Todavía
no llevo demasiado tiempo en la profesión; esa que me permite disfrutar buena
parte de mi tiempo libre de lo que sin duda es mi gran pasión: la
escritura. Y sin embargo, reconozco ya
los desengaños propios de alguien que dedicó toda una vida a la docencia y,
lentamente, fue viendo como el
entusiasmo y las ilusiones que iba poniendo en cada clase, en cada explicación,
se perdían de forma inexorable entre el ensordecedor jaleo que se forma en los
pasillos cuando suena el timbre para dar por concluida una clase más, una hora
más.
Sin duda, la mía es una disciplina en la que se enseña, casi como en ninguna otra asignatura, cómo los hombres y mujeres han contribuido a lo largo de la historia a la formación de una ciudadanía y un mundo que, pese a los duros tiempos que nos toca vivir hoy día, está cerca de parecerse a ese modelo de sociedad ideal con el que ya soñaban los grandes pensadores de la Antigüedad Clásica. Porque conocer cómo hemos llegado a crear el momento histórico más avanzado de la humanidad, es algo tan importante que, por ello mismo, resulta todavía más descorazonador que puedan pasarse una hora sentados en el aula fingiendo que escuchan; pero en realidad, hace ya muchos minutos que dejaron oír…
Sin duda, la mía es una disciplina en la que se enseña, casi como en ninguna otra asignatura, cómo los hombres y mujeres han contribuido a lo largo de la historia a la formación de una ciudadanía y un mundo que, pese a los duros tiempos que nos toca vivir hoy día, está cerca de parecerse a ese modelo de sociedad ideal con el que ya soñaban los grandes pensadores de la Antigüedad Clásica. Porque conocer cómo hemos llegado a crear el momento histórico más avanzado de la humanidad, es algo tan importante que, por ello mismo, resulta todavía más descorazonador que puedan pasarse una hora sentados en el aula fingiendo que escuchan; pero en realidad, hace ya muchos minutos que dejaron oír…
Quizá algún día esté equivocado -así lo espero-, y tarde o temprano comiencen a apreciar los grandes logros que, en los diferentes ámbitos de nuestra vida, se han conseguido con el sacrificio y el sufrimiento de millones de personas; pero cuando acudo cada mañana al instituto donde imparto clases de Historia, me doy cuenta de que la inmensa mayoría de mis alumnos, por ahora, no lo ven.
No ven como el desarrollo del colosal Imperio Romano sirvió para expandir por Europa los principios de su cultura, la cultura occidental; como la conquista de la Península Ibérica por los musulmanes, con sus batallas ganadas y perdidas, permitió una mezcolanza racial en la que ambas civilizaciones salieron beneficiadas, o como el surgimiento del Renacimiento Italiano nos permite disfrutar hoy día de las obras de Leonardo y Miguel Ángel. No son capaces de apreciar que, gracias a hombres y mujeres como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Rosa Parks o Nelson Mandela, términos como esclavitud, racismo, discriminación, no tienen un sitio entre nosotros. Y ni siquiera ven que la lucha de Clara Campoamor abrió las puertas de nuestro país a algo tan básico y fundamental como es el derecho de todos los ciudadanos, hombres y mujeres, a participar en la vida política.
Por eso, cuando al acabar el día vuelvo a casa conduciendo, no puedo dejar de preguntarme si, viendo lo que yo veo cada día en las aulas, sabiendo cómo está la educación hoy, no ya solo en España, sino también en muchas otras partes del mundo, aquel “rebelde desconocido” -como lo llamó la revista americana Time-, que se puso delante de una fila de tanques en la plaza de Tian’anmen jugándose la vida por conseguir una sociedad más justa, volvería a hacerlo otra vez.

No hay comentarios:
Publicar un comentario