el asfalto acumulando en charcos que se iban haciendo cada vez más grandes no solo la lluvia, sino también el agua marina del cantábrico, igual que un presagio de las lágrimas saladas que derramaría horas después. 

Aquel temporal y el hecho de hallarse de nuevo a solas le hizo recordar la última ocasión en la que estuvieron juntos. El año anterior, fieles a la promesa que se hicieron en la pequeña galería de arte de Barcelona en la que quedaron la primera vez en la vida de ambos,  habían pasado, como los últimos tres eneros anteriores, el invierno en Lisboa, convirtiendo la capital portuguesa en un cómplice más de esa relación de la que apenas le habían hablado a unos cuantos amigos, viajando hasta allí en cada inicio de un nuevo año a pesar de la distancia y del miedo al olvido por parte del otro, aunque eso nunca ocurriese, y Lisboa fuera para ellos la ciudad de los prodigios.

Tumbado sobre la cama, desnudo, cubierto tan sólo con la sábana y la colcha, pasó las manos por el lado en el que había estado el otro cuerpo apenas unas horas antes. Deslizando con suavidad las yemas de los dedos sobre los pliegues y las arrugas de la tela en la que todavía era capaz de percibir su olor, rememoró de pronto en su cabeza alguna de las ocasiones en las que se habían acostado juntos, y en cada doblez de la sábana intuía nuevamente la firmeza de la espalda entre sus manos, la presión de los muslos apretándose contra los suyos, el roce de su sexo, las manos entrelazándose en el instante mismo en el que ninguno podía aguantar ya más y se vaciaban, dejando la larga mancha de su amor impregnada en la piel del otro para quedarse después profundamente dormidos en un tiempo de silencio del que ninguno deseaban despertar. Pensando en ello, comprendió que su cuerpo entero se había transformado en un atlas de geografía humana que él conocía de memoria y que ahora, en esa fría y lluviosa tarde de diciembre, volvía a consultarlo por última vez en la soledad de un pequeño hotel de Lastres. 

Dos días antes, se habían llamado por teléfono alegando cada uno los motivos tan opuestos por los que deseaban y no debían verse, ni siquiera ya en Lisboa, esgrimiendo argumentos y excusas en los que ninguno de los dos encontraba nada convincente, aun a sabiendas  de que antes o después alguno tomaría la decisión por el otro, de modo que se prometieron un último encuentro en ese pueblo asturiano que descubrieron por casualidad en un documental sobre viajes, como si el hecho de cambiar de escenario hiciese la ruptura un poco menos dolorosa y algo más llevadera, pero en el tono de sus voces se dejaba sentir ya la crónica de una muerte anunciada tiempo atrás. 

Acordaron diciembre como podrían haber escogido marzo, porque tampoco quisieron repetir en el mes que había sido el suyo hasta entonces, y nada más verse aquella mañana de martes, en el interior ya de la habitación de hotel, Javier pasó cinco horas con Mario intentando convencerlo de que lo que ambos sentían era amor de verdad. “Los enamoramientos como el nuestro no suelen darse con facilidad”, le dijo acariciándolo en los labios, sosteniendo entre sus manos aquellas mejillas algo agrietadas que siempre le recordaban a la piel del tambor que solía tocar de niño, en aquella banda municipal en la que por primera vez besó a un chico en su vida, pero en el fondo sabía que Mario había ido hasta allí para despedirse; para desaparecer de su vida hasta ser un recuerdo imposible de recuperar.

Atormentado, sintiéndose traicionado a sus treinta y tres años por un hombre quince años mayor que no se atrevía a mostrarse ante el mundo cómo verdaderamente era, Javier se vistió muy despacio, y tras dejar la maleta hecha, bajó hasta la playa a pesar del viento y la lluvia y de las advertencias del recepcionista por el fuerte oleaje que había. 

De pie sobre la arena, observando con detenimiento la furia con la que el mar embestía sobre las rocas, volvió a desnudarse y se adentró en el Cantábrico hasta lograr que la corriente lo arrastrase hasta el fondo y dejar así de sufrir para siempre, y no tener que sentir ya nada.


