jueves, 16 de enero de 2025

La última inquilina

        A veces no es necesario que a uno le sucedan grandes cosas para que, de nuevo, sienta repentinamente las ganas de escribir. Tan sólo hace falta una película, o una canción, o un simple paseo por la calle. Escuchar algo, o ver alguna cosa completamente distinta a cómo la venía observando desde hacía años, para sentir de pronto que detrás de ese cambio inesperado se encuentra una historia que quizás le interesará leer a alguien.

Seguramente algo así fue lo que me sucedió a mí aquel jueves 20 de junio del año pasado y que me llevó a rellenar sobre el cuaderno unas cuantas hojas que hoy, tantos meses después, recupero en esta fría noche de enero de 2025 al abrigar otra vez en mi ánimo la tarea silenciosa y placentera de la escritura. Leyendo de nuevo mis notas, intentando descifrar entre mi propia caligrafía escrita con pluma el significado de algunas palabras que la premura por reflejar aquella idea me hizo escribir demasiado imprecisas, revivo ahora con una nostalgia menos pesada la profunda desazón que me produjo encontrarme, en el soleado mediodía del marzo anterior, prácticamente derribado, uno de los edificios que se levantan en la calle donde residí la mayor parte de mi vida. 


Es curiosa la manera de mirar que tenemos tan distinta las personas, porque estoy convencido de que allí donde otros únicamente veían escombros y polvo, una molesta y descomunal demolición que con el tiempo dará paso a otro bloque de pisos más modernos y caros que apenas unos pocos privilegiados podrán permitirse comprar, yo observaba ante mí no una montaña de cascajos, ni un gigantesco roto en la linealidad de una acera por la que pasé en innumerable ocasiones, dejando al descubierto paredes de habitaciones que fueron parte del hogar para alguien, sino el recuerdo de las vidas de todas aquellas personas que habitaron esos pisos. Pero, en verdad, he de confesar que nunca supe sus nombres, ni a qué se dedicaban, o si había nacido como yo en Granada, o si se mudaron allí mucho tiempo después. De la mayoría de ellos, apenas conservo una vaga evocación de sus caras, y una idea aproximada las edades de algunos, pero jamás llegué a saber nada exacto. Sin embargo, sí que guardo un recuerdo cercano, incluso impregnando de cierta familiaridad, de tres hermanos que vivían en ese bloque ya desaparecido —dos chicos y una chica—, de edades muy próximas entre ellos a la que me llevaba yo con mis hermanos, y que solían turnarse para sacar a un perro que  tenían del que nunca llegué a saber la raza ni el nombre, y con los que, muchos años después, me he ido cruzando por separado en las calles del centro. 

Estando ahí, de pie, clavado en la acera de en frente, contemplando el enorme destrozo en el que han convertido lo que antaño fuera un edificio del que solamente veía su fachada, no pude evitar sorprenderme al descubrir lo profundo del solar, como si fuese imposible que hubiese tanto más allá de la cara externa que yo percibía; y súbitamente me percaté de que en el interior de una de las pocas habitaciones que aún se mantenían en pie, quedaba una lámpara colgada del techo; vestigio último de lo que un día debió ser un salón o un comedor. 

Observándola con detenimiento; fotografiándola después con mi teléfono móvil, siendo consciente de la determinación casi épica con la que parecía obstinarse en no desaparecer también bajo esa montaña de escombros que se amontonaban unos metros por debajo, no pude evitar que una sonrisa en la que se mezclaban la admiración y la tristeza se formase en mi cara. Y al mirarla, me pregunté cómo sería la habitación que alumbraba cuando era un todo orgánico de paredes y vigas, de cuadros y muebles, de mesas y sillas, de estanterías y libros y hasta el respirar y las voces de la gente que allí habitaban. Quizá alguna vez una chiquilla sopló las velas de una tarta bajo la luz cenital de su bombilla; o tal vez fue la muda testigo de una tormentosa discusión que empezó con un inocente comentario. A lo mejor, sobre la mesa que presumiblemente tendría debajo, unos jóvenes novios se dijeron que había llegado el momento de casarse e incluso de formar una familia; o puede que, suspendida en el techo del que ahora sólo queda una parte, contemplara las cenas en soledad de una viuda a la que ya la vida no le importaba demasiado… Y al igual que me ocurriera en la niñez o la adolescencia, ahora tampoco llegaré a saber nunca si alguno de estos ejemplos estuvo cerca de la verdad de sus vidas, o si me equivoqué por completo en mi inventiva. Pero, en realidad, poco importa eso ya, porque mis palabras, al igual que le sucederá a la lámpara, tarde o temprano acabarán desapareciendo; convirtiéndose en el polvoriento recuerdo  de un relato que alguien leyó o del que le contaron un par de detalles. Así que lo único que deseo es que en un futuro —al igual que me ocurriera a mí en aquel mediodía de marzo, si vuelven a ser leídas por alguien—, al menos piensen que estas líneas estuvieron una vez llenas de vida.


Edificio a medio derrurir en la calle Manuel de Falla 15


2 comentarios:

  1. Cuando lees a Pablo Casanova, siempre te quedan las ganas de leer más y más. Y por supuesto, tan evocador y nostálgico como siempre, donde la tristeza no ha lugar...

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  2. Siempre que lees a Pablo Casanova, te quedan ganas de leer más y más. Tan evocador y nostálgico como siempre, donde la tristeza no ha lugar...

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