El sonido de la alarma lo despertó con una confusa impresión de inestabilidad, como si no tuviera aún muy claro si estaba ya en un nuevo día o se hallaba todavía en la otra orilla del sueño, en la que él nunca era el único médico de ese pueblo de la Alpujarra al que llegó cinco años atrás. Después de una ducha que no consiguió espabilarlo con la celeridad que le hubiera gustado, se preparó el desayuno bajo la habitual parsimonia con la que comenzaba a funcionar cada mañana, siempre a las seis y media, sin concederse nunca una tregua ni una razonable justificación de por qué se levantaba tan temprano, a pesar de que no tenía que abrir el consultorio hasta las diez.
Sentado frente a la cristalera del salón, Miguel aspiraba el aroma de un café que lo envolvía igual que un cálido susurro, mientras afuera la luz clara del amanecer revelaba con cinematográfico efecto el perfil de una sierra que le recordaba a una pintura de Zuloaga que vio en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, a donde viajó por última vez con Ana antes de divorciarse. Había convertido en rutinaria costumbre el leer unos cuantos capítulos de la novela que tuviera entre manos antes de ponerse a trabajar, y sólo cuando acababa con el número de páginas que juzgaba razonable, empezaba a repasar las visitas a domicilio que tenía programadas para ese día.
Ojeando luego aquellos nombres, esbozando en su mente cada rostro, la edad tan avanzada de la mayoría, trataba de sobrellevar lo mejor posible la impotencia que sentía ante la falta de servicios que asolaba no sólo a Yegen, sino a la mayoría de los pueblos de alrededor, de cuyos habitantes parecían haberse olvidado las instituciones y empresas, como si aquellos hombres y mujeres fuesen maquinaria en desuso de la que ya no se podía obtener provecho alguno. Sin embargo, no era así para él. Conocedor de sus afecciones cardiacas y de sus problemas de caderas; de las bronquitis que padecían algunos tras una vida pegada a los cigarrillos; de sus manos artrósicas por el trabajo en el campo; o de las cataratas que comenzaban a enturbiar la vista de otros, se había convertido sin pretenderlo en el portador de unos recuerdos que antes compartían con los amigos que habían ido dejando en el cementerio, o con unos hijos que cada vez aparecían menos por allí porque andaban siempre ocupados. Quizá por eso, Miguel prefería ver a muchos de ellos en sus casas, haciéndolo incluso fuera de su horario laboral, pues descubrió muy pronto que era él quien se beneficiaba más de aquellas visitas, adentrándose a veces en historias que duraban semanas, como si fuesen una especie de folletín radiofónico que algunos vecinos le contaban en las mañanas de invierno sin nieve bajo el calor del brasero, o sentados en verano bajo la sombra de una parra en los patios baldeados de sus casas. Historias que sucedieron en épocas remotas, cuando él era aún demasiado joven, pero que ahora, a sus cincuenta y nueve años, el médico extremeño escuchaba con la misma curiosidad que un crío.
Fue en una de aquellas veces donde conoció a Saturnino. Desde que comenzara a tratarlo a causa de unos terribles dolores abdominales, Miguel y él se habían hecho buenos amigos. Algunos sábados por la mañana, se iba con aquel viudo que nació al terminar la Guerra Civil para ayudarlo a recoger parte de la fruta que aún cultivaba en unos bancales a los que cada vez le resultaba más penoso bajar, porque las rodillas le fallaban casi a diario y ya se había caído en un par de ocasiones. A pesar de los esfuerzos del médico para que no continuara con aquel sacrificio, Saturnino no estaba dispuesto a dejarlo mientras pudiera, «porque si no lo hago yo, estos árboles acabarán muriéndose como todo lo que hay en este pueblo del que ya nadie parece acordarse», le dijo una mañana de enero, contemplando con frustrante desesperación una linde que ahora le resultaba inalcanzable. Por eso, se ofreció a acompañarlo siempre que podía. Porque entendió que aquel puñado de nísperos y manzanos por los que seguía peleando, el suelo que ambos pisaban, era todo cuanto le quedaba a Saturnino en su vida.
Mientras terminaba de responder con el teléfono móvil a unos cuantos mensajes, se acercó hasta la mesa en la que tenía apilados algunos de los historiales médicos, y al coger uno de aquellos montones vio que el primero de todos era el de Saturnino. Sin apartar la vista de los informes que contenía, Miguel se sentó nuevamente y volvió a releer las conclusiones del último escáner cerebral que le hicieron tres meses atrás en el Hospital Clínico de Granada, a donde tuvieron que llevarlo de urgencia la mañana en la que supo que le estaba dando un ictus. Aquel día, subido a una pequeña escalera en mitad de uno de los estrechos bancales, Saturnino le andaba contando una de tantas historias sobre Gerald Brenan, cuando el médico notó que empezaba a pronunciar algunas palabras con mayor lentitud y dificultad que otras, como si las pilas se le estuviesen agotando. Con sus ojos vidriosos de anciano y su piel agrietada de sol, se quedó mirándolo con aquella tristeza suya y cayó desplomado.
Si el consultorio hubiera estado mejor equipado, o si hubiera existido el hospital comarcal que llevaban décadas prometiendo, o al menos contasen con una ambulancia; o si el helicóptero que hizo falta para trasladarlo hubiera llegado un poco antes, quizá hoy Saturnino seguiría con vida, pero falló todo porque en realidad nadie cuida lo que parece no ser importante ya, abandonado en un rincón, igual que sucede en tantos pueblos de este ingrato país.
Al recordar a su viejo amigo, Miguel cerró la carpeta con rabia preguntándose cuándo empezarían de verdad a hacer algo por aquella gente; a preocuparse por que tuvieran una vida más fácil sin pedirles nada a cambio.
