Tiene el pelo casi tan negro como las cejas y las
manos casi tan blancas como la cara. Lleva una curiosa sudadera de color rosa
en la que hay estampadas sencillas frases en inglés y francés, y unos
pantalones vaqueros y zapatillas de deporte. Sentada en el lugar que le
corresponde dentro de la clase, inclina parsimoniosamente la cabeza sobre un
libro de texto de matemáticas o ciencias al que no otorga descanso alguno,
hojeando con aburrido interés los párrafos y las imágenes que en él aparecen,
volviendo una y otra vez hacia delante y hacia atrás sin orden ni concierto,
sin saber siquiera qué anda buscando en esas páginas que dobla y desdobla como
una autómata precisa e imparable, alzando a veces la cabeza durante unos pocos
segundos cuando oye las risas de otras niñas de la clase que se han sentado juntas
y las mira de soslayo con una dolorosa compostura de envidia y tristeza de sí
misma. Entonces, echo un vistazo al resto de alumnos charlando de forma
animada, repartidos por corrillos en grupos que han creado de forma espontánea
juntando sillas y mesas en aquel frío y angosto espacio del aula y comprendo de
inmediato que ella es la única que está sin hablar con nadie, y me pregunto qué
es lo que ha pasado con ellos. En qué momento de sus cortas vidas se han
convertido en unos seres aprovechados e insolidarios, y sufro, al ver a esa
pobre adolescente, un punzante sentimiento de culpa y vergüenza ajena por el
comportamiento de los que deberían ser sus amigos.
Sin que se dé cuenta –o quizá sí que es consciente
de ello, pero finge no enterarse- me quedo observándola un rato en silencio
mientras termina esa hora de guardia en la que he tenido que sustituir a una
compañera. Me fijo en sus ojos, algo tristes, demasiado cansados; en su pelo
recogido graciosamente en los lados con unas horquillas que me evocan de
inmediato destellos de mi infancia en Granada, cuando se las robaba a mi
hermana del cuarto de baño para jugar con ellas. La veo morderse de cuando en
cuando las uñas, intentando sobrevivir, tratando de hacer un fiero esfuerzo
para no levantar nuevamente la cabeza y que el resto de niñas la sorprendan
mirando hacia ellas. Podría llamarse Teresa o Julia o Aitana…, y sin embargo
su nombre es menos importante que la impresión de ausencia que la rodea, pues
no debe haber peor cosa en el mundo que la de estar rodeado de gente todo el
día y aun así sentirte completamente a solas. Tiene apenas trece años y ya
siente sobre sus hombros el dolor tan grande que causan la injusticia y la mala
educación.