jueves, 11 de abril de 2013

Adagio. Andante. Allegro.



El nerviosismo comienza a notarse; flota en la espesura del aire igual que un intenso perfume se percibe en una habitación, aun cuando hace tiempo que esa persona se marchó de allí. Poco a poco, el ostensivo murmullo que se ha apoderado de todo el auditorio intenta disminuir. Afuera, la gélida lluvia que empezó por la tarde no deja de caer. Todo el mundo permanece ya sentado, en silencio, salvo algún rezagado de última hora que trata de quitarse el abrigo con acrobáticos movimientos para no molestar demasiado a los que se  encuentran detrás de él, el paraguas sujeto entre las piernas, mientras pequeñas  gotas de agua  van cayendo lentamente sobre el suelo entarimado. O eso intuyo. Porque las luces se han difuminado hasta un punto en el que los espectadores han sido transformados en largas hileras negras que apenas se mueven, como un teatro de sombras hipnotizado por una extrema quietud.

De pronto, alguien empieza a aplaudir, y ese sencillo y espontáneo gesto se extiende a lo largo y ancho de una arquitectura que ha sido concebida precisamente para eso; para que el sonido llegue a todos por igual. Mientras tanto, el concertino sigue  a lo suyo. Apenas unos acordes de su violín son suficientes para captar la atención del resto de la orquesta. Todo debe estar preparado para cuando el director salga a escena. Por algo es el segundo en la jerarquía: una suerte de  Coronel melódico que ha de arengar a las tropas antes de que llegue el General.

Cada músico aguarda ya en su puesto. Batuta en mano, el director se dispone a dar un nuevo recital de algo que conoce de memoria y que es capaz de interpretar con los ojos cerrados, pues ni siquiera necesita libreto alguno. Han sido muchas horas de estudio, de ensayos, de repetir en otros edificios armónicamente construidos, de otras muchas ciudades, la sinfonía que esta noche va representar. Por megafonía, una voz evocada al comienzo de cada actuación explica unas normas básicas de comportamiento.

«Desconecten sus teléfonos móviles. Prohibido cualquier tipo de grabación. Prohibido hacer fotografías.» Sin embargo, alguien, quizá el técnico encargado de  poner esa grabación enlatada antes de los conciertos, debería añadir al final un último mensaje: «Olvídense de todo y disfruten.»



1 comentario:

  1. Magnífica sinfonía que hace que aunque sea por un solo instante nos olvidemos de todo lo que hay a nuestro alrededor

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