Anoche volví a soñar contigo. Es
algo que se repite últimamente; con demasiada frecuencia. No estábamos en un
lugar concreto. Ni siquiera puedo decirte que día de la semana era o si se
trataba de un sitio real. Acaso fuera una arquitectura inventada por mi
imaginación para poder permanecer junto a ti en un lugar de singular belleza:
decoración y estructura creada a partir de otras evocaciones para reconstruirla cada vez que necesite
quedarme a tu lado.
Tampoco podría discernir cuanto
tiempo estuvimos juntos. Y es que cuando sueño contigo, cada vez que tu figura
se me aparece, reconocible al instante, delicada en cada una de sus curvas, no
encuentro medida posible para calcular la duración de nuestro encuentro.
Hablamos y nos reímos; otras veces, pasamos los minutos en silencio,
mirándonos, sin nada que decir, pues tampoco hace falta decir nada. Entonces,
me besas. O soy yo el que te besa a ti. Con suaves caricias vamos reconociendo
las imperceptibles grietas de la piel, igual que una extensa llanura que tiene
pequeñas imperfecciones, pero no por eso dejan de ser bellas. Y somos capaces
de permanecer así durante horas, comprobándonos, viviéndonos, descubriéndonos
de nuevo, como un niño que acaba de encontrar un objeto insólito y fascinante
en el viejo desván de su casa y se lo
lleva a su dormitorio lleno de emoción para observarlo.
Pero, poco a poco, la claridad de
un nuevo amanecer comienza a filtrase por la persiana y tu efigie se va desvaneciendo sin que nada pueda hacer por retenerla. Trato de aferrarme a ella
y al sueño con todas mis fuerzas porque al menos ahí, durante la recreación que
mi mente ha hecho de tu estampa, de tus
labios y tus ojos, siempre permaneces a mi lado. Eres mía de la misma forma que
yo soy tuyo, y nada parece importante al otro lado de esa extraña puerta que,
dentro de poco, me devolverá a una realidad que ya no reconozco ni disfruto
porque no estás en ella.
Cuando logro despertar del todo,
tu presencia, antes tangible y notoria, ha desaparecido por completo. Sin
embargo, algo extraño sucede cuando
empiezo a moverme, descalzo, por un suelo de frías baldosas en el que reina un
turbador silencio. De pronto, me doy cuenta de que ese no es el lugar en el que
me quedé dormido anoche y que los muebles y enseres que se distribuyen a mí
alrededor no son los míos, o al menos yo no los recuerdo con esas formas y
colores. Entonces, empiezo a pensar que
quizás todo lo que yo consideraba que era mi mundo real, es el auténtico sueño. Porque hace ya mucho
tiempo que te perdí, pero no me acuerdo de olvidarte. Y por tanto, cada vez que
la alucinación me devuelve a tu lado, realmente estoy despierto.
Precioso...
ResponderEliminar