         Fotografía de jdiezfoto (jdiezfoto.es)

 

domingo, 19 de febrero de 2023

Los lugares de la memoria

 Una tarde de invierno en febrero. Un recado que se hace después del almuerzo, antes de que los ojos comiencen a cerrarse al calor del brasero bajo la somnolencia de una promesa de siesta que al final no se producirá. Una antigua fotografía ampliada en gran tamaño, colgada en la pared de un lavadero de coches y unas fechas posibles sobre ese mismo lugar que alguien escribió una vez con rotulador negro: Padul, año 1975 o 1976. A veces, no es necesario mucho más para que afloren los recuerdos de una época en la que uno quisiera estar con la edad que tiene ahora, tanto tiempo atrás, sabiendo lo que sabe en estos momentos de la vida, aunque sea del todo imposible porque ni siquiera ha nacido aún en el momento en el que una mano anónima disparó su cámara para atrapar no solo un instante, sino la apariencia entera de un pueblo de casas encaladas y callejas que se cruzan entre rumores de sombra y ventanas enrejadas; pero imaginar no cuesta nada, de modo que por un instante, mientras se fija con detenimiento en esa fotografía y descubre sin sorpresa lo distinto que es todo ahora, se ve a sí mismo existiendo también  entre las calles y las plazas y los edificios  de los que escuchó hablar en alguna ocasión a su abuelo, a su madre, al tío que siempre andaba fumando Ducados, al suegro que ha entrado en su vida no hace tanto, y pensará de pronto en todos esos sitios capturados en la fotografía como si de un recuerdo propio se tratara. 

 De forma espontánea, sin que ninguno de los tres hombres que se hallan en el interior del lavadero de coches se hubiesen puesto de acuerdo en la conclusión a la que llegarán después de un rato de charla, se ponen a mencionar nombres de espacios y edificios concretos de Padul, pero que podrían ubicarse en cualquier imagen antigua de otro pueblo de Andalucía, porque lugares como este los hubo a decenas, estructurados con esa parroquiana urbanidad reconocible por todos desde siempre. Y así, como si repitieran los resultados de una tabla de multiplicar, hablan de la escuela y de las casas de los maestros; de la vivienda del cura y de la iglesia; de las eras donde se trillaba  el cereal y del antiguo silo para el grano; del cuartel de la Guardia Civil y del cementerio, con su tapia sembrada de cipreses y los nichos plagados con nombres y apellidos que tan solo los viejos recuerdan; de la antigua subestación del tranvía; de la carretera nacional por la que circulaban los coches en el calor sofocante del verano en busca del mar y las piedras, con obligada parada en la Venta Natalio de Lecrín.

 Mientras el sol se va ocultando en esa tarde de viento en la que un frío de nieve desciende desde Sierra Nevada hasta las casas del Valle del Puntal, bajando por los flancos de las canteras de Los Linos como si de una ciclópea escalera se tratara, los tres hombres empiezan a sentir en la boca la añoranza de una época en la que la vida era bastante más sencilla y la gente se hablaba con un respeto que hoy resulta hasta extraño cuando uno lo pide o quiere que le traten como lo hacían los vivos de aquel entonces. Igual que si hubieran salido de un cuadro de Giorgione, cada uno de ellos representa una edad distinta bajo la luz grisácea del atardecer de febrero, en el que las hojas caídas de los plátanos de sombra no cesan de jugar ante la mirada inaudita de un gato vagabundo. A su manera, los tres rememoran fragmentos de unas vidas en las que los dos de más edad conocieron todos esos lugares en momentos distintos y a la vez coetáneos, y el otro, el más joven, los vio por primera vez siendo todavía muy niño, observando ahora cada detalle y cada cambio con respecto a la imagen colgada en el lavadero de coches con la misma incredulidad infantil que le desbordó la primera vez que vio una fotografía en blanco y negro de ese otro pueblo en el que empezó a pasar los veranos de su infancia y al que continúa yendo hoy, cuarenta y cinco años después, aunque ya no quede muchos de los sitios por lo que fue disfrutando de una vida con regusto a salitre y  tardes sin prisa que  existieron una vez para él, convertidos ya en los lugares perdidos de la memoria.