El nerviosismo comienza a notarse;
flota en la espesura del aire igual que un intenso perfume se percibe en una
habitación, aun cuando hace tiempo que esa persona se marchó de allí. Poco a
poco, el ostensivo murmullo que se ha apoderado de todo el auditorio intenta disminuir.
Afuera, la gélida lluvia que empezó por la tarde no deja de caer. Todo el
mundo permanece ya sentado, en silencio, salvo algún rezagado de última hora
que trata de quitarse el abrigo con acrobáticos movimientos para no molestar
demasiado a los que se encuentran detrás
de él, el paraguas sujeto entre las piernas, mientras pequeñas gotas de agua van cayendo lentamente sobre el suelo
entarimado. O eso intuyo. Porque las luces se han difuminado hasta un punto en
el que los espectadores han sido transformados en largas hileras negras que
apenas se mueven, como un teatro de sombras hipnotizado por una extrema
quietud.
De pronto, alguien empieza a
aplaudir, y ese sencillo y espontáneo gesto se extiende a lo largo y ancho de
una arquitectura que ha sido concebida precisamente para eso; para que el sonido
llegue a todos por igual. Mientras tanto, el concertino sigue a lo suyo. Apenas unos acordes de su violín
son suficientes para captar la atención del resto de la orquesta. Todo debe
estar preparado para cuando el director salga a escena. Por algo es el segundo
en la jerarquía: una suerte de Coronel melódico que ha de arengar a las
tropas antes de que llegue el General.
Cada músico aguarda ya en su
puesto. Batuta en mano, el director se dispone a dar un nuevo recital de algo
que conoce de memoria y que es capaz de interpretar con los ojos cerrados, pues
ni siquiera necesita libreto alguno. Han sido muchas horas de estudio, de
ensayos, de repetir en otros edificios armónicamente construidos, de otras
muchas ciudades, la sinfonía que esta noche va representar. Por megafonía, una
voz evocada al comienzo de cada actuación explica unas normas básicas de
comportamiento.
«Desconecten
sus teléfonos móviles. Prohibido cualquier tipo de grabación. Prohibido hacer
fotografías.»
Sin embargo, alguien, quizá el técnico encargado de poner esa grabación enlatada antes de los
conciertos, debería añadir al final un último mensaje: «Olvídense de todo y disfruten.»
Magnífica sinfonía que hace que aunque sea por un solo instante nos olvidemos de todo lo que hay a nuestro alrededor
ResponderEliminar